25 de agosto de 2013
25.08.2013
La Opinión de Málaga

¿Cómo se celebra un horror?

25.08.2013 | 05:00
¿Cómo se celebra un horror?

El Ayuntamiento de Málaga celebra nuevamente el día en que los ejércitos al mando de los Reyes Católicos tomaron la ciudad de Málaga. Tras un largo asedio de 103 días de hambre y penalidades, su población capturada fue vendida como esclavos como ejemplo de lo que le esperaba a quienes opusieran resistencia a la conquista castellana.

El significado profundo de esta celebración va más allá de una mera ocurrencia, como lo ha calificado un medio de comunicación. Atraviesa toda la historia de la Península Ibérica, explica el presente y condiciona nuestro futuro.

La toma de Málaga fue un capítulo más de un proceso de destrucción de lenguas, cultos religiosos y formas de vida hispanomulsumanas e hispanojudías, culturas muy superiores a la hispanocristiana en lo científico, literario y filosófico, mediante una ocupación territorial, militar y religiosa. La liquidación de las culturas árabe y judía, la implantación de un poder religioso opresor, cristalizado en la Inquisición, es el núcleo inicial del atraso moral e intelectual hispánico durante muchos siglos y hoy aún arrastramos sus graves secuelas. Los poderes inquisitoriales mantuvieron al mundo ibérico al margen de las reformas intelectuales y políticas europeas ligadas a la Reforma religiosa, al Humanismo científico y a la Ilustración.

Se presentan los actos a la ciudadanía malagueña en un lenguaje políticamente correcto, intentando hacer aceptable aquel horror, como si estos sucesos históricos fuesen un error fruto del calor de la batalla cuando fueron premeditados, eran la condición necesaria del proyecto imperial de una monarquía cristiana universal. Resultado de un vínculo nada sagrado entre un concepto dogmático de creencia religiosa y un estado despótico con ambiciones imperiales, fundamentación ideológica de los totalitarismos hispánicos posteriores.

Cuando el concejal de Cultura habla de este acto como «unión de las tres culturas» está degradando la memoria histórica y no es casualidad, los sucesores de la tradición totalitaria española han visto en la estrategia del olvido la clave última de la destrucción de una verdadera democracia social.

Se trata de desterrar la crítica, en el S.XV con la expulsión de judíos y árabes, en el S.XVI con la persecución de humanistas hebraizantes y reformadores, el genocidio de moriscos en el S.XVII, expulsión de jesuitas y persecución de ilustrados en el S.XVIII, en el S.XIX con el exilio de los liberales y por último la guerra civil y el exilio republicano en 1939.

Con la democracia se suponía que se ponía fin a la España cerrada y negra. Sin embargo, la modernidad que conocemos fue diseñada a partir de esta tradición totalitaria, una continuidad no sólo política sino social y cultural. No se cuestionaron los valores éticos y políticos del nacionalcatolicismo, ni su falsificación de la historia, ni sus protagonistas intelectuales y políticos, ni siquiera sus prácticas criminales. Que mejor ejemplo que la conmemoración del V Centenario organizada por el primer Gobierno socialista, megaempresa política y mediática de falsificación historiográfica ya que ignoraba el carácter feudal de la conquista del Continente Americano, la destrucción de sus civilizaciones, la conversión violenta de sus pobladores al cristianismo o la acumulación primitiva de capital a través de un sistema de producción etnocida y ecocida.

Pero estos fastos además colocaron al «espectáculo» (signo de la posmodernidad) en el centro de la actividad política y cultural sin haber pasado en sentido profundo por la modernidad. Convirtiendo al sujeto democrático no en un actor político sino en un mero espectador y consumidor. Justamente lo que reconoce el Ayuntamiento de Málaga con la cabalgata histórica como «atracción turística» es la organización de un espectáculo que provoca la neutralización y banalización del suceso histórico como se hizo en su día con la figura de Picasso.

El final de esta gran fiesta de la modernidad han sido cuadros de corrupción, signos de involución institucional y un paisaje de desolación.

Ante esta modernidad nuevamente truncada tenemos que recuperar la ocultada tradición crítica hispana (donde podemos insertar al movimiento 15M como expresión social). Una crítica entendida como experiencia y esclarecimiento. Se trataría de construir una mirada introspectiva radicalmente opuesta a las reiteradas tentativas de restaurar una imposible identidad española trascendente y sustancial para descubrir una realidad no idéntica sino plural, múltiple, ambigua, conflictiva, por ende democrática que garantice un verdadero proyecto de reforma espiritual y política.

La actual crisis contiene muchos elementos de esta continuidad histórica. Sólo una nueva transición política que no tenga como únicos actores a los partidos políticos institucionalizados sino a una ciudadanía que cuestione críticamente nuestro pasado puede superar estos residuos que arrastramos. Un nuevo proceso constituyente realmente participativo que siente las bases de un reinicio de la democracia con un contenido social y ecológico que sea abierto y garantice la trasparencia de las acciones de las instituciones públicas.

Este artículo está en deuda con las obras de Eduardo Subirats

*Juan José Merino Carrillo es co-portavoz de EQUO-Málaga

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