Que los rituales son un rasgo básico y compartido del ser humano lo ha aprendido Ignacio Jáuregui de la manera más directa: a base de encontrárselos por todos los rincones del mundo. De los bar mitzvah celebrados junto al Muro de las Lamentaciones al funeral por un magistrado inglés, o de la puesta de largo de unas adolescentes birmanas a un partido de máxima rivalidad en Chiapas, el autor pasea su mirada, a la vez despegada y atenta, por ceremonias religiosas y civiles que le salen al encuentro. El resultado es un mosaico fascinante que dibuja, por agregación, una idea del ritual como mecanismo de reconocimiento en un nosotros, como cadena de transmisión en el tiempo, como vehículo de codificación de sentimientos. La trascendencia, si la hay, llegará por añadidura, pero estas páginas registran más bien la emoción limpia y compartida de entrar en una horma que prepararon para nosotros nuestros padres y para ellos nuestros abuelos. Movido por una curiosidad insaciable, y convencido de que los lugares y gentes que va conociendo son mucho más interesantes que su persona, Jáuregui viaja con un propósito de invisibilidad que sabe muy difícil de conseguir: «Hay que perseverar, perfeccionarse en el arte de andar por las sombras, de pegarse a la pared, de parecer que no está uno, incluso –sobre todo– para uno mismo. No hacerse mucho caso, eso es fundamental». De la tensión entre esa voluntad de desaparecer tras lo narrado y las incursiones de un yo inquisitivo, despierto e irónico se alimenta este libro.

«He seguido a Jáuregui en sus viajes, espoleado por el placer de una prosa a la que compensa perseguir».

Enrique García-Máiquez

«Hacen falta unos buenos zapatos, un sombrero, gafas adecuadas y el imprescindible foulard a mano para transitar por los tiempos calurosos y húmedos de estas escenografías literarias.»

Guillermo Busutil. de ensoñación».

María Belmonte, autora del prólogo.