03 de abril de 2013
03.04.2013
En sólo 725 palabras...

En el mundo de los sueños no hay interruptores

03.04.2013 | 05:00

Algunos hasta pasamos toda la vida soñando a hurtadillas, como si soñar fuera cosa prohibida o vergonzante. Diríase que algunos hemos aprendido que soñar es solo cosa de niños, y que lo de ser niño nos lo cura la edad. Un error, porque nuestro niño solo muere con nosotros. A nuestro niño solo lo mata nuestra propia muerte. Aquellos que entierran a su niño en vida, en ese instante empiezan a morir poco a poco. El mundo está lleno de muertos que pseudoviven muchos años€. Una pena.

Cuando Eduardo Galeano, el escritor uruguayo, escribió aquello de «€mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo€», sin hacerlo, estaba hablando de sueños, porque los sueños son, sobre todo, proyectos disfrazados de anhelos. Aquellos maravillosos locos que se pusieron manos a la obra en Torremolinos creyendo en un sueño, no eran sino gente pequeña; en un sitio, tan pequeño, que por no ser no era ni un pueblo; haciendo cosas pequeñas€.. Fueron atletas del destino, hasta que algunos dejaron de soñar. Aparecieron los interruptores y el sueño se apagó. La cosa siguió, pero distinta. La cosa sigue aún hoy, pero muy distinta. Ya nada tiene que ver con aquel sueño. Aquello era otra cosa. ¿A quién se le ocurriría poner interruptores en el mundo de aquel sueño€.?

Una de las maneras de reconocer los sueños verdaderos es por la ausencia de interruptores. Está demostrado: cuando en un sueño aparece un interruptor, el sueño pasa a ser otra cosa, aunque nosotros nos empecinemos en seguir soñando€ Los interruptores y los sueños son incompatibles.

Interruptores aparte, hay sueños que pertenecen a la categoría de los sueños imposibles. Por ejemplo, yo llevo años soñando con ser yerno de Quino, el genial historietista argentino. Aun siendo –como soy–, anticeremonial respecto del matrimonio, estaría dispuesto a reconducirme y aceptaría de buen grado tanto la ceremonia civil, como la religiosa. Hace años que mi sueño es casarme con Mafalda. Mafalda para mí siempre había tenido ese qué sé yo que despierta nuestros instintos, pero el día aquel que, pensativa frente a su libro, se preguntó aquello de «¿No sería maravilloso un mundo en el que las bibliotecas fueran más importantes que los bancos?», ese día me enamoró perdidamente para siempre. Fue la demostración de que una mujer me daba la razón y estaba de acuerdo conmigo. O sea, un sueño realizado... Aquel sueño cumplido fue el banderazo de salida a otro sueño, el de pedirla en matrimonio, el de casarme con ella. Y en ello estoy...

Los interruptores de sueños no son cosa de un simple botón on/off, qué va€ Los interruptores de sueños, por lo general, lucen corbata –hasta ellas, las interruptoras, llegan a lucir corbata–. Los hay paticortos y corpilargos, curvilíneas y elongadas, panzianchos y culiestrechos€ Últimamente imperan los bracilargos y los cerebricortos. El carácter de los interruptores nunca tuvo señas de identidad política. Los hay rojos en las derechas y azules en las izquierdas. Lo único intrínsecamente común a esta especie es que, cuando aparecen, escachifollan el sueño. Qué dolor€.

Si entre todas las actividades económicas buscamos la que mejor representa al mundo de los sueños, esa es, sin duda, el turismo: en turismo, el que vende, vende sueños, y el que compra, compra sueños cada vez; sueños de los de verdad; anhelos en carne viva... Todo lo realmente turístico tiene una pátina ensoñadora, ilusionante€ Hasta que aparece el malaje de turno y en un descalabrado ejercicio de glosolalia troca el sueño en ratios y la crisis en la perfecta excusa para demostrar lo poco o nada que le importa el turismo frente al resto de las actividades económicas, más allá de como mero adminículo para la foto y el pavoneo.

Cuando aparece el malaje, el sueño empieza a ser otra cosa; otra cosa llena de interruptores en forma de IVA´s sin contemplaciones, recortes en promoción, «desqualificaciones», prospecciones petrolíferas y otras lindezas impropias€ Al turismo van llegando gentes que hace tiempo que se olvidaron de soñar; transeúntes de corta estancia, timoneles de fortuna que no aciertan a entender que en el mundo del turismo, como en el mundo de los sueños, no caben los interruptores...

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