Son las seis de la tarde. En el pequeño pueblo de Humilladero empiezan a repicar las campanas. Al compás con su carrito aparece Antonio Pinto, el último campanero de Humilladero.

Pese a que los tiempos han cambiado y el oficio del campanero es algo que se mueve hacia el recuerdo, Antonio sigue siendo fiel guardián de la Iglesia y de las tradiciones de su pueblo. Cuenta que su andadura comenzó con dieciséis años, fruto del fuerte espíritu religioso gestado en su familia.

«Llevo 45 años haciendo sonar estas campanas y es algo que disfruto haciendo. A mi madre siempre le gustó la iglesia y recuerdo ir siempre de pequeño los domingos y quedarme observando el retumbar de las campanas».

Encargarse del sonar de las campanas es algo que llena de vida a Antonio y que le hace sentirse aún más unido con su pueblo, y es que el oficio del campanero no se distingue únicamente por su función religiosa. En la antigüedad, el sonido de las campanas servía como un sistema de alerta para los vecinos. En caso de incendio o accidente, Antonio subía paso a paso los escalones de la Torre de la Iglesia de Humilladero para alertar de la situación a todo el pueblo, ayudando de una forma tradicional en unos tiempos en los que aún no se tenía acceso a otro tipo de recursos.

Aunque su vida no ha sido fácil, este vecino de Humilladero se sigue moviendo por el servicio a sus vecinos, mostrando siempre la bondad y humildad que lo caracteriza. «Cuando mi madre estaba embarazada de mí sufrió un grave accidente y eso me provocó problemas físicos. Hasta los seis años no pude caminar». Sin embargo, ni siquiera los problemas de movilidad han impedido a Antonio hacer lo que más le gusta, tocar las campanas de su iglesia, haciendo sentir viva a una generación que aún despierta con su repique.

Desgraciadamente, el sonido manual es algo que ha ido desapareciendo con el paso del tiempo. El repique tradicional ha sido robado de nuestros oídos por mecanismos electrónicos que ponen en peligro la función del campanero. Así lo cuenta con tristeza Antonio, que relata cómo desde hace dos años ya es más frecuente tocar la campana a través de una pantalla. «Desde hace dos años tengo una aplicación que uso para hacerla sonar desde el móvil. Es muy útil y me ahorra tiempo, pero no hay nada como sentirla desde su templo».

Las campanas hablan. No se trata únicamente de un objeto forjado en metal con el que invitar a misa. Este gran artilugio trae consigo emociones, tanto alegría como tristeza, y hace al pueblo partícipe de ellas, siendo un símbolo de unión y fraternidad entre vecinos. «El toque y el tono de la campana cambia según lo que se quiera anunciar, eso es una de las cosas más curiosas de este oficio, aprendes a comunicarte con cientos de personas sin necesidad de hablar», añade con ilusión Antonio.

«Aún recuerdo cómo fue la primera vez que toqué la campana y la ilusión que viví en aquel momento. Puede que sea el último campanero de Humilladero, pero ojalá no llegue el día en el que este símbolo de nuestro pueblo calle para siempre, tenemos que seguir manteniendo nuestras tradiciones», concluye con emoción el campanero.