Cine
Juan Diego Botto, un canalla irresistible en 'Altas capacidades': "No sé si el dinero da la felicidad, pero sí que no tenerlo da la infelicidad"
Víctor García León y Borja Cobeaga, director y coguionista de 'Altas capacidades', critican en la película un sistema que ha convertido la educación en un lujo que segrega socialmente

Botto convierte a su personaje en 'Altas capacidades' en un canalla irresistible. / EPC
Nando Salvà
Juan Diego Botto se dio a conocer con ‘Historias del Kronen’ (1995) en la piel de un niñato rico que se mete de todo y lo desprecia todo, y desde entonces ha dado vida a varios individuos de moralidad discutible; quizá ninguno de ellos tanto, eso sí, como la sabandija a quien interpreta en ‘Altas capacidades’, la comedia negrísima a bordo de la que esta semana regresa a la cartelera. “Es un encantador de serpientes, alguien que sabe cómo atraer a la gente a su mundo pese a ser absolutamente despreciable”, define él al personaje. “Y personifica la hipocresía de una élite que predica valores progresistas pero no duda en pisotearlos para mantener el estatus”. El actor confiesa haber sentido cierto placer perverso encarnando a alguien de esa calaña, en el fondo tan alejado de su propio ideario progresista y comprometido con la justicia social. “Su gran atractivo es que es un tipo de persona del que todos tenemos ejemplos cerca, ¿no? Ese ser arrogante y condescendiente que en todo momento te demuestra que él siempre está por encima de ti, y que solo te hace caso mientras le resultas útil”.
‘Altas capacidades’ es el tercer largometraje que coprotagoniza a las órdenes del director Víctor García León -’Vete de mí’ (2006) y ‘Los europeos’ (2020) son las otras dos-, uno de los cineastas españoles actuales más diestros en el manejo del humor corrosivo, y también coguionista de la nueva película junto a otro miembro de ese selecto grupo, Borja Cobeaga. Lo que se cuenta en ella son las andanzas de una pareja de clase más o menos media -más menos que más- y especialmente desnortada que llegado el momento empiezan a desvivirse para que su hijo entre en un colegio privado solo apto para ricos pese a que al mismo tiempo no se cansan de defender la educación pública.
Lo hacen por el chaval, claro, y no por el acceso que la medida promete darles tanto a otra clase social y a las barbacoas organizadas por la citada sabandija. Es lo que ellos dicen. “Yo no sé el dinero da la felicidad, pero sí sé que no tenerlo da la infelicidad”, opina Botto, que convierte a su personaje en un canalla irresistible. “Y mientras contempla a dos personas dispuestas a usar a su hijo como llave para abrir la puerta del ascensor social, la película nos muestra lo peor del ser humano”.

Mientras mantienen la comedia siempre pegada al drama, García León y Cobeaga critican sin ambigüedades un sistema que ha convertido la buena educación en un lujo, y que en buena medida de ese modo ha averiado los mecanismos de la movilidad social. / EPC
Ninguno de los personajes de ‘Altas capacidades’, en efecto, logra ocultar sus miserias; todos, con más o menos eficacia, tratan de manipular a los demás. Y mientras los contempla, en lugar de contentarse con la mofa, la película funciona a modo de espejo que refleja las frustraciones consustanciales a la parentalidad moderna. “Creo que en buena medida para resolver nuestros propios fracasos personales e inseguridades, los padres y madres nos hemos impuesto un mandato según el que nuestros hijos deben destacar y ser geniales, y los obligamos a que estudien piano y hablen mandarín”, lamenta Botto. “Creo que estaría bien que los dejáramos un poco en paz”.
Mientras mantienen la comedia siempre pegada al drama, García León y Cobeaga critican sin ambigüedades un sistema que ha convertido la buena educación en un lujo, y que en buena medida de ese modo ha averiado los mecanismos de la movilidad social. “La vivienda pasó de ser un espacio para vivir para ser un producto con el que especular, y la educación ha pasado a ser más o menos lo mismo”, opina Botto al respecto.
“Hoy, ante todo, es un trámite a través del que solo quienes pueden permitírselo se garantizan unos contactos y un futuro, y eso hace de ella una herramienta de segregación”. En un presente tan politizado y marcado por la polarización ideológica, resulta casi inevitable vincular esa realidad con los elevados índices de aceptación entre los jóvenes que las estadísticas otorgan al franquismo, materia insuficientemente impartida en las escuelas. Por eso, añade el actor, “es del todo imprescindible poner todos los esfuerzos en conseguir un sistema educativo público de la mayor calidad posible, que dé cabida a todo tipo de pedagogías y de formatos, y que no solo vuelva a funcionar de forma efectiva como ascensor social sino que también garantice la propagación y el fortalecimiento entre la juventud de valores éticos, humanistas y antirracistas”.
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