Día Mundial del Riñón
Silvia Requena, malagueña de 19 años y trasplantada de riñón e hígado: “Mi madre me ha dado la vida dos veces”
La joven comparte su historia para ayudar a visibilizar las enfermedades renales y la importancia de la donación. “Vivo la vida al máximo como si hoy fuera el último día”, destaca

Silvia Requena Vidal, en la entrada del centro de salud Victoria / A.T.

Cuando Silvia Requena aún estaba en el vientre de su madre, los médicos advirtieron a sus padres de que probablemente no sobreviviría: sus riñones eran demasiado grandes, estaban llenos de quistes y el pronóstico era devastador. Sin embargo, 19 años después, esta joven malagueña comparte su historia con una gran sonrisa. Tras años de hospitales, ingresos y dos trasplantes —primero de riñón, cuando tenía seis años, y después de hígado—, hoy puede llevar, por fin, “una vida totalmente normal”, de la que tiene claro que quiere exprimir cada momento.
“Estoy tranquila, no tengo prisa, pero tampoco paro. Vivo la vida al máximo como si hoy fuera el último día”, afirma. Su camino hasta ahora no ha sido fácil y en más de una ocasión ha estado cerca de la muerte. Aun así, se define como una persona muy alegre, positiva, y, sobre todo, profundamente agradecida por las segundas oportunidades que ha recibido. La de su madre, que le donó un riñón cuando era niña, y la de la familia que, en el momento más duro de su vida tras perder a su hijo, decidió donar sus órganos y le dieron a Silvia una nueva oportunidad de vivir.
Con motivo del Día Mundial del Riñón, que se conmemora este 12 de marzo, comparte su historia con el objetivo de dar visibilidad a la enfermedad renal y a la importancia de la donación de órganos. “Es muy importante que la gente done. Y también que donen sangre y plasma”, subraya la joven.
Enfermedad Renal Crónica
La enfermedad renal crónica (ERC) se ha convertido en un grave problema de salud pública en España que se encuentra en aumento y que afecta, aproximadamente, al 15% de la población. Se le conoce como la ‘enfermedad silenciosa’ por la falta de síntomas iniciales y provoca el deterioro progresivo de la función de los riñones. En la etapa final, los pacientes necesitan un tratamiento renal sustitutivo, como la diálisis o el trasplante renal, para poder sobrevivir. En 2025, el Hospital Regional Universitario de Málaga realizó 206 trasplantes renales, la segunda cifra más alta del país.
En el caso de Silvia, el diagnóstico llegó en la semana 32 del embarazo: una poliquistosis renal recesiva, un trastorno genético que provoca la formación de múltiples quistes en los riñones, aumentando su tamaño y haciendo que pierdan su función con el tiempo. Nació de forma prematura el 28 mayo de 2006 y, aunque los médicos tenían pocas esperanzas, tras unos meses en la UCI, sus padres pudieron llevársela a casa, sin saber que aquel sería el comienzo de una larga odisea.

Silvia a los pocos meses de nacer / L.O.
Pocos meses después, llegó el primer gran susto. Un día dejó de respirar. “Me puse súper azul, mi padre me tuvo que hacer el boca a boca y me tuvieron que llevar corriendo a la UCI”, relata. Tenía la tensión muy alta y el oxígeno muy bajo. “Pero me recuperé también y salí adelante”.
Para lograrlo, fue necesaria mucha medicación desde muy pequeña. “Como tenía la tensión alta me tomaba cuatro fármacos distintos, era mucho para un bebé”, destaca la malagueña. “Tardé un poco más en comer, en hablar, en andar. Todo ha sido como un poco lento, pero lo he ido superando”.
Un trasplante con solo seis años
Cuando empezó la etapa de Primaria, los médicos plantearon a la familia la posibilidad de un trasplante de riñón. Su madre se sometió a las pruebas para comprobar si podía ser donante y los resultados confirmaron que era compatible.
Antes de la operación, Silvia tuvo que pasar tres meses conectada a una máquina de diálisis. Con tan solo seis años, tenía que acudir tres días a la semana durante seis horas para recibir el tratamiento. Al principio, además, tenían que desplazarse en ambulancia hasta Sevilla hasta que se inauguró la sala de diálisis en el Hospital Materno Infantil de Málaga. “Había que levantarse a las cinco o seis de la mañana para llegar ahí a las ocho o nueve. Más luego el viaje de vuelta”, rememora.
Como era muy pequeña, apenas guarda recuerdos de aquella etapa, más allá de lo que le han contado sus padres. “Me dicen que yo estaba muy decaída, siempre estaba triste, sin sonreír, dormía y comía poco”. Lo que sí recuerda a la perfección es la fecha del trasplante, que celebra como un segundo cumpleaños: el 16 de enero de 2013. Tras la intervención, todo mejoró. Pudo reducir mucho la medicación y empezó a crecer con mayor rapidez. “Antes del trasplante pesaba 16 kilos”, apunta.

Silvia con seis años durante una sesión de diálisis / L.O.
Aunque después de la operación perdió un poco de audición y desarrolló diabetes, durante años pudo llevar una vida prácticamente normal. Iba al colegio, salía con sus amigos y disfrutaba de su día a día. Sin embargo, en 2020 comenzaron de nuevo los problemas. Infecciones repetidas de riñón, de hígado, de orina y de heces, que la llevaron a pasar largas temporadas en el hospital.
La situación empeoró en el verano de 2024. Empezó a notar una hinchazón cada vez mayor en el abdomen y un cansancio extremo. “La gente me preguntaba de cuánto estaba”, señala la joven, que asegura que fue una época muy dura. “Tenía unos dolores muy fuertes y una anemia muy grande, estaba súper mal”.
La llamada que cambió su vida
En marzo de 2025 entró en lista de espera para un trasplante hepático. La espera fue angustiosa y cada vez que sonaba el móvil pensaba que podía ser la anhelada llamada. Finalmente llegó el 2 de julio. Eran las tres de la tarde cuando recibió el aviso de que había un hígado para ella. “Llorando a mares, llamé a mi madre y fui corriendo para el Carlos Haya”. Allí le realizaron las pruebas que confirmaron que era compatible y esa misma noche se llevó a cabo el trasplante.
La operación duró siete horas y, aunque salió bien, el susto llegó después. Los médicos detectaron que estaba sangrando internamente y tuvieron que volver a intervenirla de urgencia. “Le dijeron a mi madre que me iba”, cuenta. Pero, una vez más, Silvia volvió a salir adelante.
Eterno agradecimiento
Lo único que sabe de su donante es que era una persona de su edad que había sufrido un accidente y falleció. “Gracias a que sus padres donaron sus órganos a día de hoy estoy viva”, sostiene. Para su madre también tiene solo palabras de agradecimiento. “Tengo una conexión súper bonita con ella, es mi pilar fundamental en la vida”, afirma.
“Mi madre me ha dado la vida dos veces”, recalca la malagueña, que también se siente muy agradecida por el gran apoyo que le ha brindado siempre su familia y amigos. Silvia destaca también que la fe ha sido un gran apoyo a lo largo de todos estos años.
Tras todo lo vivido, hoy asegura sentirse “muy bien” y “muy contenta”. “Llevo mi vida totalmente normal”. Estudia un grado superior, sale con sus amigos y practica ballet. También colabora, siempre que puede, como voluntaria en la Asociación para la Lucha Contra las Enfermedades Renales (Alcer) de Málaga, ya sea dando charlas en institutos o en una mesa informativa para ayudar a visibilizar esta enfermedad y la importancia de la prevención. La joven subraya “el gran trabajo” que realiza la asociación y el enorme apoyo que brindan a los pacientes.
“La gente me pregunta cómo puedo ser tan positiva. Y no lo sé, mi vida es así: es ser positiva, sonreír a la gente, intentar dar las gracias y, si te equivocas, pedir perdón”, concluye la joven, que insiste en la importancia de la donación: “puede salvar muchas vidas”.
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