Era como buscar una aguja en un pajar. Sobre todo, porque la última conversación (27 de abril) entre Tomás Gimeno y Beatriz Zimmermann, padres de Olivia y Anna, se dio cuando este ya estaba en alta mar. La señal se perdió en el instante en el que el secuestrador de las niñas supuestamente se arrojó al agua (su cuerpo no ha sido localizado) tras desenganchar el ancla de la lancha y anudar las bolsas que contenían los cuerpos de estas al lastre: efectivos de la Unidad Orgánica de la Policía Judicial de la Guardia Civil de Santa Cruz de Tenerife hallaron un rollo de cinta americana en la embarcación.

Triangular las conversaciones telefónicas entre Beatriz y Tomás y el repetidor más próximo se convirtió en la prioridad de los agentes del Grupo de Apoyo Técnico Operativo (GATO) de la UCO que se desplazaron a Tenerife para fijar las coordenadas de ese último contacto. En cuanto la autoridad judicial autorizó el clonado de la tarjeta SIM del móvil de Gimeno se abrió un inagotable horizonte hacia lo desconocido que comenzó a construir sus piezas en el número 23 del Camino Cruz Colorada de Igueste de Candelaria, dirección en la que estaba fijada la residencia del padre de Olivia y Anna.

Durante tres días y medios los expertos del GATO, unidad de élite de la Guardia Civil formada por ingenieros en telecomunicaciones que acumulan experiencias similares en casos como los de Diana Quer o Gabriel Cruz, el pescaíto, completaron un trabajo de campo consistente en la recogida de datos (distancias entre repetidores, tiempos de desplazamiento entre el domicilio del padre, el de los abuelos paternos –esa tarde estuvo Tomás con las niñas– y la marina en la que fue captado por unas cámaras de seguridad cargando unas bolsas voluminosas) que se llevaron a Madrid para cuadrar posiciones vía satélite a través de geolocalizadores.

Mientras tanto, en la finca ubicada en Igueste de Candelaria se sucedían los registros judiciales –se autorizaron hasta media docena de entradas– con el objetivo de realizar un minucioso inventario: además de buscar posibles pruebas que indicaran un desenlace violento, los integrantes de la Unidad Orgánica de la Policía Judicial de la Guardia Civil de la Comandancia de Santa Cruz de Tenerife querían saber si los allegados a Tomás –en todas las visitas siempre estaba presente un familiar directo– echaban en falta algo. ¿Qué buscaban? Probablemente, la explicación esté en la botella de oxígeno y la funda nórdica que a principios de esta semana los investigadores del buque Ángeles Alvariño hallaron en una franja establecida a unas tres millas de la costa de Santa Cruz de Tenerife y hundidas a más de mil metros de profundidad.

Tomás Gimeno recurrió a la forma más extrema de violencia machista para vengarse de su expareja Agencia ATLAS / EP

¿Por qué en ese punto?

Aunque las primeras batidas en el mar se establecieron en un punto comprendido entre el puerto de Santa Cruz de Tenerife y el Puertito de Güímar (ese perímetro se amplió varios kilómetros en sentido sur para calibrar los efectos de las corrientes), la tripulación del Ángeles Alvariño se presentó en la Isla con una información bastante precisa: especialistas de la UCO habían logrado triangular las conversaciones (los padres y un repetir cercano) en el perímetro en el que aparecieron, primero, los objetos propiedad de Tomás Gimeno (la botella de oxígeno y la funda) y, el pasado jueves, los restos de Olivia.

Las huellas encontradas en las carpetas registradas a partir del duplicado de la tarjeta SIM (listado de las últimas llamadas, consultas de redes sociales y mensajes) fue lo que posibilitó acotar el radio de acción del Ángeles Alvariño, un barco que casi vino a tiro hecho para activar una búsqueda que parecía imposible.