Mirando atrás
Gonzalo González, una vida de conocimiento ‘a cara y cruz’
El veterano numismático malagueño es uno de los seis que en España todavía venden de cara al público. En 1981 abrió la Numismática Gonzalo en calle Molina Lario, después de que, unos años antes, quedara fascinado por unas monedas romanas que conservaba su futura mujer.

El numismático Gonzalo González, con un sestercio de la emperatriz Faustina, mujer del emperador Marco Aurelio. / A.V.
«Mira qué belleza», resalta Gonzalo González Rivas, al tiempo que muestra un sestercio con una Venus Victoriosa, por un lado, y por otra, la efigie de Faustina, «la emperatriz mujer de Marco Aurelio».
Este cordial malagueño, que acaba de cumplir 75 años, recuerda cómo, siendo niño, cuando iba a Genalguacil, el pueblo de sus abuelos paternos, su abuela Antonia le dejaba jugar con una bolsita de monedas de oro, herencia de su abuelo, «como el que juega con canicas».
Con el tiempo, aprendería que esas monedas de oro eran «las alfonsinas e isabelinas», los cien reales de tiempos de Isabel II y las 25 pesetas con la efigie de su hijo Alfonso XII.

Monedas isabelinas y alfonsinas de oro, como las que usaba de niño Gonzalo González para jugar. / A.V.
Pero en realidad, la culpa de que la Numismática haya sido una de las grandes pasiones de su vida la tuvo Maite, su futura mujer, ya fallecida, que le encarrilaría hacia su vocación.
Porque, como explica, tras pasar por el Colegio de San Agustín, decidió ser militar y formarse en la Academia General de Zaragoza, «y a la vuelta de unas vacaciones me presentan a una francesa guapísima». Por ella, por amor a Maite, que así se llamaba esa joven de Burdeos, decidió no continuar la carrera militar y regresar a Málaga para terminar casándose con ella en 1972. Fueron padres de tres hijos.

Tarjeta de la Numismática de Gonzalo González Rivas, en los inicios del negocio, siempre en la calle Molina Lario. / Archivo familiar
Y aunque llegó a aprobar las oposiciones al Cuerpo General de Policía y también fue contable, profesor de contabilidad, administrador general de un grupo de empresas, jefe comercial del Banco Atlántico y hasta administrador de fincas, Maite fue la ‘culpable’ del mayor giro de su vida cuando tenía 30 años.
Las monedas del río
Como recuerda, un día ella le mostró «una caja de puros llena de monedas de bronce; las monedas las había cambiado por sellos a los niños del puerto de Burdeos que las encontraban en la arena del río».
Las piezas encontradas en el río Garona eran nada menos que sestercios de diversos emperadores romanos del siglo I: Tiberio, Trajano, Adriano... «Y ahí empezó mi vocación numismática, con independencia de las profesiones que iba teniendo», confiesa.
Por eso, mientras ejercía de administrador general de un grupo de empresas, entre ellas Muebles La Fábrica, cuya matriz estaba en Barcelona, aprovechó las tardes para asistir a los cursos de uno de los numismáticos más reconocidos, Javier Calicó. Como recuerda, «íbamos al Gabinete Numismático de Cataluña a ver miles y miles de monedas; ese conocimiento empírico fue lo que me permitió después dedicarme profesionalmente».

Gonzalo González, junto a su hijo Rodrigo, como comisario de la I Exposición Provincial de Numismática, de 1987. / Archivo familiar
Y así, la gran aventura profesional de su vida, en la que todavía está embarcado, comenzó en 1981, cuando recibió el testigo de un local en la calle Molina Lario, ocupado por una veterana peluquería, que había sido «la de los frailes agustinos».
Como recuerdo de ese tiempo crucial, en el dintel de acceso a su despacho y en números romanos, Gonzalo tiene inscrito el año de apertura del negocio.

El despacho de Gonzalo González luce en el dintel la fecha de apertura de la Numismática, en números romanos. / A.V.
Al menos siete años
Como destaca, la Numismática implica estar formándose continuamente. Además, si alguien entrara en su tienda para aprender de becario, calcula que necesitaría «una formación, como mínimo, de siete años».
El estudio constante de la disciplina y el examen de miles de piezas, para saber distinguir las auténticas de las falsificaciones, le ha permitido seguir en el negocio casi medio siglo; «porque si no, te arruinan en menos de un mes», remarca.

Billete de 500 pesetas de 1940, que se emitió sin marca de agua. / A.V.
Pero como explica, la Numismática incluye no solo monedas, también billetes, medallas y condecoraciones.
Y entre los muchos billetes que han pasado por sus manos, muestra uno de 500 pesetas de 1940, con el entierro del Conde de Orgaz que, por las prisas por seguir una orden de Franco, se emitió sin la famosa marca de agua. Es uno de los más raros.
Sólo seis en España
El numismático malagueño es, además, uno de los seis últimos que todavía en España «atienden directamente al público»; es decir, es el propio especialista el que previamente compra las piezas que luego vende, «y con el filtro que yo aplico, me la juego, por eso soy superexigente, porque si me cuelan una falsa, luego no la puedo vender», argumenta.
Para evitar esos riesgos, explica, antiguas numismáticas se han transformado en sociedades subastadoras que nada arriesgan y se limitan a llevarse comisión de lo subastado «a comprador y cedente» de cada pieza.

El experto malagueño charla de monedas antiguas con un numismático y catedrático de Historia Moderna de Hamburgo. / Archivo familiar
Él prefiere, sin embargo, el contacto directo con los clientes, lo que le ha hecho contar con una veterana cartera tanto en España como en el extranjero; de estos últimos, por ejemplo, un cliente de Canadá, gran numismático, que cada cierto tiempo toma el avión, se hospeda en el Málaga Palacio y adquiere monedas en la Numismática Gonzalo, para regresar a continuación a su país.
Por cierto que cuando se le pregunta por la moneda más valiosa que ha pasado por la tienda de Molina Lario, menciona una onza de oro de Carlos III de 1768, acuñada en la ceca de Guatemala, a la que, «alguien de su época, probablemente un banquero, le había hecho una mella con un objeto incisivo, para ver si era oro por dentro». Su precio es hoy astronómico.

El numismático malagueño Gonzalo González, en una foto de archivo. / Archivo familiar
Y una curiosidad: no trabaja los euros porque en el argot del gremio es «chatarra, sin valor numismático».
¿Y la jubilación? Pues aunque bien podría llevar una década jubilado, Gonzalo González responde, sonrisa mediante, con una frase de Confucio: ‘Buscad una actividad que sea de vuestro agrado y no tendréis que trabajar nunca’. «Pues eso es lo que yo hice a partir de los 30 años».
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