14 de enero de 2014
14.01.2014
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Homeland en la Costa

14.01.2014 | 05:00

Ha terminado la tercera temporada de Homeland, una de las mejores series de televisión de la historia, y sus seguidores nos hemos quedado huérfanos, enganchados a una trama hipnótica y realista, tan cargada de trucos como de veracidad. En la política nacional e internacional los enemigos de hoy pueden ser los aliados de mañana, y esta maraña de intereses cruzados y de lealtades temporales ha sido recreada con duro y sincero magisterio en algunos de sus capítulos más memorables.

La tercera temporada empezó con un giro imprevisto hacia Irán, enemigo íntimo de los Estados Unidos de América, enemigo acérrimo de Israel y enemigo casi de todo el mundo por su apoyo a Hezbolá, la milicia fanática que casi destroza Palestina y que ahora combate a sangre y fuego en Siria. Este nuevo enfoque de la trama me trajo a la memoria una conversación que mantuve hace tiempo con unos pulcros abogados que pretendían que se suavizaran los controles diplomáticos para permitir la llegada de inversores iraníes a la Costa del Sol. Estoy hablando de hace pocos años, cuando Irán amenazaba día sí día no con borrar del mapa a Israel, de manera que aquellos intermediarios conocían muy bien la procedencia del dinero que manejaban con tan limpia y honesta profesionalidad.

En Homeland se pone de manifiesto con total transparencia la necesaria complicidad de banqueros, economistas y abogados multimillonarios en las tramas internacionales de blanqueo de dinero. Es una realidad tan cercana que algunos incluso la hemos vivido en primera persona. Nadie se esconde. Quien gana más dinero, haciendo lo que haga falta, tiene más ases para triunfar en la vida, da igual que sean ases marcados, sucios o nauseabundos. El dinero no tiene color, y si lo tiene suele ser verde dólar.

No sólo en los Estados Unidos hay un cierto patriotismo hipócrita que, como dice en un capítulo el abogado americano amigo de Irán, alardea de vivir ajeno a las banderas que otros sostienen. «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo», decía Wittgenstein. Para esta gente, los límites de su patria no van más allá de las fronteras de las parcelas con césped y piscina que rodean sus lujosas mansiones. Como mucho, del club exclusivo en el que juegan al golf y beben vinos y licores de precios inalcanzables. Lo realmente triste y peligroso es que son ellos los que dirigen el mundo. Son los amos de las finanzas y también de nuestras vidas. Como las cucarachas, sobrevivirán a todo. Siempre habrá un Irán a quien representar.

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