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Nuevas voces de la comunicación. Reportajes de los alumnos de la UMA

Una Nochevieja diferente en Coín: disfrazarse para vencer el silencio y la soledad

Tras la muerte de su marido, Rosa encuentra en disfrazarse en Nochevieja la forma de desafiar la soledad y el silencio de su casa en Coín, mezclándose entre la multitud y hallando compañía inesperada

Nochevieja en Coín en la plaza del Pecao.

Nochevieja en Coín en la plaza del Pecao. / L. O.

Laura González Martín

Rosa García se mira al espejo antes de salir. No para verse guapa. Para comprobar que sigue ahí. No quiere verse desaparecer.

Se coloca el disfraz despacio, como quien cumple un ritual aprendido a base de años. Un vestido ancho, elegido más por comodidad que por estética; medias oscuras, una chaqueta vieja y un gorro navideño discreto, puesto casi por costumbre. Frente al espejo, se pinta los labios con un rojo apagado y se recoloca la peluca con un gesto torpe, más simbólico que estético. No busca llamar la atención. Busca poder salir. Desde que su marido falleció, la Nochevieja dejó de tener una forma fija.

Ya no hay mesa puesta para dos, ni copas enfrentadas, ni un “no lleguemos tarde” dicho desde la cocina. No hay horarios, ni planes cerrados, ni nadie esperando. Hay silencio. Un silencio espeso, que se instala en la casa y se cuela por los pasillos. Y el silencio, en esas noches, pesa demasiado. Por eso Rosa se disfraza. Por eso sale. Porque vestirse así es su manera de romperlo.

Sale aunque no tenga con quién. Sale aunque no sepa a dónde va a acabar. Sale disfrazada porque así duele menos, porque así no es “la viuda”, ni “la mujer sola”, sino alguien más en medio del ruido. Alguien que puede mezclarse sin dar explicaciones.

Fiesta en Coín en Nochevieja

En las calles de Coín ya huele a fiesta. A alcohol barato, a frío, a nervios. Los niños corren con disfraces que les quedan grandes, gritando, cayéndose, levantándose sin miedo. Las familias avanzan juntas, siempre las mismas caras conocidas, los mismos grupos de cada año, como si las fiestas fueran una fotografía que se repite. Las parejas caminan pegadas, coordinadas hasta en el disfraz, compartiendo una intimidad que parece blindada al resto del mundo.

Rosa observa todo eso mientras camina. No con envidia. Con una mezcla extraña de ternura y distancia. Ve a una pareja bailando despreocupadamente y no puede evitar acordarse del amor de su vida. Ella no pertenece a ningún grupo fijo. Nunca sabe con quién pasará la noche. Cada año es distinto. Cada año es una sorpresa.

Miles de personas esperan las campanadas disfrazados en la Nochevieja en Coín.

Miles de personas esperan las campanadas disfrazados en la Nochevieja en Coín. / L. O.

En la plaza del pueblo las campanadas la alcanzan entre miles de cuerpos escondidos bajo disfraces. Doce golpes secos. Doce uvas que se mastican deprisa. Doce deseos que casi nadie se atreve a formular en voz alta. Rosa se las come despacio, mirando alrededor, esperando ese momento exacto en el que alguien la mire también a ella. Siempre ocurre. Alguien sonríe. Alguien pregunta si está sola. Alguien le hace un hueco.

Una niña pequeña, disfrazada de unicornio, se le acerca y le toca la mano con cuidado, como si no quisiera asustarla. No dice nada. Solo se queda ahí. La madre aparece enseguida, se disculpa, sonríe. Rosa sonríe también. Le ofrecen una uva, luego otra. Alguien le acerca una copa. Alguien le desea feliz año mirándola a los ojos. Y sin darse cuenta, Rosa ya no cuenta las campanadas sola.

Disfraces en la Alameda de Coín

Después de las uvas, la gente se mueve hacia la Alameda como una marea desordenada. La carpa vibra. Piratas, princesas, pijamas, disfraces imposibles. Un grupo va disfrazado de la lotería del 22. Otro de la película de Avatar. Un hombre se pasea con un carro de compra del Mercadona. Hay quien lleva meses pensando qué ponerse y quien ha salido con lo primero que ha encontrado. Nadie destaca. Nadie sobra. Esa es la magia.

Rosa entra sin prisa. Se queda primero en un lado, como tanteando el terreno. Hasta que alguien la acoge. Un grupo distinto cada año. Una familia que la adopta por unas horas. Una conversación mínima que se convierte en compañía real. Ríe. Baila poco. Mira mucho.

Mientras alrededor todo es ruido, Rosa siente algo parecido a la paz. No sabe con quién pasará la próxima Nochevieja. No lo ha sabido nunca desde que se quedó sola. Pero esa incertidumbre ya no le asusta. Al contrario: es lo que la mantiene saliendo de casa. Lo que la obliga a confiar en los demás.

Alegrías, buen humor e ingenio en la Nochevieja en Coín, donde es tradicional celebrarla disfrazados.

Alegrías, buen humor e ingenio en la Nochevieja en Coín, donde es tradicional celebrarla disfrazados. / L. O.

Cuando el cuerpo le pide descanso, se va. Sin despedidas largas. Sin promesas. Vuelve a casa con el disfraz arrugado y el corazón un poco menos lleno de silencios. Lo dobla con cuidado. Sabe que volverá a usarlo.

Disfrazarse en Nochevieja en Coín

En Coín, disfrazarse en Nochevieja no es solo una tradición. Es una forma de encontrarse sin preguntarse demasiado. De mezclarse. De acompañarse. De entender que algunos siempre celebran con los mismos, y otros, como Rosa, celebran con quien la noche decida ponerles al lado.

Y quizá por eso, esa noche, nadie está del todo solo.

Aunque haya llegado así.

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