08 de febrero de 2010
08.02.2010
40 Años
40 Años

Cartas al director

08.02.2010 | 06:00

El vicio de estrangular
Hay personas que cuando están pasando un día de campo advierten a los demás de lo bien que estarían en la playa; cuando ven que la persona que tienen al lado es feliz, a ellos o ellas les duele la cabeza y no tienen gusto para nada; cuando el otro come pescado, resaltan los beneficios de la carne. Pero lo peor de todo, lo que más daño hace es cuando, a la criatura sufriente, se le antoja emprender un proyecto ilusionadamente. Entonces le avisan de todos los problemas que le puede venir encima, ya sean verdaderos o inventados. Lo importante es que al proyecto le falte oxígeno anímico y no prospere.
¿Serán consejos verdaderos? ¿Serán ganas de llamar la atención? ¿Será envidia? Lo cierto es que tener al lado personas así quema.
Es lo mismito que aguantar a un estrangulador de ilusiones acechándote en la sombra. Sabes que está ahí, no eres tonto, que te asaltará de un momento a otro, pero aun sabiéndolo, siempre te coge por sorpresa.
Los estranguladores de ilusiones aparecen en todas las estaciones del año con el fin de fumigar las flores de ilusiones que intentan prosperar. Como con esta actitud no disfrutan de las alegrías, se anulan a sí mismos la capacidad de gozar del bien ajeno.
Estas personas no se conforman con transmitir pesimismo sino que disfrutan haciéndolo. Eso es lo malo. Al vicio de estrangular también se le considera maltrato psíquico. Suele ser una lacra genética. Con esto me refiero a que algún o algunos antepasados cercanos también estrangulaban y les llegó como herencia.
Para luchar contra tanta negatividad, además de mucho amor y paciencia, quizás, algunos ratos, no vendría mal volverse sordo. Sordo como aquél sapito, ¿conocen la historia?
Era una vez una competencia de sapos. El objetivo era llegar a lo alto de una gran torre. Había en el lugar una gran multitud. Mucha gente para vibrar y gritar por ellos. Comenzó la competencia. Pero como la multitud no creía que pudieran alcanzar la cima de aquella torre, lo que más se escuchaba era "¡Qué pena! Esos sapos no lo van a lograr? No lo van a lograr".
Los sapitos comenzaron a desistir. Pero había uno que persistía y continuaba subiendo en busca de la cima. La multitud, mientras tanto, continuaba gritando "Qué pena, no lo van a lograr". Y los sapitos continuaban desistiendo, excepto por aquel sapito que continuaba subiendo tranquilamente y ahora con más fuerza.
Hacia el final de la competición, todos habían desistido con excepción de aquel sapito, que, curiosamente, en contra de todos los pronósticos y frases desalentadoras, seguía hacia la meta con todo su esfuerzo hasta lograrlo.
Lograda la hazaña, nadie entendía cómo lo había logrado, así que un sapito se le acercó y le preguntó como había conseguido ganar la prueba y descubrieron que era sordo. (´El sapito´ está tomado de Red Electrónica de Liturgia del CLAI).
Isabel Pavón Vergara
Málaga

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