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Memorias de Málaga

Mis recuerdos de dos grandes figuras en Málaga: el obispo Ramón Buxarrais y el alcalde Pedro Aparicio

Una mañana de 1977 apareció por la redacción de Ideal el nuevo obispo de Málaga, Ramón Buxarrais, a quien recibimos con respeto y admiración. Del alcalde Pedro Aparicio tengo el recuerdo de una persona respetuosa, educada y defensora de sus ideas

Guillermo Jiménez Smerdou con el alcalde Pedro Aparicio en 1079

Guillermo Jiménez Smerdou con el alcalde Pedro Aparicio en 1079 / L.O

Guillermo Jiménez Smerdou

Guillermo Jiménez Smerdou

Málaga

Ligo dos historias con dos personajes que impactaron en mi vida profesional: el obispo de Málaga don Ramón Buxarrais, y el alcalde de la capital don Pedro Aparicio.

Una mañana del 17 de agosto de 1977, encontrándome en la Redacción de Ideal en la calle Trinidad Grund con Pedro Antúnez, quien colaboraba en la información política, llamaron a la puerta. Nos dimos de cara nada menos que con monseñor Buxarrais, quien había sido nombrado recientemente obispo de Málaga.

El objeto de su visita era una costumbre de todos los prelados al tomar posesión del cargo. Pero para mí fue la primera vez que fui objeto de la inesperada presencia de un obispo. Procedía de Zamora y no tenía buena fama por sus ideas avanzadas, por lo que le endilgaron que era «rojo, amigo de los comunistas», y no recuerdo cuántos defectos más.

Lo recibimos con el respeto y admiración que merecía; incluso nos dio tiempo para llamar al redactor gráfico para ilustrar la información.

Personalmente me cayó bien. Se había desplazado del obispado a la redacción a pie, sin compañía, vestía clerigman. Con el tiempo su figura fue ganando en todos los terrenos hasta terminar renunciando a todo para dedicarse a cuidar a enfermos en Melilla.

La otra persona que me impactó fue Pedro Aparicio, quien ganó las primeras elecciones democráticas a la alcaldía de Málaga en 1979.

Estuvo en la redacción de Ideal varias semanas antes de las mencionadas elecciones para presentarse personalmente. Un hombre educado, médico de profesión en la Seguridad Social, socialista convencido. En principio fue una visita más porque aspirantes de otros partidos políticos a las elecciones de 1979 se pasaron por el periódico con el mismo fin: darse a conocer.

Pedro Aparicio ganó de corrido las elecciones y fue alcalde de Málaga nada menos que en el periodo 1979-1995.

Como yo estaba en activo, primero como redactor en Radio Nacional y después como redactor-jefe, compaginando la profesión con el periódico Ideal, durante el largo periodo de tiempo de Aparicio al frente del Ayuntamiento lo entrevisté tanto en solitario como en ruedas de prensa no recuerdo cuántas veces; muchas.

Las ruedas de prensa eran de verdad, no esos sucedáneos de ahora que convierten al periodista en mandadero porque el señor o señora que congrega a los periodistas, como si se creyeran personajes importantes, entregan por escrito las verdades o tonterías que se les vienen a la mollera.

Si un periodista no puede preguntar, lo correcto es dejar al individuo o individua solo ante el atril. Pero en fin, es lo que se lleva. Yo no presumo de nada, pero nunca se me planteó algo parecido.

He entrevistado desde personas como José María de Areilza en el Málaga Palacio, líder de un partido conservador, a uno todo lo contrario, un revolucionario de una fracción del Partido Comunista, en un cuchitril inmundo en una barriada de Málaga. Como informador no seleccioné a nadie, y siempre me gané el respeto de todos.

Volviendo a Pedro Aparicio, para mí era todo un señor, respetuoso, educado, defensor de sus ideas, sabiendo estar en todo momento donde y con quien hablara.

Durante más de veinte años conviví con él… y su muerte me impactó porque un poco antes del deceso tuvimos una agradable charla. Había dejado el Ayuntamiento y estaba en duda de si reincorporarse a la Medicina o seguir en la política.

Con toda franqueza me dijo que volver a la Medicina activa le obligaba a encerrarse a estudiar por lo menos cuatro años para ponerse al día en la especialidad (cirugía cardiovascular), que tenía abandonada desde que fuera elegido alcalde.

El reencuentro se produjo en la comida anual de la Prensa, aquel año en la escuela de hostelería del Instituto de la Rosaleda. Nada más verme se acercó a saludarme cordialmente y me dio un fuerte abrazo que aún no he olvidado.

Aunque ya no era alcalde, su presencia en el acto de la Asociación de la Prensa estaba justificada porque era diplomado en Periodismo, de lo cual presumía, estudios que hizo en Madrid al tiempo que se licenciaba en Medicina.

Este inolvidable encuentro se produjo pocos días antes de su inesperado fallecimiento mientras paseaba por ‘el marítimo’ por su querido Pedregalejo.

Siempre me distinguió con un tratamiento exquisito, especial; tanto es así que me atreví a preguntarle por qué en las ruedas de prensa cuando respondía a las preguntas de cualquier colega siempre se dirigía a mí, y no a cualquiera de los otros veinte que allí estábamos congregados. «Es que tú sabías preguntar», fue su respuesta. Un elogio que nunca he olvidado.

En la ocasión que rememoro en la comida anual de la Prensa entablamos una conversación que se prolongó en el tiempo porque se sumó un periodista al que yo no conocía.

Como surgió en la charla el nombre del obispo emérito de Málaga, don Ramón Buxarrais, Aparicio expresó la admiración que sentía por el prelado que un día decidió volver al sacerdocio renunciado al cargo.

El obispo Ramón Buxarrais en 1977 en la redacción de Ideal en Málaga con Guillermo Jiménez Smerdou y Pedro Antúnez

El obispo Ramón Buxarrais en 1977 en la redacción de Ideal en Málaga con Guillermo Jiménez Smerdou y Pedro Antúnez / L.O

De obispo retornó a la sencillez. Se trasladó como cura al servicio de los más necesitados en Melilla. Este compañero periodista que se sumó a la reunión era un admirador de don Ramón, y nos informó que tenía en proyecto desplazarse a Málaga en fecha próxima. A los dos periodistas nos sorprendió la reacción de Pedro Aparicio: «Si viene me gustaría saludarle». Y no tuvo problema en decirnos por qué quería verle.

Los dos contertulios conocíamos las ideas de Pedro Aparicio: era agnóstico. Pero la primera persona que se acercó a su domicilio para darle el pésame por el fallecimiento de su padre fue el obispo, detalle que no podía borrar de su memoria. Todo un obispo se adelantó a los miembros de la corporación para acompañarle en el triste trance.

«Quiero verlo personalmente», dijo. Pero, creo que aquel encuentro no llegó a tener lugar, el alcalde-médico falleció antes de que don Ramón viajara a Málaga.

Ramón Buxarrais, un personaje singular

Yo había seguido los pasos de Buxarrais en Málaga. Había renunciado a vivir en el Palacio, iba a pie o en los autobuses urbanos desde Carranque al Centro, y su interés por conocer a los malagueños de verdad lo expresó con su idea de cenar un día con algún matrimonio del lugar en el que se desenvolvía.

El elegido fue José María Guadamuro, que era responsable de la discoteca de Radio Nacional. Su mujer, al saber que tenía que preparar una cena para el obispo en su casa (creo que tenía cinco o seis hijos) casi enfermó al pensar lo que le venía encima. Por las noticias que tuve de forma directa por Guadamuro, la cena se desarrolló como quería el obispo: hablar con los niños, con los padres…, en pocas palabras, conocer a la gente de Málaga.

No estoy seguro, pero creo recordar que lo de cenar con familias de Málaga se extendió a otras zonas, como residentes de la Caleta, Limonar, Miramar...

Un día, varios periodistas de Málaga recibimos una invitación inesperada: el obispo de Málaga nos invitaba a cenar en el Palacio Episcopal. Que me acuerde, sin consultar papeles de la época, el grupito estaba integrado por Francisco Javier Bueno, Juan Antonio Rando, José Luis Navas, Francisco Fadón y el que suscribe y recuerda la magra cena consistente en un caldito caliente y carne con patatas fritas. Platos servidos por dos monjas.

De aquella inesperada cena conservo en mi memoria muchos recuerdos, pero hubo algo especial que marcaba la personalidad del personaje. Recordando su paso por Argentina, no me atrevo a afirmar si Buenos Aires o Córdoba, Buxarrais nos contó que un día se le acercó en el templo en que prestaba los servicios religiosos un trabajador. Le dijo que tenía un problema con la iglesia. Se declaró comunista convencido, luchador por la libertad.

Al preguntarle qué problemas tenía con la iglesia, el trabajador le dijo que a su hija no la querían bautizar porque todos sus amigos y conocidos eran comunistas, lo cual era un impedimento. Recalcó que en su familia, por costumbre, todos los miembros se bautizaban, pero que a su hija ningún cura quería bautizarla porque todos los posibles padrinos eran comunistas.

El futuro obispo de Málaga, con toda naturalidad, le dijo que si su hija necesitaba un padrino para el bautizo, ya lo tenía: él se ofrecía. Y así, la hija de aquel comunista argentino se bautizó como manda la Iglesia Católica. Quizás aquella niña se acuerde de que fue apadrinada por un cura español que después fue obispo de Málaga.

De su paso por Málaga recuerdo también sus ‘Cartas a Valerio’, que quizás estén entre mis papeles. Me gustaría releerlas por su contenido. Cuando escribo estas líneas, don Ramón, que es dos años menor que yo, reside en Málaga. Personaje inolvidable para muchos malagueños de la época.

Nota de la Opinión

Por expreso deseo de la familia de Guillermo Jiménez Smerdou, fallecido el pasado 28 de enero, La Opinión de Málaga ha estado publicando las colaboraciones que dejó pendientes nuestro ejemplar e inolvidable compañero. Esta es la última de las ocho entregas. Gracias por todo, Guillermo. Va por ti.

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