La inestabilidad económica e institucional, un equipo creado casi desde cero y una pandemia mundial de por medio no componen el mejor escenario para el buen desarrollo de un club de fútbol. No obstante, en líneas generales el Málaga está consiguiendo buenas cifras que lo tienen instalado en la parte media-alta de la clasificación de Segunda División. Pero este discurso cambia, y de qué manera, cuando se analizan los resultados que el conjunto blanquiazul está obteniendo en su feudo, entre los muros de Martiricos. Ahí sí hay que empezar a preocuparse.

El Málaga lleva disputadas 17 jornadas con un balance total de siete victorias, cuatro empates y seis derrotas. La última, el pasado sábado frente al recién ascendido Cartagena, ha hecho tambalear algún que otro cimiento. Lo más preocupante es que a lo largo de estos meses, en los ocho encuentros que los de Pellicer han disputado en casa ésta Liga solo han logrado sumar tres puntos en dos ocasiones, en la tercera jornada, frente al Alcorcón, y en la séptima, ante el Sporting de Gijón. En sendas ocasiones por la mínima, 1-0. El resto, empates ante la UD Las Palmas, Mirandés y Lugo o las derrotas ante el Espanyol con un contundente 0-3, Leganés y la de hace solo un par de días con el Cartagena.

En cuestión de puntos, que al final son los únicos medidores que deciden el devenir de un equipo año a tras año, este problema se ve con mayor facilidad. El conjunto malacitano ha sumado solo 9 de los 24 puntos posibles que ha peleado en casa, mientras que a domicilio ha logrado 16 de los 27 en juego. La diferencia es muy notoria.

Pero además de la pérdida de puntos como tal, es bastante alarmante ver cómo el estado físico, anímico y mental de los miembros del equipo va mermando con el pasar de los minutos. Los errores en defensa y la falta de pegada en ataque han cobrado más protagonismo en los partidos en La Rosaleda. Ante el Cartagena ni siquiera se pudo aprovechar la ventaja de ponerse por delante en la primera media hora de juego.

Son muchos los errores a corregir, aunque tanto los jugadores de esta plantilla como los miembros del cuerpo técnico saben que cuentan con todo el apoyo de la masa social malaguista. Prueba de esta fidelidad fue el acogedor recibimiento organizado por los aficionados blanquiazules justo del último partido liguero disputado en Martiricos. «34 años con vosotros, no estáis solos», se vislumbraba en una pancarta en los aledaños del estadio.

Pero con las gradas vacías, el frío que está azotando estos días a la capital de la Costa del Sol y el silencio de la cancha, solo roto por jugadores, entrenadores y algún que otro balonazo al poste, al equipo se le hace cuesta arriba cerrar los partidos de manera satisfactoria.

Si los aficionados echan de menos el ritual de ir al estadio con familiares y amigos ataviados con camisetas, bufandas y banderas, en este caso está siendo el Málaga quien más está sufriendo la ausencia de su gente. Y aún quedan al menos un par de meses así.

Hay que remontarse hasta el pasado 8 de marzo, cuando aún el coronavirus parecía lejano y disfrutábamos de estadios de fútbol, cines y calles, ajenos a todo lo que iba a suceder tan solo unos días después. Aquella tarde de domingo, en un encuentro correspondiente a la pasada temporada 2019/2020, el Málaga cayó 0-1 ante el Zaragoza pero 22.264 espectadores estuvieron en las gradas de Martiricos, alentando y apoyando a los suyos.