07 de marzo de 2012
07.03.2012
Coincidencia

Tiempos oscuros

07.03.2012 | 01:56

De Aldo Olcese no cabe decir que sea un rojo. El economista y académico, que fue elegido Dirigente del año en 2010 por una revista dedicada al mundo de los empresarios, fue durante años patrono de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, la FAES. Pues bien; Olcese, entrevistado en un diario madrileño por Juan Cruz, ha querido enviarnos un mensaje de esperanza diciendo que navegar a ciegas es difícil pero, por más que puede que el miedo te lastre, hay que recordar que la oscuridad no es para siempre.

Es la primera vez, que yo recuerde, que alguien de esa talla y con ese currículo habla de los tiempos que estamos malviviendo remitiéndonos no a los orígenes del capitalismo salvaje, que es el panorama que creíamos tener por delante, sino a los años todavía más oscuros. La oscuridad es la Edad Media por antonomasia. Bueno es saberlo porque al deseo de ver la salida del túnel, con su lucecita tímida que todos queremos atisbar, se le pone por delante la certeza de lo que ahora hay: oscuridad en el horizonte entero. Insisto: no es un Lenin redivivo, y ni siquiera un Voltaire salido de la tumba, el que lo dice. Es un miembro señalado de la fundación creada por José María Aznar a la mayor gloria y complacencia del neoliberalismo feroz.

Los tiempos oscuros nos han devorado ya confundiéndonos hasta en las operaciones aritméticas más elementales. Como ésa que pone cuota al déficit económico que nos podemos permitir el año próximo. Cualquiera que siga, siquiera por encima, las noticias del aquelarre en que se han convertido las cifras del Estado recordará el mantra tan repetido por nuestro presidente de que el 4,4 es y seguiría siendo por siempre el 4,4. Sí o sí. Es una verdad tan firme como lo son todas las tautológicas. Pero llegado el momento resulta que el 4,4 no es el 4,4 sino el 5,8 mediante un pase mágico de esos que aparecen gracias a la fórmula del abracadabra –hocus pocus en el mundo anglosajón. No es que hayamos de quejarnos porque, al fin y al cabo, los dueños de las cifras hacen con ellas lo que quieren. El déficit, para quien lo trabaja. Pero si hasta los números pierden la referencia inequívoca, ¿qué cabrá decir de cosas más intangibles como, por poner un ejemplo conocido, aquellos valores de la libertad, igualdad y hermandad? Pues que se nos han vuelto de pronto, igual que la poesía, armas de futuro. En los tiempos oscuros no cabe invocar siquiera esas cosas, y bien ha hecho el cardenal Rouco tirando de las orejas a los párrocos que se atreven a decir desde el púlpito que la reforma laboral no es cristiana. Vaya si lo es. Tan cristiana como el 4,4 –perdón, el 5,8– entendido a título de mundo de tinieblas.

El consuelo de Aldo Olcese es un tanto inquietante. Puede que la oscuridad no sea para siempre pero si hay que esperar medio milenio más, como el que transcurrió desde el siglo XIII al XVIII, a lo mejor la demora nos deja ya demasiado calvos.

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