«Es algo que llevan mucho tiempo esperando». Fuensanta Guzmán, directora del centro Novocare de Coín, es testigo cada día de la «ilusión» y el «nerviosismo» que sienten los mayores cuando saben que van a poder salir, tocar y verse de nuevo cara a cara con sus familiares, más allá de una pantalla o un auricular como han tenido que hacer meses y meses atrás. Porque el coronavirus ha separado cuerpos, pero no ha conseguido romper los vínculos que unen los corazones de las personas.

Y es que, gracias al esfuerzo, las buenas prácticas de prevención y por qué no decir, «la suerte», la residencia ha superado la pandemia de la forma menos dolorosa posible. «Hemos vivido por y para la Covid». Así es como resume la gobernanta, Santi Lobato, todo el trabajo que han tenido que realizar y siguen desarrollando desde el centro de mayores donde a día de hoy sus 80 residentes provenientes de toda la comarca del Guadalhorce y sus alrededor de 45 trabajadores gozan de la tan ansiada inmunización, al igual que el resto de residencias de Málaga.

Los usuarios del complejo residencial recibieron la primera dosis de la vacuna el 31 de diciembre y la segunda el 20 de enero. «Teníamos mucha esperanza en la vacuna, así que la hemos recibido con mucha alegría», relatan. Y es que una consecuencia directa de la vacunación ha sido el permitir de nuevo las salidas a la calle. Según la psicóloga del centro, Isabel González de Canales, lo que más añoraban los residentes era el estar con sus seres queridos. «Hacíamos videollamadas, pero eso no era suficiente. El tema de las visitas siempre nos ha preocupado porque el quedarse sin ver a sus familias lo tenían siempre muy en mente».

Además, la responsabilidad individual de cada trabajador también ha tenido mucho que ver en que el coronavirus no se haya cebado tanto con esta residencia en la que se han contabilizado 17 positivos y un fallecimiento en todo lo que llevan de pandemia. Y es que los trabajadores han limitado bastante su vida social, haciendo todo lo que estaba en sus manos para evitar riesgos innecesarios. «Hemos pasado mucho miedo al venir a trabajar sin saber si podríamos contagiarlos», cuenta Lobato, quien en su caso intentaba ir a comprar una vez a la semana y se privaba de ver a sus familiares. La psicóloga del centro confiesa que al principio no eran conscientes de la magnitud real de la situación y veían los casos muy lejanos, pero que siempre han tenido muy en mente el sitio donde trabajaban. «He restringido muchísimo mi vida y más ahora cuando se acercaba el momento de ponerse la vacuna, ya que no quería que se cometiera ningún error».

Desde el inicio de la pandemia, la dirección de la residencia llevó a cabo una sectorización del centro, haciendo tres burbujas de convivencia, así como reservaron la planta baja para los casos de Covid o para los aislamientos preventivos. Además, reforzaron las actividades, llevando a cabo un plan de humanización en el que realizaban terapias físicas, cognitivas y de realidad.

A pesar de que se nota el desgaste, desde la residencia se muestran optimistas. «Por fin estamos viendo la luz al final del túnel», inciden mientras continúan la vacunación para los nuevos mayores que ingresan en el centro.