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Opinión | Tribuna

Luis Ruiz Padrón

En Málaga, hace 450 años

Cualquiera que se asomase sobre las murallas de la ciudad aquel 29 de agosto de 1564 podría contemplar un espectáculo singular: una gran flota al mando de García de Toledo se aprestaba a zarpar con rumbo sur. El Peñón de Vélez de la Gomera, disputado islote junto a la costa mediterránea del norte de África, iba a ser tomado a los turcos pocos días después, el 6 de septiembre. Eran los tiempos dorados de las galeras, y a bordo viajaban mandos destacados como Álvaro de Bazán o Juan Andrea Doria, que siete años más tarde comandarían sendas divisiones de la Santa Liga en la batalla de Lepanto.

No sería un hecho aislado: la estratégica situación geográfica de Málaga la convertía en puesto avanzado frente a las costas africanas, papel que desempeñaría incluso en pleno siglo XX, y testimonio de lo cual son las torres vigía que a intervalos regulares jalonan nuestro litoral. Pero en el siglo XVI éste era un punto candente del orbe, que Fernand Braudel definió de forma muy gráfica -y estrictamente correcta desde el punto de vista geográfico- como Far West mediterráneo.

Lo que convierte a esta ocasión en excepcional es la presencia entre las fuerzas de invasión de lo que hoy denominaríamos un reportero gráfico empotrado. Su crónica dibujada de los acontecimientos nos transmite una impresión palpitante y vívida del embarque y partida de la flota y de los posteriores combates, pero también de la imagen de la ciudad de la que partió la escuadra.

El personaje en cuestión, ya lo habrán adivinado muchos lectores, es el flamenco Anton van den Wyngaerde. Es bien conocida su faceta de dibujante de panorámicas de ciudades: trabajando al servicio de Felipe II realizó una impresionante serie de vistas urbanas de Inglaterra, Francia, Italia, Flandes y, muy especialmente, España. Menos conocidas por el público general resultan, en cambio, sus dibujos y pinturas de batallas.

En el seguimiento de la campaña del Peñón de Vélez de la Gomera se unen ambas facetas de su trabajo. Se le conocen cuatro dibujos de Málaga: dos pequeños apuntes (de la Plaza Mayor, hoy de la Constitución, y de Gibralfaro) y dos dibujos panorámicos, uno preparatorio mirando hacia el mar y otro final que representa el frente marítimo. Hoy se encuentran en diversas colecciones de Viena, Londres y Oxford.

Es un verdadero disfrute recorrerlos con la mirada, recreándose en los detalles: ante nosotros se despliega una insólita vista de una Málaga rodeada, cercada, por sus murallas medievales, sobre las que todavía no se alza la mole de la catedral -de la que somos testigos de su construcción, que en 1564 tan sólo ha alcanzado el nivel de las capillas laterales-; el puerto no deja de ser un simple fondeadero que no proporciona abrigo alguno a las naves, pues el dique de levante aún no existe; y sin embargo, en esta ciudad tan distinta a la de hoy, detectamos rasgos que en la actualidad permanecen milagrosamente intactos, como la iglesia de Santiago, el Palacio de Cazalla (hoy Museo Picasso) o el conjunto Alcazaba-coracha terrestre-Gibralfaro.

Pero, aguzando la vista, vemos también a la infantería dibujada formar en la playa frente a las atarazanas, con la bandera de la cruz de San Andrés al frente. Somos testigos del traslado en botes de la tropa, con las picas en alto, a las embarcaciones fondeadas bajo los muros de la Alcazaba: la imagen es de una frescura tal que casi podemos oír los tambores y pífanos, o las salvas de la nave capitana disponiéndose a desplegar velas. En total, 16.000 soldados, españoles, italianos, portugueses y alemanes, a los que veremos después desembarcar y formar el característico cuadro de piqueros, mientras la artillería bombardea las posiciones enemigas, en las dos imágenes que completan la serie: las del asalto al Peñón propiamente dicho, depositadas en la Biblioteca Nacional Austríaca de Viena. Leída de forma secuencial, la serie constituye un testimonio gráfico fascinante de lo sucedido hace 450 años, a la vez que un documento imprescindible para investigar la Málaga renacentista.

Se ha subrayado en diversas ocasiones la exactitud casi «topográfica» o «fotográfica» de las observaciones de Wyngaerde. Esta observación, sin embargo, sabemos hoy que no es cierta: la notable precisión que detectamos en los detalles se subordina a la narrativa visual en la vista final; la fidelidad al modelo que se detecta en los fragmentos no siempre se corresponde con una fidelidad de conjunto.

Es éste un punto interesante. Las representaciones en planta suelen gozar de mayor estima de los investigadores por ser más objetivos desde el punto de vista de lo medible, y las vistas tomadas del natural son a veces relegadas al campo de lo anecdótico, especialmente por parte de los especialistas con un perfil más técnico. Sin embargo, aun admitiendo esa «carencia» antes citada, las vistas dibujadas son una fuente inagotable de información: el factor tridimensional, tan importante en una ciudad con relieve acusado -como es el caso de Málaga- o el uso asignado a los distintos espacios urbanos son datos valiosos que podemos extraer de estas fuentes gráficas.

Con ocasión de esta efeméride, sería oportuno volver nuestra atención al paisaje urbano de la ciudad antigua, reflexionar sobre los cambios experimentados en estos cuatro siglos y medio y aprender de los errores y aciertos cometidos, con el objeto de extraer enseñanzas que puedan servir de ayuda para planificar desarrollos futuros.

En Málaga, hace 450 años

En Málaga, hace 450 años

Interpretación del autor de un detalle de la vista final de Málaga realizada por Anton Van den Wyngaerde (1564).

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