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La Opinión de Málaga

Análisis

Una temporada para olvidar

La campaña del conjunto blanquiazul ha sido un despropósito y ha culminado con la afición despidiendo con pitos a la plantilla incluso el día de lograr la permanencia - Llega el momento de tomar decisiones y depurar responsabilidades

Lamentos de los jugadores tras el pitido final del Málaga CF - Burgos. Gregorio Marrero

Por fin el malaguismo puede respirar tranquilo. Una temporada que comenzó siendo ilusionante se había convertido en un auténtico tormento, hasta que en la penúltima jornada del campeonato el Málaga CF ha conseguido asegurar su permanencia matemática en LaLiga SmartBank perdiendo con el Burgos en La Rosaleda. La salvación ya está lograda, y ahora es momento de analizar todo lo que se ha hecho mal y depurar responsabilidades. Prueba de lo mal que se han hecho las cosas hasta el último día fue la forma en la que los seguidores despidieron a sus jugadores tras salvarse matemáticamente: pitada monumental y gritos de «jugadores mercenarios».

Plantillas, diferentes cuerpos técnicos, dirección deportiva y administración del club. Todos los estamentos, salvo la afición, deben pasar por el confesionario para analizar todos los fallos cometidos y evitarlos en campañas futuras. Se ha sufrido más de lo esperado y la forma en la que se consiguió la permanencia no dio pie ni a la más mínima celebración, pero desde hoy ya se debe empezar a construir el nuevo Málaga CF 22/23 que compita un año más en Segunda División.

La temporada 2021-22 no se recordará como algo positivo en la historia del club, sin duda. Con el paso de las semanas, el año se ha convertido en una pesadilla que cada vez veía con más temor como el riesgo de descender a Primera RFEF cada vez era más real. Por suerte no se ha producido, pero lo que está claro es que todos y cada uno de los responsables no pueden irse «de rositas». Ya se comprobó ayer en las gradas que el horno no está para bollos.

La afición desató su ira con la plantilla tras una temporada insoportable y de sufrimiento extremo. | GREGORIO MARRERO

El curso comenzó con todo el entorno pensando en que esta vez el equipo sí podría competir por alcanzar una plaza en el play off de ascenso, o al menos estar cerca de ello. La comunión entre la hinchada y la plantilla era total tras cada victoria en casa, pero los resultados a domicilio no llegaban y en un batacazo histórico en casa -un 0-5 ante el recién ascendido Ibiza-, Manolo Gaspar decidió destituir a José Alberto. Una decisión respaldada por la mayoría. Sin embargo, la elección de sus sustituto fue pasar de Guatemala a «Guatepeor». El periplo de Natxo González al frente del banquillo blanquiazul no pudo ir peor, solo una victoria y 6 puntos en 10 jornadas. Y la dirección deportiva tuvo que reaccionar de nuevo.

Al segundo cambio sí se acertó. Llegó Pablo Adrián Guede con un aura de salvador, del Mesías que tenía que salvar al Málaga de abandonar el fútbol profesional tras casi 25 años. Y lo consiguió. De la manera menos vistosa, pero el objetivo lo tiene en el bolsillo. El argentino, como futbolista, subió al equipo blanquiazul a Segunda, y ahora, como entrenador, ha conseguido mantenerlo en la categoría de plata.

La Rosaleda no pudo disfrutar plenamente ni el día en el que se suponía que había que celebrar, al menos durante unos minutos, la permanencia en LaLiga SmartBank. Los aficionados se lo pasaron en grande antes y durante el encuentro, pero no precisamente por lo que estaban viendo sobre el césped. El momento de darse algún reconocimiento llegó cuando los jugadores habían abandonado ya el verde, prueba de que la ruptura es total.

Por suerte, la temporada ha acabado, pese a que queda un partido intrascendente en Lugo. Viene ahora un verano movido.

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