05 de julio de 2010
05.07.2010

Cartas al director

05.07.2010 | 02:34

De burkas y libertades

Cuando se puede despejar un balón en el área grande, peligroso es enredarse reculando para despejarlo en el área chica. Por eso, la prohibición del uso público del burka y del niqab, en tanto que ambas prendas ocultan el rostro de quien las porta, debería abordarse como una simple medida de orden público. Porque, aun sabiendo que el problema que aflora textilmente en este asunto hunde sus raíces en una cuestión de mayor complejidad, enredarnos en el debate sobre el significado religioso o cultural de su uso, en los límites de la tolerancia con otras culturas, en la dignidad de la mujer, etc., a lo único que nos conduce es a que, antes de que nos hayamos dado cuenta, tengamos las calles salpicadas de burkas, como ya sucede en muchos países europeos. Además, recuerdo perfectamente que uno de los motivos utilizados desde el poder, para justificar la intervención de nuestro Ejército en Afganistán era el de acabar con el uso del burka... ¿Y ahora resulta que lo vamos a permitir aquí? Si hoy aceptáramos el uso público del burka, por un supuesto respeto hacia la diversidad cultural, ideológica o religiosa, mañana tendríamos que aceptar el derecho de cualquiera a salir a la calle como le plazca. Y así nos encontraríamos con quienes se cubren todo el año con el antifaz penitencial de su Hermandad; o con quienes prefiriesen deambular con un cucurucho en el pitorro como los bosquimanos visitantes de Gran Hermano; o con quienes se paseasen directamente en pelota añorando el adámico nudismo del edén antes del episodio serpentino. Y ni siquiera tendrían que justificarse alegando razones ideológicas, culturales o religiosas, ya que el derecho fundamental de libertad ideológica y religiosa ampara el absoluto silencio ciudadano cuando se es requerido sobre creencias o increencias personales. O comenzamos a legislar clara y tajantemente sobre este tema, o acabaremos transformando nuestras calles en un permanente carnaval. Aunque, pensándolo bien, quizás sea eso lo que se pretenda con tanto enredo innecesario.
Miguel Ángel Loma Pérez. Málaga

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