26 de abril de 2014
26.04.2014
El adarve

La imagen de la policía local

26.04.2014 | 00:53

La buena o mala imagen de un colectivo profesional se gana con hechos. No es el fruto de un regalo o de la publicidad si es buena y no es consecuencia de una maldición o de un castigo si es mala. Los ciudadanos y ciudadanas saben, por ejemplo, si la policía local es amiga o enemiga, si le ayuda o le extorsiona, si está ahí para mejorar el funcionamiento de la ciudad o para complicarle la vida a la gente. Y lo sabe por los comportamientos de sus agentes.

Quiero compartir con mis lectores y lectoras una experiencia que he vivido recientemente en la zona centro de mi ciudad de Málaga. Pretendía dejar mi coche en un aparcamiento al aire libre, situado al ladito del mercado central de Atarazanas. Es un aparcamiento pequeño, pero muy cómodo para moverse luego por el corazón de la ciudad. Llegué a la entrada y comprobé que el aparcamiento estaba completo y que dos coches estaban dentro esperando que hubiese algún lugar libre. Me quedé esperando. Sabía que era cuestión de pocos segundos, de algunos minutos quizás, Apagué el motor y permanecí sentado dentro del coche.

Mientras esperaba, un policía local me pidió que aparcase en una isleta señalada con rayas a pocos metros. Me pidió la documentación. Se la entregué sin la menor idea de que su pretensión era ponerme una multa. Me pidió luego la documentación del coche. Y me multó con doscientos euros por aparcamiento indebido. No valieron para nada mis explicaciones:

– Estaba esperando para entrar en el aparcamiento.

– No molestaba a nadie ya que la calle es ancha y la circulación fluida. De hecho nadie de los que me rebasó me hizo la menor señal.

– Permanecía en el asiento del conductor (con el motor apagado para no consumir y para no contaminar).

– Era cuestión de unos minutos.

– No hay otro modo de acceder al aparcamiento.

– Dar vueltas por la zona hasta que pudiera entrar sin espera obstaculizaría el tráfico.

Cuando vi que su voluntad era firme le dije que no encontraba otra explicación que la de que la multa le supusiese algunos beneficios como había leído en la prensa. Me dijo:

– Eso es mentira. La prensa dice muchas mentiras.

Luego he sabido por fuentes fidedignas que sí existen esos beneficios, si no económicos, sí de otro tipo, como tener prioridad en la elección de períodos de vacaciones. Me mintió. El premiar por poner multas es una indecencia. Es alentar la persecución al ciudadano. Es poner en marcha una competición malsana: premio a quien más daño haga al prójimo. Todo por el afán recaudatorio, que sabemos que es cada vez más apremiante.

Le dije que la multa podría ser legal, pero que, desde luego, era injusta. ¿Fue el mío un incumplimiento de la ley hecho con premeditación, durante un tiempo prolongado, sin tener en cuenta los perjuicios que causaba? Decididamente, no.

Pensé en la imagen que ofrece la policía local. No la de un estamento que te ayuda, que te protege, que cuida de ti sino la de un grupo de personas que está al acecho de la menor ocasión para extorsionarte, para multarte, para hacerte la vida imposible. Esa es la conclusión que yo saqué de aquel hecho. Porque la finalidad de aquella multa no era aligerar el tráfico sino dañar al ciudadano en beneficio propio.

Ya sé que hay policías y policías. Tuve la mala suerte de encontrarme con uno de los malos. Las sanciones (y esa es otra) no se corresponden con los sueldos ni con la situación económica de la ciudadanía. No es una multa de 15 o 20 euros. No: ¡hala, doscientos euros! Alguien me podría decir:

– Usted tenía el coche en una calle donde hay una línea amarilla. Y no se hable más.

– Sí, ya lo sé. Por eso no voy a recurrir la multa. Sí, ya lo sé. Pero creo que hay muy diversas formas de aplicar el reglamento. Una estricta, que va contra de los intereses del usuario. Y otra flexible, que va a favor del espíritu de la ley y a favor del ciudadano.

Decidí hablar con el Jefe de este policía y llamé a la Comisaría de la zona centro. Hablé con el Intendente. Me atendió con extrema amabilidad, hecho que agradecí. Hablé con él durante más de media hora, pero no logré modificar la situación. Defendió el comportamiento de su subordinado sin utilizar, a mi juicio, ningún argumento convincente.

No me gustó su postura. Dirigir adecuadamente una institución no significa mantener el comportamiento de los subordinados, sea este cual sea. No se puso de parte del ciudadano sino de parte de su agente. Tendrán su dinero, pero mi valoración del comportamiento de uno y otro es de rigidez y de insensibilidad. Porque esa multa no beneficia a nadie más que a las arcas municipales y al agente que multa, pero no mejora el tráfico ni ayuda al ciudadano de a pie.

No se me puede decir que cumpla las normas, que para eso están. Que pague y calle. Porque yo creo que no infringí ninguna norma y creo sinceramente que no perjudiqué a nadie. Otro policía local me hubiese dicho, en el peor de los casos, que siguiese circulando y que entrase en el aparcamiento cuando no hubiera necesidad de esperar. No estaba detenido allí por capricho o por comodidad, sino por estricta necesidad.

La sensación de impotencia que tienes es tremenda. El agente echa mano de talonario y no se molesta en explicar cuál es el problema que has ocasionado. Las normas están para el ciudadano y no el ciudadano para las normas. Ninguna explicación. La multa y punto. Es decir, a mi juicio, abuso de autoridad.

Me gustaría que la imagen de la policía local fuese la de un cuerpo que ayuda al ciudadano, que le protege, que hace que la ciudad funcione mejor en beneficio de todos. No me gusta la imagen de una policía que blandee el talonario de multas como principal utensilio de trabajo.

Impartí hace años una conferencia el Congreso Nacional de Mediación Policial que se celebró en Villarreal. Ese sí. Ese es un trabajo que honra y dignifica al cuerpo. Utilizar el conocimiento y la autoridad para solucionar conflictos, para ayudar a los ciudadanos. Un policía local amigo me dice que la pena es que por la actuación de algunos policías como el que me multó, se deterior la imagen de todos y de todas. Es cierto.

He visto otros comportamientos más flexibles, más razonables, más sensibles con las necesidades de los ciudadanos. Una cuñada me cuenta que, mientras conducía, recibió una llamada para avisarla desde Urgencias del Hospital de Cabra de que su hijo tenía que ingresar para una operación. La policía le ordenó que detuviera el coche. Ella le explicó lo sucedido. Le dijo la verdad y le ofreció el teléfono para que comprobase la procedencia de la llamada. Y el policía la creyó, le dijo que siguiese circulando y le deseó suerte en la operación del chico. Pudo multarla porque, efectivamente, estaba hablando por el teléfono. Hubiera sido una multa legal, pero cruel. Era otro policía, muy diferente al que me multó por estar sentado al volante esperando entrar en un aparcamiento. La imagen que proyectaron uno y otro son diametralmente opuestas. Deberían preguntarse: ¿cómo me gustaría que me tratasen a mí?

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