09 de abril de 2012
09.04.2012

Cartas al director

09.04.2012 | 07:00

¡Suspiros de Semana Santa!
El Lunes Santo, tarde-noche, de nuevo me emocionó ver pasar a Nuestro Padre Jesús Cautivo, por las calles de Málaga, con su túnica blanca y su paso sereno, en medio del clamor de visitantes que, de toda España, vienen a verlo y a cumplir sus promesas. La emoción contenida; el orgullo de Málaga y ése barrio de la Trinidad que se recrea y enseñorea con esas imágenes en las que adoran y veneran fervorosamente al Cristo Cautivo y a su Madre, María Santísima de la Trinidad.

Por motivos que no vienen al caso, era la primera vez que lo hacía en mucho tiempo. De nuevo la emoción salir del pecho quería y darles a ambos mi ser y mi abrazo. Otra vez la vista queda quieta, sin parpadeos, mirando Su figura andar, de Rey de Reyes, hecha cautiva por nuestra necedad.

Esperar ver a Su Madre seguirle es una prueba que merece la pena afrontar pues son innumerables los fieles que van tras el Cristo Cautivo, penitentes, cumplidores de promesas con los ojos tapados y los pies descalzos, jóvenes y ancianos.

Me asombra la incongruencia de quienes alardean de querer a este pueblo andaluz y no tienen en cuenta la fuerza que, primavera tras primavera, hace posible estas procesiones de Semana Santa, de Pasión y Amor. Pero en silencio, entre los ¡Viva el Cautivo! Y ¡Guapa, Guapa!, con mi torpeza, de nuevo, también postrarme y rezarles quiero. Y para ser más auténtica, el  pensamiento lleva mi alma a buscarlos en las calles de mi pueblo y mi barrio, donde los descubrí en la vida humilde y adversa que vivimos tantos y tantas, gentes sencillas, «Gente brava» que tan bien describe Clemente Gerez en su historia contada con clara prosa.

Debo estar bien entrada ya en la vejez, porque, me empecino en irme allí, y adorar a Dios donde quiso que naciera. Es como si,  en Garrucha, en el Martinete, en ese rinconcico abierto a la mar y a su tempestad, al sol que la acaricia y vida le entrega, ¡ay!, a aquellas voces de los mayores que contaban historias que eran verdadera ciencia, sí, ciencia, la de ser fiel amigo en los tiempos distintos que la vida nos ofrezca. Ciencia, de saberse el más rico si tienes un buen amigo; de respetar el dolor, de compartirlo y robarle a lo adverso cantos y risa para seguir viviendo.

El Miércoles Santo veo salir al Cristo de la Expiración y a Su Madre que, muerta de dolor, sin consuelo, le sigue, a ver si puedo consolarles y merecer su consuelo?
Isabel Caparrós Martínez
Málaga

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