11 de julio de 2010
11.07.2010

En el nombre de Marbella

11.07.2010 | 07:00

La historia de las ciudades se forja en los cambios traumáticos que se ven obligadas a padecer, casi siempre por mor de las invasiones, aunque no siempre se trate de invasiones bélicas. Marbella, por ejemplo, siendo aún una humilde población pesquera, fue descubierta por gente imaginativa como Ricardo Soriano que la invadió pacíficamente para catapultarla, con estilo, hasta la cima del encanto. Se convirtió en un destino cinco estrellas, pequeñito, glamoroso que podían compartir sin problemas los poderosos propietarios de mansiones y los felices habitantes de toda la vida. Marbella experimentaba un cambio radical que determinaría su salto espectacular de un pasado humilde a un futuro de renombre. Ese cambio consistía en optimizar los recursos naturales –el clima especial que proporciona la pared natural de Sierra Blanca, el sol, las playas, el paisaje–, en respetar los espacios verdes y en orientar las construcciones en sentido horizontal. Los hoteles emblemáticos, como Marbella Club y Puente Romano, iniciadores de la fama mundial que hoy goza el destino marbellí, no eran moles sino apartamentos ajardinados. El pueblo mantenía intactas sus señas y crecía al son de un turismo selecto que atraía a grandes clientes y a mano de obra cualificada. El nombre de la ciudad, como marca inconfundible de calidad y estilo, traspasó fronteras y se esparció por el mundo como un símbolo del mejor y más selecto turismo que pudiera practicarse. Otros destinos mundiales, con denominaciones acreditadas, competían con el destino marbellí por ocupar el puesto número uno en clase.
Eran tiempos de ver tomando café, en las terrazas del Salduba y el Sport («Villa Bragas», «Villa Conejos»), a personajes internacionales como Omar Shariff o Arthur Rubinstein, magníficamente acompañados de hermosas piernas bajo escasas minifaldas, o tropezarse en el mercado con Mel Ferrer y Audrey Hepburn. Los personajes más célebres del mundo visitaban Marbella sin ruido y sin cochambres mediáticas. Nos enterábamos, casi siempre cuando ya se habían ido, de la estancia de gente como la familia del poderoso millonario Joseph Kennedy; actores y actrices como Brigitte Bardot, Sydney Poitiers, Stewart Granger, Tony Curtis, Sofía Loren, y hasta la gloriosa y ya muy veterana Judy Garland. Magnates como Onassis o Thissen, dueños de imperios económicos y de grandes industrias, protagonistas del gran mundo como Rubirosa o dulces estrellas como Deborah Kerr acompañada siempre de su enamorado Peter Vertel, pareja estelar que echó el ancla definitiva de sus vidas en una bonita casa apartada del mundanal ruido, eran el pan de cada día. O Jean Negulesco, el director de la mejor Marilyn. También aparecían personajes derivados del régimen o atraídos por él, como el pionero de los trasplantes de corazón, doctor Christian Barnard, que vino de la mano del ínclito marqués de Villaverde. Pero en honor a la verdad tengo que reconocer que ni siquiera aquel régimen incontrolable pudo torcer la trayectoria de calidad que había tomado Marbella, quizá porque el cura Bocanegra (que será recordado siempre como Don Rodrigo) se puso del lado del progreso turístico, del lado de los hosteleros, y nadie fue capaz de plantarle cara a quien, por ser iglesia pero sobre todo por ser quien era, tuvo el coraje de mantener a raya al enemigo interior, para asombro de propios y extraños, de periodistas y de ministros.
Esa fue la Marbella que me tocó vivir en los años iniciales del diario Sol de España. Luego, se produjo otra invasión, ésta bastante perniciosa. Llegó la epidemia Gil y Marbella dejó de ser un encanto para convertirse en un espanto. Pero esa es otra historia.
También en las ciudades se forjan vidas prolíficas que nacen, viven y mueren al servicio de la propia comunidad. Hoy, al evocar aquella etapa de mi vida juvenil en la que tuve el privilegio de conocer a gente muy principal y a gente muy del pueblo, quiero detenerme en un nombre especial: el de Juan Carlos Reina, que acaba de dejarnos para siempre tras aguantar, a pie de obra, hasta los ochenta y cinco años de edad. Permítanme que dedique este modesto artículo a la memoria de quien fue comunicador de raza, periodista, radiofonista, publicista, hombre sencillo, incansable, alérgico a famas y protagonismos; alguien sin ínfulas que transitó toda su vida con un solo ideal como meta: en el nombre de Marbella.

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