24 de agosto de 2014
24.08.2014
Cuaderno de bitácora

A toque de silbato

24.08.2014 | 05:00

La historia de la joven que no fue violada en la Feria de Málaga, según consta en el sumario judicial, ha desnudado un poco más a la sociedad, a los medios de comunicación y a los políticos. Los dos últimos acudieron a la llamada de la historia de forma vertiginosa empujados por los bríos y la sed de venganza que escupían las redes sociales cuando aún a la información le faltaban datos y le sobraban adornos. Lo primero que trascendió el pasado domingo fue que una joven de 20 años aseguró a la Policia Local que fue violada cuando salía de trabajar en el Real de la Feria a las siete y media de la mañana. Según declaró, le asaltaron cinco tipos, dos de ellos menores de edad, y que grabaron la agresión con el teléfono. La historia tenía, por desgracia, todos los ingredientes para ocupar páginas y páginas de los diarios y el ruido de las redes sociales aceleró el rumbo de una información que, sin más datos, era brutal.

En este reino de confusión y de mala praxis profesional periodística, entró de lleno también la política cuya mecha la encendió el alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, en un intento de salvar la imagen de la ciudad, de la Feria, pero cayendo en el error de relativizar lo que en aquel momento se consideraba una agresión sexual por cinco jóvenes. «Hay más de mil violaciones en España al año, no vayamos a crear ahora la imagen de que Málaga es un lugar inseguro». No estuvo nada afortunado, dando por seguro la repulsa que este acto provoca en el alcalde, la fiesta o la imagen de Málaga como ciudad segura se puede defender de mil maneras. Insegura es la India, donde se producen violaciones en grupo y nadie mueve un dedo. Aquí sí se mueve, pero también se hace una mala política.

La reflexión que todos debemos hacer a partir de este caso es mayúscula. Los medios de comunicación, volviendo a la esencia de este oficio, dejando de lado el ruido, el griterío anónimo y la velocidad con la que se vive en las redes sociales; y la política no cruzando esa raya invisible que debe proteger asuntos como la violencia de género, las agresiones sexuales. Tan mal estuvo gestionado el asunto que el PP y el PSOE abrieron un peligroso cruce de declaraciones que han servido para destapar que en materia de violencia de género y de agresiones sexuales aún andamos con parámetros del siglo XIX. Ahí están, por ejemplo, los consejos para evitar violaciones que dan a las mujeres españolas los encargados de velar por su seguridad. La web del Ministerio de Interior ofrece un decálogo que invita a evitar las paradas de autobús solitarias; no pasear por descampados o vías públicas oscuras; no permanecer en un vehículo estacionado de noche en un descampado; no poner el nombre en el buzón si vive sola; echar las cortinas al anochecer para evitar miradas indiscretas; evitar entrar en el ascensor cuando esté ocupado por un extraño; o llevar un silbato para alertar en caso de peligro.

A la web del Ministerio de Interior le faltó sólo incluir las últimas declaraciones/consejos del prehistórico alcalde de Valladolid,Francisco Javier León de la Riva, que el pasado jueves aseguró que le da «cierto reparo entrar en un ascensor por si hay una chica con ganas de buscarte las vueltas, se arranca el sujetador o la falda y al salir grita que la han intentado agredir». Después añadió otro consejo más para evitar una agresión sexual: «A veces, a las seis de la mañana, una mujer joven tiene que cuidar por dónde va». Sí, este humano sigue gobernando.

Tanto el decálogo de nuestro Gobierno (hubo bronca incluso sobre de quién era la paternidad, si era del PSOE o del PP), como las declaraciones de los que nos gobiernan recuerdan a la famosa/desgraciada «sentencia de la minifalda», la de ese juez que defendía que si una mujer va vestida de forma provocadora, o vive en una calle con poca luz, se está buscando un problema y la culpa es de la mujer.

En pleno siglo XXI entristece que una mujer debe convertirse en un ser anónimo, invisible, para evitar el peligro de la agresión. Más o menos se les viene a decir que aunque se encierren en casa no estarán protegidas (os suena eso de que «no se puede poner a un policía en cada parque de la ciudad»), para ello deberá correr las cortinas, quitar el nombre del buzón, vestirse de forma decorosa y colgarse un silbato para protegerse del agresor.

Ha sido tal el escándalo, que el Gobierno anunció que actualizará y modificará esas recomendaciones tan peregrinas. Quizás la primera que deba incluir es destituir a toque de silbato al primer cargo público que frivolice o minimice las agresiones sexuales contra las mujeres; deberá dotar de más medios judiciales y de personal a todas las unidades que combaten esta lacra; invertir más en educación y potenciar a todas esas asociaciones que trabajan silenciosamente con las mujeres víctimas de una agresión sexual para que su denuncia no suponga, a su vez, un estigma; y agilizar las instrucciones judiciales sobre estos casos, pues la rapidez con la que se ha investigado, instruido y archivado de forma provisional este asunto en Málaga parece que obedece más bien a una llamada desde las altas esferas para cerrar cuanto antes un asunto que empezaba a dañar políticamente a todos los que habían pisado este luctuoso charco.

Veremos si hemos aprendido algo.

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