16 de julio de 2020
16.07.2020
La Opinión de Málaga
Crisis del coronavirus

La herencia de los nuestros

Las insufribles cifras marcan el reto social y político de intentar evitar otra tragedia

16.07.2020 | 08:19
Un entierro reciente de una víctima de Covid-19 en un cementerio de Madrid

Pequeños cementerios de pueblos de España siguen, todavía hoy, abriendo sus puertas para que cientos de ciudadanos compartan duelos aplazados por el Covid. El dolor y los punzantes recuerdos de muchos, de demasiados, se han visto obligados a convivir con las mascarillas y las normas de la nueva realidad, a la espera de poder depositar o dar entierro a las cenizas de los que nos fueron arrebatados por un enemigo vírico. Fue imposible en casi todos los casos tenderles a las víctimas una mano, desde la ternura, en su última lucha. Se nos fueron solos.

Las familias, las mismas que durante las semanas más duras del confinamiento se consolaron a través de un teléfono o unas frías pantallas, continúan ahora por prudencia sin poder fundirse en el abrazo interminable que merece la ocasión, el que podría paliar mínimamente el pellizco intenso. Poco a poco se organizan para dar un adiós en diferido, pero digno, a los suyos. El Estado, tras haber visto forzadas sus costuras y descubiertas sus debilidades y fortalezas por una gravísima crisis sanitaria, también ofrecerá este miércoles un tributo oficial a los más de 28.000 muertos que deja aquí el coronavirus.

Optimismo con sensatez

Se cuenta con que prácticamente todas las autoridades del país y una nutrida representación de mandatarios extranjeros estén presentes en este funeral sin precedentes. Las cifras siguen compungiendo y, por desgracia, creciendo, aunque la velocidad sea otra. España ya no vive encerrada (a excepción de determinadas zonas) y bajo un estado de alarma, pero el buen puñado de rebrotes que amenaza las ansias de optimismo son un llamamiento severo a la sensatez. A la memoria y la reflexión colectiva.

La herencia que nos dejan los fallecidos es, sin duda, la obligación política, cívica y ética de intentar que éste sea el primer y último funeral de Estado por los caídos por Covid. Es un deber intentarlo. Y un objetivo y reto de futuro para el que hay que estar a la altura. En primer lugar, la sociedad civil, con su implicación para con las medidas de autoprotección que ya se han demostrado efectivas: la distancia corporal; el continuo lavado de manos; el uso de máscaras; la protección especial de los más vulnerables y la búsqueda de la concienciación empática de los más jóvenes de la casa se hace imprescindible.

Después, pero con redoblada responsabilidad, los políticos, llamados en esta ocasión a engrandecerse buscando soluciones -aún equivocándose en medio de la incertidumbre-, y no a empequeñecerse aturdidos por vanas peleas de salón poco digeribles en tiempos de pandemia.

Reconstrucción pendiente

Los rifirrafes los ha habido, incluso, en torno a la organización de otros funerales. La Conferencia Episcopal convocó a principios de julio uno religioso en Madrid, cuando ya estaba diseñado el que el Estado ofrece este miércoles.

Acudieron entonces los Reyes; las presidentas de Congreso y Senado y de otras altas instituciones, así como la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, en nombre del Ejecutivo. Mientras, Pedro Sánchez se encontraba de visita en Portugal. De poco sirvió que estuviera buena parte de las autoridades del país: en este caso fue el PP quien cargó contra el presidente al entender que su ausencia se debía a su «anticlericalismo».

Ahora, son los dirigentes de Vox los que han querido poner la nota discordante al anunciar que no van al homenaje de Estado. Ruido en jornada merecedora de silencio.

En todo caso este funeral, que llega tras la celebración de las primeras elecciones en tiempos de coronavirus -en Galicia y Euskadi-, se espera que sea, pese a todo, un pequeño oasis de paz y respeto en medio de la política de alto voltaje. También en el mundo de los ministros, parlamentarios y miembros de los Ejecutivos centrales o autonómicos deben establecerse jerarquías de prioridades, tal y como ha tenido que hacer cada ciudadano en su vida particular: el deber, camuflado tras una mascarilla, se impone mayoritariamente a la apetencia en pro de la batalla frente a un virus que sigue ahí. ¡Vaya si sigue!. Qué pregunten a los vecinos del Segrià, L'Hospitalet o los que en tierras gallegas o vascas han visto recientemente frustrado su a priori intocable derecho al voto por culpa del Covid.

Los neumólogos advierten ante los excesos. Los sanitarios cruzan los dedos, y también protestan, para que la promesa de «reconstruir» el sistema nacional de salud sea algo más que un compromiso con aceptación social. En breve se votará en el Congreso sobre esta y otras «reconstrucciones» obligadas, mientras se espera un guiño económico de Europa. Se compra y acumula material por lo que pueda pasar. Nadie quiere volver a oír que no hay respiradores. Que no hay batas médicas. Se sueña con normalidad sin adjetivos. Se rinden homenajes para compartir el desgarro. Hoy, también, en EL PERIÓDICO. 'In memoriam'.

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