04 de marzo de 2012
04.03.2012
Siete días

Nala

04.03.2012 | 06:00

Nala es en el hinduísmo el nombre mítico de varios personajes, desde un general que impulsa y supervisa la construcción de un puente flotante de rocas sobre el mar, el nombre de un rey o de un ser divino, incluso una original forma de constelación de estrellas y planetas, el nombre de una perrita enferma capaz de transmitir mágicamente paz y serenidad o una voz referida a la fidelidad. En la actuales circunstancias necesitamos de un poco de ese espíritu de Nala para hacer frente a los dictados del exterior hostil. Ya se trate de las difíciles condiciones, a veces comprensibles, que nos imponen nuestros aliados o de desentrañar y deshacer una inverosímil conspiración financiera de un casi seguro inexistente club de «rosacruces» que nos ha decretado la muerte súbita.

La difícil situación que a día de hoy atraviesa nuestro país tiene muchas explicaciones, pero ponerse a desentrañarlas es algo a lo que en estos momentos renuncia el presidente Rajoy por pragmatismo y eficacia. No obstante, nunca deberemos olvidar que, junto al brote exterior de crisis financiera que nos arrastraba y otros agentes, siempre ha estado Zapatero con su ineptitud, su vaciedad absoluta llena de palabras y su desahogada búsqueda del tópico inconsistente y oneroso.

Fijar el objetivo de déficit en el 5,8% es sin duda un golpe sobre la descomunal mesa camilla de la UE que ha sorprendido a nuestros aliados y a algunas de las europeas autoridades que, en nombre de todos, ejecutan políticas y diagnósticos siguiendo la doctrina de los recién autoinstituidos jefes de esto. La decisión se basa en la realidad de nuestros números, el límite de la disciplina de ajuste que se puede llegar a imponer y la frontera entre aguantar y caer.

La amistad entre los países, la condición de socios, la asunción de las propias responsabilidades y la necesidad de atenerse a las cuentas son parámetros impulsores del consenso en las medidas a tomar, pero el pulso de la sociedad y la gente, las bolsas de pobreza, el desempleo y la recesión son factores que acucian el presente y pueden comprometer el futuro. Por eso fijar los objetivos por debajo de la cifra que se nos exige es un acto de soberanía, realismo y defensa de los intereses de lo nuestro. «Seremos serios, rigurosos y esforzados pero no moriremos por ti», éste es el mensaje que Mariano Rajoy ha enviado a propios y extraños desde Bruselas.

Se trata, en fin, de salir adelante con inteligencia, generosidad y realismo. Otros parecen haber olvidado que solo hace dos meses que han dejado la responsabilidad de gobernar y que sus políticas no resultaron acertadas ni oportunas, como tampoco parece que lo sean si se trata de estimular la protesta en la calle o la inadecuada y desproporcionada respuesta sindical. Una cosa es la libertad de expresión pacífica y legitima y otra muy distinta la quema de contenedores y la violencia que grupos radicales pueden llevar a cabo y llevan. Justificar estas actitudes, reescribirlas con eufemismo o sencillamente animarlas por acción u omisión es de una importante gravedad. Discrepar no es o no debe ser un acto perjudicial para los intereses generales.

Algunos observadores interpretan la actuación del jefe de la oposición, Pérez Rubalcaba, como un desprecio al votante moderado. Radicalizarse siempre es poco razonable, pero hacerlo a tan poco tiempo de haber abandonado el liderazgo gubernamental es absurdo y terriblemente incoherente. Aún peor puede ser contribuir y colaborar en la gestación de una imagen de guerrilla social en las calles que acabe por perjudicarnos de forma permanente. En aras a la credibilidad de los socialistas la respuesta al Gobierno en ésta o aquella medida debe ser parlamentaria y razonable. Y las acciones en la calle pacíficas y acertadas. Lo contrario no les vale, no nos vale a ninguno.

Y es que construir ese puente flotante al que hacíamos alusión al principio de este escrito no es cosa solo de un general llamado Nala. Los valores que transmite el mito de Nala son de lealtad e inteligencia, son efectivos y limpios, como la mirada de un niño o la noble actitud de éste con la alegría y la tristeza, con la naturaleza y la vida.

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