30 de junio de 2014
30.06.2014
360 grados

La deuda argentina y la justicia norteamericana

30.06.2014 | 00:51

No suelo leer la publicidad institucional en los diarios, pero el otro día la lectura de un aviso publicado por el Gobierno argentino sobre los obstáculos que pone la justicia de EEUU a la devolución de su deuda soberana mereció realmente la pena. Se titulaba la página del periódico Argentina quiere seguir pagando su deuda y no la dejan y acusaba de ello a un juez de Estados Unidos y a la negativa de la Corte Suprema de EEUU a hacerse cargo del caso. Argentina recordaba la deuda saldada con el Fondo Monetario Internacional y los acuerdos a los que llegó con los acreedores y los organismos internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial, el club de París y la empresa española REPSOL. El Gobierno de Buenos Aires logró además, tras difíciles negociaciones, un canje voluntario de los títulos en default por nuevos bonos en quita, mayor plazo de devolución y una tasa de interés más baja, algo que terminó aceptando casi un 93 por ciento de los tenedores de deuda.

Un poco más de un 7 por ciento rechazó ese acuerdo, pero como denuncia Buenos Aires, se trata básicamente de los llamados fondos buitre, que no son los prestamistas originales sino que compraron deuda soberana a precio de saldo con el objetivo expreso de litigar y tratar de obtener unos beneficios fabulosos.

Uno de esos fondos el el NML, de Paul Singer, que pagó en 2008 por la deuda soberana argentina 48,7 millones de dólares y hoy, según la sentencia de un tribunal de primera instancia neoyorquino, tiene derecho a recibir por esos bonos nada menos que 832 millones de dólares, lo que representaría un beneficio de 1.608 por ciento en sólo seis años. ¡Menudo negocio!

Esa sentencia obliga a la República Argentina a abonar 1.500 millones de dólares el próximo 30 de junio, pero en ese caso deberá desembolsar también «en un futuro inmediato» otros 15.000 millones, que son el equivalente de los bonos en default a los que no se aplicaron los canjes. Y, según la propia legislación argentina en este caso, si el país paga a los fondos buitre, los demás bonistas podrían exigir el mismo tratamiento, lo que representaría un costo de unos 120.000 millones de dólares. Ahora bien, si, por el contrario, Argentina no paga lo que le reclaman los fondos buitre, la sentencia del juez neoyorquino le prohíbe abonar lo que les debe a ese casi 93 por ciento de los bonistas que aceptaron la reestructuración.

Un conocido analista tan poco sospechoso como Martin Wolf, del Financial Times, rompía el miércoles una lanza a favor del país suramericano con un artículo expresivamente titulado Defender a Argentina de los buitres. Wolf no escatimaba sus críticas a la mala gestión en su día del gobierno argentino, que llevó al default (suspensión de pagos) y conducido a una situación caótica que dura ya más de doce años. Pero al mismo recordaba que incluso «a su nivel más bajo», al que se llegó en septiembre de 1997, el spread (diferencial) entre el interés de los bonos soberanos argentinos denominados en dólares y los del propio Tesoro estadounidense era de cerca tres puntos porcentuales. Y si un inversor se veía talmente recompensado ante la posibilidad de que el país declarara suspensión de pagos, no tenía derecho a sorprenderse si llegaba a producirse el default. La solución, argumentaba Wolf, es diversificar la cartera.

El comentarista del Financial Times criticaba asimismo la interpretación abusiva de la justicia norteamericana según la cual un deudor soberano debe pagar todo lo que adeuda a la totalidad de los acreedores – es decir también a quienes rechazaron la quita– en cuanto haga el mínimo pago a quienes aceptaron la reestructuración. Son dos casos distintos, como sostiene también el gobierno argentino, y aceptar la tesis del tribunal neoyorquino sólo hará más difíciles en el futuro que se llegue a ese tipo de acuerdos. Un mundo en el que los países y sus acreedores se vean obligados a elegir entre el pago de todo lo que se debe o la prohibición total de pagar, comenta Wolf, sería tan perverso como aquel del Londres victoriano, antes de que se aprobaran las leyes de bancarrota, cuando los deudores tenían que optar entre la cárcel o la muerte por inanición.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog