29 de septiembre de 2012
29.09.2012
El contrapunto

Los joyeros del claro de luna

29.09.2012 | 07:00

El título en francés de aquella película de 1958 fue Les bijoutiers du clair de lune. Creo que en España nunca llegó a estrenarse. Los responsables de la producción franco-italiana le colaron a las autoridades españolas de la época el gol de su autorización para filmar en España. Al final a los jerarcas del régimen no les gustó que la película no se ajustara a sus directrices. Aquella sucesión de estampas algo forzadas revelaban una Andalucía donde la pobreza y la incultura se cebaban en un pueblo mísero, sometido a una casta de señoritos despóticos y brutales. Indudablemente Los joyeros del claro de luna no era una buena carta de presentación para el gobierno del Generalísimo Franco.

Basada en una novela de Albert Vidalie, fue dirigida por uno de los más famosos directores de la época: Roger Vadim. Se filmó en Mijas y en Cuevas de Almanzora, en tierras almerienses. Además de unas tomas iniciales en el entonces desértico apeadero del tren de cercanías en el Arroyo de la Miel o en el hotel Miramar de Málaga. Con Brigitte Bardot, Alida Valli y Stephen Boyd en los puestos estelares. Además de los españoles José Nieto, Fernando Rey y Maruchi Fresno en papeles menores. Según los créditos, mi después amigo y convecino de Los Monteros, Peter Viertel, el marido de la admirable Deborah Kerr, fue uno de los guionistas.

No fue una buena película. Y la crítica la trató con cierta dureza. Pero con el paso del tiempo ésta es valiosa como un documento testimonial que nos enseña cómo eran aquellos parajes y cómo era el paisaje humano en aquellos años, ya en los comienzos de la segunda mitad del siglo pasado. Para los que no conocieron aquel mundo antes de la llegada del cemento, creo que vale la pena el contemplar los primeros fotogramas de Les bijoutiers du clair de lune. Un trenecito de vapor, como los del Far West norteamericano, cruza, entre Torremolinos y el Arroyo de la Miel, unos campos resecados por el sol. Con el mar al fondo, vigilado desde las colinas por alguna que otra vieja torre vigía. Era un paisaje salvaje y muy hermoso. En ese tren viajaba la joven Ursula (Brigitte Bardot) camino de la casa de su tía Florentine y el conde, su cruel marido español, teóricamente afincados en Mijas.

Conocí a una jovencísima Brigitte Bardot en su primera visita a Málaga. Lo he contado en más de una ocasión. Fue en el verano de 1957. Yo era el ayudante de recepción en el antiguo Castillo del Inglés en Torremolinos. Conocido también como el Hotel Santa Clara. Entonces lo dirigían Mr Fred Saunders y su esposa Edith. No pudimos dar alojamiento a Brigitte Bardot ni a su séquito. El hotel estaba completo.

Para mí fue una experiencia memorable el poder cruzar unas palabras con Madame Bardot. Había visto sus fotos. En las maltrechas revistas de la barbería de mi barrio. Pero ninguna de sus películas. Los menores de edad no podíamos verlas en los cines donde las proyectaban. Lamenté hasta el día de hoy que Brigitte Bardot no pudiera alojarse en el Santa Clara. La bahía de Málaga, las montañas, incluso las cumbres de Sierra Nevada, todo se dominaba desde la antigua fortaleza que el genio de un inglés, George Langworthy, convirtió hace 80 años en un hotel único. Enclavado en el promontorio de la punta de la Torre de los Molinos, los ingleses tomaban el té junto a las murallas desde las que los carabineros de la Corona de España habían vigilado las playas de La Carihuela y El Bajondillo. Hubiera sido el albergue perfecto para Brigitte Bardot en su periplo por estas tierras. No pudo ser. Además, unos años después, la codicia de unos y la barbarie de otros borraron de la faz de la tierra al Santa Clara y a todo lo que rodeaba aquel paraíso perdido.

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