15 de octubre de 2010
15.10.2010
Tribuna libre

El hotel de la discordia

Las aportaciones del arquitecto Rafael Moneo serían igual de interesantes sin importar el número de plantas del edificio, independientemente del valor que supondría para el turismo cultural por el que Málaga apuesta. No nos engañemos

15.10.2010 | 07:00

Málaga, como de costumbre, cierra un nuevo debate público centrado en cuestiones temporales que, vendidas como operaciones que atañen al colectivo urbano-social de nuestra ciudad, sólo encuentran beneficio inmediato en sus impulsores.
La presencia de una estrella mediática de la arquitectura no debe ser confundida con la lucrativa operación especulativa del suelo generada con el aumento de edificabilidad (y altura) que promotores privados –encontrando el beneplácito de la Administración local, y al final también de la autonómica– obtienen en el Casco Histórico con la construcción de un hotel.
Apoyarse en la marca que supone tener –coloquialmente– ´un Moneo´ en la ciudad no es una oportunidad (en los términos planteados en Málaga), sino un cambalache con torpeza enmascarado. La aceptación del nuevo registro otorgado a dicho suelo asienta otra marca muy diferente, la del ya bautizado «maMoneo» político malagueño, estampa instaurada con éxito desde hace tiempo. La presencia de grandes firmas de arquitectura tiene un valor mediático y una repercusión en términos económicos incuestionable. Estas estrategias han resultado brillantes en ciudades que así lo han planificado y que inundan de ejemplos el territorio. No nos oponemos a ello, pero eso no implica que debamos admitir la ligereza con la que aquí son transformadas las normativas que atañen a la calificación del suelo.
Defender que es necesario repensar, y finalmente mutar, lo que urbanistas han considerado óptimo para la ciudad, por la así presencia de un Pritzker en la misma, es trasladar el problema que Málaga arrastra desde hace años a un campo que camufle su inestabilidad en la toma de decisiones. Inestabilidad fundamentada en intereses políticos a corto plazo que pervierten el devenir de una ciudad en la distancia. Presenciando los continuos cambios a los que se ven sometidos los planes en este tipo de operaciones, usuales en Málaga, al ciudadano sólo le cabe preguntarse si es que los redactores no están cualificados, o bien los políticos-promotores son los que deberían estampar su firma en los planos y, al menos así, ahorrar tiempo en el proceso burocrático y no tener que reformular constantemente lo planificado con anterioridad. No se trata de alterar sus funciones, sino de reafirmar la complementariedad entre los mismos. Confiando en la labor de los primeros, preferimos apostar por la cautela que los segundos deberían mostrar durante su mandato sin que ello impida su vertiginosa carrera hacia el triunfo (y no nos referimos a la recompensa de salir en una foto que el tiempo olvida).
Las aportaciones del arquitecto Rafael Moneo serían igual de interesantes sin importar el número de plantas del edificio, independientemente del valor que supondría para el turismo cultural por el que Málaga apuesta. No nos engañemos. Lo que sí sería diferente es el valor económico generado para sus promotores en dicha operación. Los fundamentos teóricos y la calidad de su obra, por todos conocidos, siempre son bienvenidos y, entendemos, positivos para la ciudad que lo acoja. Así, sería deseable para Málaga, como para cualquier tejido urbano, contar con la participación de arquitectos de renombre que centraran sus estudios aquí, si con ello son capaces de poner cordura en los planteamientos políticos tan necesitados de la misma. Pero esconder bajo el pretexto de su obra un cambio normativo de otro modo impensable no es, ni el triunfo del cambio en la imagen de la ciudad, ni una operación mercantil efectiva. Es la tapadera efectista pretendida.
Aceptar el cambio de altura en el suelo del futuro hotel no puede sustentarse por la firma (no del proyectista, sino del que pone el dinero) que así lo proponga. Recurrir a que Málaga es reacia a la presencia de consagradas oficinas de arquitectura, o que haya facilitado su estampida en otras ocasiones, sería sucumbir ante un chantaje que ahora no tienen lugar. No se trata de limitar la libertad proyectual que, en términos arquitectónicos, importantes «nombres» puedan proponer, sino de apostar por la sinceridad urbana por parte de los gestores de la ciudad en la venta de estos proyectos ante el ciudadano, centrándose no sólo en el que la visita, sino en el que la habita.
Reciente leía a Fernández Mallo: «No es fácil llegar a saber en qué punto hay que abrir un agujero para provocar un flujo de energía y luz que nos atraviese. Aún más difícil averiguar, sobre qué objeto material o ente hay que practicar ese agujero que operará el milagro que traiga aire nuevo y, en ocasiones, cambie nuestras vidas». Es evidente que Málaga no sólo no sabe cuál es ese punto de inflexión, sino que los posibles, son practicados bajo la tutela de la imprecisión política, sin fuerza social que lo sostenga (y no por falta de inquietud colectiva en nuestra ciudad, sino por la desesperanza instalada en el imaginario a base de «castillos de cartón» dependientes de acuerdos de orden político-económico), y sin el tiempo necesario para que las ideas reposen y crezcan. Los proyectos «estrella» o estratégicos necesitan tiempo. Tiempo del que carecen las candidaturas de nuestros políticos, y ahí radica el problema. Tiempo que no se debe gastar en maquillar la ciudad, sino en construirla. Como últimos sucesos demuestran, la celeridad en la toma de decisiones acarrea lamentaciones posteriores.
Apostar por Moneo sin alimentar el mamoneo.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog