20 de abril de 2012
20.04.2012
Tierra de nadie

Teología y sexo

20.04.2012 | 07:00

Juan Antonio Reig Pla, obispo de Alcalá, le gusta más hablar de sexo que de Dios. De hecho, a Dios ni lo menciona últimamente porque lo que a él le pone no es la teología, sino la sexología. Acabará abriendo en el palacio episcopal una consulta de enfermedades venéreas como las que se veían en el Madrid de los años 50 del pasado siglo, una consulta cutre, con chinches y olor a formol. Aparece monseñor en la tele y a mí me da un ataque de sinestesia, pues percibo su olor a través de la vista. Lo huelo tanto que he de taparme las narices y ventilar luego la casa. Los telediarios en los que sale monseñor Reig apestan a sexo rancio, a testosterona caducada y a ignorancia roquefort. No todas las ignorancias huelen igual, pero la del obispo de Alcalá huele a roquefort, o sea, a pies. Que se asee un poco.

He ahí, en fin, un caso de vocación equivocada, como el de tanta gente que empieza una carrera y la abandona a la mitad por otra, o como tanta gente que finge formarse en esto y se forma en aquello. La pregunta es dónde obtuvo Reig los profundos conocimientos de que da muestras acerca del sexo. En otras palabras: ¿Disimulaba, de estudiante, los textos de sexología entre las tapas de los de teología o los de teología entre los de sexología? En cualquier caso, estudiara lo que estudiara, de lo que a él le gusta presumir es de formación venérea, de técnicas amatorias y de testosterona. No es que la religión no le haya servido de nada, pues gracias a ella sabe que la homosexualidad es una enfermedad que se cura con las terapias adecuadas y que los homosexuales castos pueden ser muy felices. Esa combinación multidisciplinar entre religión y genitalidad (la genitalidad le encanta) podría dar lugar a una nueva disciplina intelectual de enorme éxito, como cuando a alguien se le ocurrió juntar Económicas y Empresariales.

Ahí está Monseñor, ahí sigue, utilizando el púlpito y la tele para propagar el odio a la diferencia sin que sus superiores se atrevan a llamarle al orden. A lo mejor es que a sus superiores, como tema de conversación, les pone también más el sexo que Dios.

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