22 de junio de 2012
22.06.2012
Tierra de nadie

Más pánico

22.06.2012 | 07:00

Compartimos al cien por cien el suspiro de alivio exhalado por el mundo libre desde que se conocieron los resultados de las elecciones griegas. Gracias al síndrome de Estocolmo, que para algo se inventó, los votantes helenos se echaron en brazos de sus secuestradores. Eso es extorsión mediática (incluso terrorismo mediático) y lo demás son cuentos. Ahora los nuevos gobernantes, democráticamente elegidos, podrán poner en práctica de forma legítima, y multiplicadas por mil, las medidas de ajuste que boicotearon cuando estaban en la oposición.

La siguiente tarea es contagiar el pánico al resto del Occidente. Los españoles ya estamos bastante acojonados, aunque no todavía en el grado deseable. Vale, por ejemplo, que hayamos liquidado al juez que destapó el caso Gürtel y que hayamos puesto al cabecilla de la banda en la calle; vale que hayamos decretado una amnistía fiscal para lavarles la pasta a los traficantes de armas, de drogas o de esclavos; vale que vengamos aceptando con notable resignación que el Gobierno convierta los noes del viernes en los síes del lunes. Pero conservamos aún algunos tics radicales que podrían retrasar la salida de la crisis económica.

No está bien, por ejemplo, lo que hemos hecho con el pillo de Dívar, que hasta al Rey, que viene de cazar elefantes, le parece un apestado. Eso significa que necesitamos más miedo, más editoriales amenazantes, más noticias catastróficas, más tertulianos apocalípticos, más rumores sobre el cierre de los bancos y la pérdida de nuestros ahorros.

Hemos de eliminar de nuestras cabezas esos restos de pensamiento de corte extremista según los cuales uno no debería traicionar su programa político, ni mentir, ni irse al fútbol mientras mamá expira ni organizar cenas románticas a cuenta del contribuyente.

No estamos para experimentos de honradez y demás chorradas buenistas. Es la hora del pragmatismo, de taparse las narices, como le escuché decir a Martín Villa en la radio. A ver si se nos entra en la mollera que la corrupción, al contrario de la decencia, se autorregula sin necesidad de corsés. Como el mercado.

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