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Opinión

La integración urbana del Guadalmedina, un debate inaplazable para la ciudad

Antes de la crisis, la ciudad vio concretarse una pléyade de infraestructuras esenciales para su crecimiento, pero la urbe debe dibujar ya una nueva hoja de ruta

Un paréntesis. Eso ha sido la crisis. Un parón entre el maldito maná de la pasada década y el lustro y pico que llevamos suspirando por que escampe. En aquellos años hicimos una segunda pista para el aeropuerto, iniciamos el metro, la hiperronda y la autopista de peaje de Las Pedrizas. Coronamos todo el tinglado con la estación María Zambrano con centro comercial al fondo y un AVE directito desde Madrid. Al mismo tiempo levantábamos miles de casas al año y discutíamos sobre un parque del transporte a poner en los terrenos del Comandante Benítez, enlosetamos medio Centro Histórico y pusimos museos allá donde hubiera un solar deprimido al mismo ritmo que dejábamos que nuestro importante patrimonio cultural e histórico se fuera consumiendo poco a poco, como ocurre con las mansiones de la Málaga del XVIII y del XIX, tan ricas como deliciosas. Hasta hicimos un puerto en condiciones, al estilo del olímpico barcelonés, salvando las distancias, claro. En esa tórrida etapa de dinero a espuertas y de políticos que querían pasar a la historia por inaugurar algo, el PSOE y el PP eran lo mismo que hoy. Dos apéndices obedientes que convergían en Madrid, alfiles que se acercaron para según qué cosas y se alejaban, como en un peligroso tango, cuando les convenía al socaire de los tiempos electorales. Málaga es hoy una gran ciudad. De eso no cabe duda. El casco antiguo está a la altura de cualquier metrópoli del norte de Europa, pero una cebolla siempre es más que su corazón, y las capas, ay, aún están por catar. Hemos apostado por el turismo cultural y nuestra oferta museística, que galopa a lomos de los visitantes que nos llegan todas las semanas en imponentes cruceros, se ha hecho mayor: tenemos un Picasso, un Thyssen y el Centro de Arte Contemporáneo; pronto habrá un Pompidou y el Museo Estatal Ruso de San Petesburgo está a punto de desembarcar en la capital de la Costa del Sol. El Museo de Bellas Artes será una realidad en la Aduana en poco tiempo, pero tras varios años en los que la piqueta ha estado parada la ciudad debería hacer una reflexión sobre qué grandes infraestructuras deben absorber sus energías de cara a los próximos años. El esfuerzo está hecho, pero tenemos que afianzar el crecimiento, y ello requiere de la implicación de toda la sociedad civil, de la aportación intelectual de economistas, empresarios, representantes de la cultura y de la abogacía; de la Justicia y de la arquitectura, de políticos, cómo no, y de asociaciones civiles, solidarias, con o sin ánimo de lucro. Todos tenemos algo que decir. Hay varios caminos que necesitan ser transitados y que nos definirán definitivamente como urbe durante varias décadas: primero, hemos de darle una vuelta a los proyectos de la fachada litoral, con los Baños del Carmen a la cabeza. La reforma del balneario no puede pasar, una vez más, por poner un puerto deportivo, un hotel y un centro comercial en un enclave que está en el corazón de los malagueños. La idea que defiende la ciudadanía de bien está clara: remodelar el edificio siguiendo fielmente el estilo de los felices veinte que preside el recinto, levantar un jardín o un parque con la misma filosofía, darle la concesión a una empresa hostelera seria, que respete esos principios, y transformar el enclave a base de sobredosis de recitales poéticos, conciertos y mercadillos. O sea, como ahora pero en un sitio decente, limpio y en el que uno pueda tomarse una cerveza mirando al mar sin miedo a que un yate de gran calado destroce la bellísima impronta de la caída de la tarde en la bahía.

El río que nos une. Otro eje de crecimiento en los próximos años es, cómo no, el Guadalmedina. Recientemente recibí la visita de unos amigos que viven en una ciudad del Norte de España: ya saben, arbolitos y verde cada dos metros. Cuando cruzamos el Puente de Santo Domingo para entrar a la zona Centro, se llevaron las manos a la cabeza. La imagen que da el río, seco en la mayor parte del año, es el de una macropista deportiva de día y un cauce de marginalidad por la noche. Málaga debe abordar cuanto antes la reparación de esa cicatriz con un proyecto ambicioso, imaginativo e integrador. No digo qué ha de hacerse, pero es hora de recuperar el discurso previo al debate que debe empezar a digerir el malagueño de a pie. Cierto es que hace décadas la presa de El Limonero resolvió la insuficiencia de defensas contra el agua, que cada cierto puñado de años preñaba el casco antiguo, el Perchel y la Trinidad de lodos y barros. Hoy, sin embargo, hemos de aspirar a regenerar el cauce de un río que nos separó durante años y que hoy ha de unirnos con una iniciativa creativa que a todos nos enamore. Se habló de una lámina de agua constante, algo que casa mal con las periódicas sequías que azotan al mediodía andaluz. Se han planteado parques forestales y hasta el embovedamiento, quizás una de las posibilidades más caras. Pero hemos de abrir el debate ya, para que este proyecto no cristalice, como el de los muelles 1 y 2, hoy una realidad entrañable para los malagueños, hasta dentro de varias décadas. Junto al Guadalmedina han de venir las remodelaciones del entorno de la calle Beatas y del degradado nudo de callejuelas que se arraciman alrededor de Carretería.

Un metro, una ciudad. La tercera línea que debemos ir rumiando ya es qué modelo de ciudad queremos en los barrios, y, por ende, podríamos esbozar un hipotético trazado del metro que una, de verdad, los cuatro puntos cardinales de la ciudad. El Palo y Ciudad Jardín no pueden quedar ajenas al trazado del suburbano, y en torno al surco que deje en el asfalto debemos repensar, también, el modelo de barriadas que necesitan y quieren los vecinos. Una urbe nunca termina de hacerse, a la manera en que Sísifo empuja una piedra destinada a caer una y otra vez por la ladera, pero Málaga cuenta con zonas con una gran densidad demográfica, burbujas de población que habrá que pinchar en el futuro para que sean reabsorbidas en otras zonas y podamos diseñar, con la tranquilidad necesaria y la amplitud de miras que ello requiere, un cuerpo urbano acorde al siglo XXI sin seguir ocupándonos únicamente de su corazón, del Centro Histórico. Obviamente en esta tercera línea habría que abordar reformas de calado en la Trinidad y el Perchel, para, sin perder su esencia, hacer de esos dos barrios la sonrisa amable de la capital. El entorno de calle La Unión o de la Carretera de Cádiz, víctimas del desarrollismo de los sesenta y los setenta, también pueden tener un crecimiento ordenado en la que las zonas verdes y los espacios de colaboración vecinal revitalicen unos núcleos tan castigados por la piqueta. El bulevar sobre las vías del AVE es una auténtico tren bala que no debería quedar en vía muerta. Ahora que la crisis se aleja con su lento andar agónico, dejando tras de sí muchos cadáveres entre la gente humilde, y cuando en el país se habla de reformas de trazo gordo, la sociedad civil malagueña debe empezar a pensar qué quiere para su ciudad y cuáles son los proyectos que han de centrar la acción de gobierno de nuestros políticos. Que no ocurra como con el puerto ni como con los Baños del Carmen. La ciudad pide ya nuevos retos y es el papel de todos los que forman parte del tejido social proporcionar una hoja de ruta clara y ambiciosa.

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