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Opinión | Cosas del rebalaje

Rafael Aldehuela

La muy hospitalaria Málaga

Miro al mar mientras mis cansados ojos lloran lágrimas de metal...

Miro al mar mientras mis cansados ojos lloran lágrimas de metal. Apoyado en La Farola del puerto, recuerdo aquellos tristes momentos de aquel maldito día en donde la mala suerte, el atrevimiento y la naturaleza nos golpearon tan encarnizadamente.

Llegamos a Málaga un 15 de noviembre después de una travesía de infierno donde el frío y la lluvia eran enemigos inseparables de todos los marineros que visitábamos los puertos donde atracábamos.

Me sorprendió el calor malagueño. Casi me parecía un milagro ver a sus gentes paseando en camisa, viviendo en las calles mientras aún el color de las flores inundaba los balcones de las casas y el corazón del hermoso y gran parque que tienen junto a la mar del puerto. Todos los marineros de nuestra gran fragata pudimos pues disfrutar del clima, de esa primavera constante que tiene esta ciudad y del calor de las gentes que viven en ella. Durante nuestra breve estancia en Málaga fuimos hombres felices.

Habíamos recalado aquí para hacer maniobras y recoger a nuestro embajador especial en Marruecos, al que deberíamos embarcar en Mogador cuando se nos reclamara para ello. Llegamos, al mando del valiente y obstinado capitán Kretschman a bordo del velero Gneisenau, orgullo de la flota imperial de Alemania. Éramos 19 oficiales, 51 guardiamarinas, 186 marineros y 210 grumetes.

Durante nuestros primeros 14 días en Málaga, la fragata estuvo fondeada en el muelle del este, con la popa sujeta en él y los marineros aprovechábamos para conocer la ciudad y relacionarnos con la abundante comunidad alemana que estaba aquí establecida. Nos gustaba mezclarnos entre los malagueños, hombres recios de la mar y el campo, pero alegres y dicharacheros, buenas gentes con quienes compartir un vaso de vino y entonar canciones mutuas que recordaran nuestras dos hermosas tierras. Eran los días en los que yo me estaba enamorando de Málaga ajeno a los penosos acontecimientos que habrían de sucedernos.

Después de esos primeros días, nuestro capitán nos ordeno levar anclas y atracar en la hermosa bahía de la ciudad, a unos 800 metros de la costa y desde donde partíamos habitualmente para recorrerla entre Granada y Gibraltar o hacer prácticas de tiro en altamar. Siempre que podía miraba desde cubierta la belleza de este lugar y pensaba en lo distinto que por aquí era todo a lo que podía encontrarse en mi Alemania natal y si se nos permitía no desaprovechaba la ocasión para visitar cualquier localidad y hablar con sus paisanos que se empeñaban una y otra vez, no con mucho éxito, en que intercambiáramos vocablos. Fueron mis primeras palabras en español. Cuan lejos estaba yo de saber que algún día esta sería la lengua en la que me movería a diario y que aquellos paisanos que me hablaban con cariño y respeto acabarían siendo también mis propios paisanos.

Llegamos después de realizar unas maniobras de tiro la noche del 14 de diciembre de 1900 y volvimos a atracar en el mismo lugar donde lo hacíamos siempre. Al día siguiente, inesperadamente, hacía frío y llovía.

Desde tierra, los técnicos del puerto nos avisaron de que llegarían vientos fuertes que harían difícil la mar y nos invitaron a resguardarnos dentro. Sin embargo, nuestro obstinado capitán, pensando en los plácidos días vividos, en los días de mar plana y suave y en la bondad de este clima, junto con la estabilidad y grandiosidad de nuestro barco, rechazó la invitación con estas palabras «Agradezco las buenas intenciones, pero las aguas del Mediterráneo son mansas. La Gneisenau siempre ha salido victoriosa en los mares».

A las 10.30 empezó el viento que rápidamente se convirtió en huracán. Las olas eran gruesas y fuertes como pocas veces habíamos visto. Una hora después los fogoneros de la nave intentaban sin éxito darles potencia a las calderas para salir de aquel infierno. Era imposible y todos supimos, desde el principio, que nada bueno podría sucedernos.

Se rompieron los anclajes y no pudieron volver a realizarse por culpa del lecho marino que era entero de roca viva, el barco zozobró y los oficiales gritaban sus órdenes desde cubierta para tratar de evitar que la nave paralela a la línea de costa se estrellara contra la escollera. Pero los intentos fueron vanos y el primer golpe, brutal y asesino, tiró a muchos compañeros a la mar. Horrorizado, pude ver como uno de los nuestros quedaba entre el barco y las piedras y moría aplastado.

Las gentes de Málaga, esos hombres amigos que compartían sus momentos con nosotros, no lo dudaron, se echaron al mar en barcos de pesca y lanzaron cuerdas desde lo alto, incluso mientras la Gneisenau se hundía pude ver a alguno de ellos encaramados a los mástiles y juanetes del barco que se hundía rápida e inexcusablemente. Vi muchos valientes, a un lado gritos alemanes luchando ferozmente contra la mar y junto a ellos gritaban los malagueños por salvar sus vidas aunque las suyas propias se perdieran en el intento. Hombres valientes todos ellos, grandes hombres, anónimos, firmes, los mismos que nos invitaban a vino y que ahora tendían sus manos para ayudarnos a seguir viviendo.

Vi como el capitán y el ingeniero volaban desde cubierta y caían al agua que estaba llena de palos y cuerdas, de gritos y de lamentos, para hundirse deprisa y morir. Vi como un pequeño bote de pesca conseguía rescatar unos 20 compañeros náufragos, entre ellos la cara de mi querido amigo Brendt también guardiamarina como yo, y al pronto, una gran ola volcar la barca para no volver a verlos…

El segundo oficial cayó, pero pudo asirse a un madero que flotaba. Toda Málaga intentó ayudarlo, no puedo contar cuantos fueron los múltiples intentos. Dos horas después exhausto y resignado se dejaba llevar por las aguas que le engullían en sus adentros.

A mi lado, en cubierta, el teniente Baland me ordenó asirme a un cabo que un hombre me lanzaba desde las rocas. Miré a mi oficial y le pedí que el también lo consiguiera. Salté y balanceado por la soga mojada mi cuerpo se estrelló contra las piedras y los múltiples brazos que intentaban evitarlo. Un rostro amigo, un hombre desconocido, me cargó en sus hombros y me puso a salvo junto a otros muchos de los nuestros. Lloré y mientras mis lágrimas resbalaban por mis mejillas pude ver a salvo a Baland que daba órdenes para rescatar a un hombre subido en una balsa a punto de ser engullido por la tormenta.

Ese hombre, el cabo Krause fue el último de los valientes marinos de mi nave que fue puesto a buen recaudo. Ese día nos abandonaron para siempre 41 de los nuestros y 12 malagueños que también ya para siempre serán de los nuestros.

Mi pierna herida se curó entre el amor y la bondad de una familia malagueña. Su hija, Conchita fue siempre mi tenaz enfermera. Ella me curó las heridas de mi pierna y las del corazón. Nos enamoramos, nos casamos y al poco nació nuestro querido hijo Emilio, que ahora, ya de mayor, dice querer dedicarse a la música. Este hijo mío, que ya es malagueño por sus cuatro costados.

En el Cementerio Inglés enterraron a mis compañeros. Aún hoy son recordados y llorados pues nunca de su tumba faltan flores ni el laurel con el que se distingue a los héroes. Nunca olvidaré los rostros de los que se fueron, nunca olvidaré sus caras ni aún cuando aterrados por saber lo que podía ocurrirles, siguieron luchando y demostrando ser el orgullo de su Madre Patria a la que desde entonces y para siempre estarán honrando. Pero lo que nunca olvidaré es a todos esos seres anónimos que veía desde cubierta, como una hilera gris, como una fila de manos blancas, como un sin fin de ojos vidriosos por la tragedia. Anónimos hermanos que ya habitaran para siempre mi alma y mi corazón, mis queridos hermanos malagueños…

Y aquí estoy, en esta Farola amiga, justo frente al mismo lugar donde todo ocurrió y donde cambió mi vida para siempre. Absorto por mis pensamientos no he podido reparar en el niño de grandes ojos negros que me mira. «¿Por qué estás llorando?», me pregunta con un cierto aire sorprendido y despierto. Lo miro, le intento regalar una sonrisa ahogada entre los marineros nudos de mi garganta y mientras, me vuelve a golpear los recuerdos inquisitorialmente, «¿por qué lloras?», acaricio su pelo y respondo: «Lloro por los valientes, lloro por los hombres buenos, lloro por nuestros hombres muertos» y mientras le vuelvo a mirar, comienzo a contarle la historia de todos ellos…»

El 16 de diciembre de 1900 naufragó en el puerto de Málaga la fragata alemana Gneisenau. Por el comportamiento heroico de los malagueños nuestra ciudad tiene el honor de haber sido nombrada como «Muy Hospitalaria» por la reina regente María Cristina. Después, una impresionante riada mató a 21 malagueños y destruyo el Puente de Santo Domingo en el año 1907. El propio Kaiser Guillermo II encabezó la cuestación de ayuda para nuestra ciudad. Fruto de todo aquello se construyó el Puente de los Alemanes que cruza el río y donde se puede leer en una placa lo siguiente:

Alemania donó a Málaga este puente agradecida al heroico auxilio que la ciudad prestó a los náufragos de la fragata de guerra Gneisenau.

Todos fueron héroes, de un lado y de otro, como el conserje del Banco de España Enrique Caballero que se lanzó al mar atado con una cuerda o nuestro protagonista en quien nos hemos basado para construir la tragedia de estos hombres, Emilio Otto Lehmberg, padre del futuro y grandioso músico malagueño Emilio Lehmberg Ruiz, muerto a los 54 años de edad atropellado por un tren de mercancías en Madrid.

Esta es la historia de unos sucesos que conmovieron Europa y que hizo sonar el nombre de Málaga por todo el mundo. Es la historia de unos hombres valientes, los que murieron y los que felizmente no lo hicieron. Muchos se quedaron a vivir para siempre entre nosotros. Otros lo hicieron después, cuando regresaron a pagarle a nuestra ciudad lo que pensaban que la debían después de la tragedia de la riada de 1907. La historia de unos hombres, de una ciudad, la historia de parte de nuestra gloria y de nuestro orgullo. El orgullo de ser y sentirse malagueño.

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