A mí, el pasado de la Pantoja como icono folclórico me importa más bien poco, por no decir nada; pero el futuro de María Isabel Pantoja Martín me interesa bastante, por no decir mucho, y más aún después de leer el Auto de la Sección Segunda la Ilustrísima Audiencia Provincial de Málaga por el que se le deniega la suspensión de la condena. Como letrado no llego a comprenderlo, y me consta que no soy el único. Que levante la mano quien lo entienda.

Según los magistrados, la tonadillera cumple todas las condiciones señaladas en el Art. 81 del Código Penal para no entrar en prisión, a saber: haber delinquido por primera vez, ser condenada a una pena no superior a dos años de prisión y haber satisfecho las responsabilidades civiles. Hasta ahí todo correcto. El problema surge cuando, aún reconociendo que no concurre probabilidad de que cometa nuevos delitos, estiman que la viuda de España es peligrosa y por ello debe ir a la cárcel. Pantoja y peligrosa, dos palabras que hace poco tiempo nadie hubiera usado en la misma frase. Que levante la mano quien la hubiese escrito.

Es cierto que los togados precisan a qué peligro se refieren cuando interpretan que la madre de Kiko Rivera no se ha convertido en una pandillera del Bronx, sino que la conducta delictiva llevada a cabo es tan peligrosa que ha puesto en jaque a la sociedad española. Es decir, el mayor riesgo que usted corre si se acerca a la otrora reina de la copla es que le saque un ojo con la bata de cola, pero haber blanqueado dinero como pagafantas de Julián Muñoz es algo tan relevante que el pueblo español debe saciar su sed de justicia viendo a la gitana con el pijama de rayas. Sí o sí. Que levante la mano quien no quiera verla bailando el rock de la cárcel. Paquirrín, tú no.

En mi opinión el tribunal enjuiciador tendría razón siempre y cuando cundiera el ejemplo, hecho éste que brilla por su ausencia, aunque faltasen prisiones en este país. Y no solo me refiero al futuro de Rato, Blesa, Urdangarin, Chaves, Griñán, Acebes, Pujol, Bárcenas, etc, sino al día a día de las decenas de miles de españoles que gozan de la suspensión de la pena al diferenciarse de la marinera de luces en que el CIS no les ha incluido en el ranking de preocupaciones. Ahora resulta que las conclusiones del CIS deben ser consideradas circunstancias atenuantes o agravantes del reo, lo cual no es de extrañar cuando profesionalmente he tenido el dudoso honor de escuchar a un fiscal invocar el barómetro del CIS en su alegato casacional ante el Tribunal Supremo como elemento ponderable que justifique una condena. Que levante la mano quien alguna vez ha sido encuestado por el CIS.

Si la opinión pública empieza a ser un criterio jurisdiccional corremos el riesgo de que los participantes de Hombres y Mujeres y Viceversa presidan un Consejo de Ministros o que cambiemos el BOE por el Hola. La independencia judicial es sagrada, pero conceptos como «reglas de la sana crítica», «apreciar en conciencia» o «sentencia ejemplarizante» conllevan criterios subjetivos que no ayudan a que la sociedad entienda la uniformidad y homogeneidad con las que debe afrontarse un problema como el de la corrupción. Que levante la mano el que sepa por qué unos tanto y otros tan poco.

Para intentar dar cumplida respuesta a esta cuestión la mayoría de las asociaciones de jueces y fiscales propusieron la semana pasada ocho medidas contra la corrupción, y me temo que en esa misma tardía labor anda cada partido. Me imagino a los políticos encerrados en sus respectivas sedes e inmersos en lo que los creativos llaman una tormenta de ideas, como los guionistas de una serie intentando crear un concepto innovador que recupere la fidelidad de una audiencia que huye a raudales. Lo que ocurre es que ya nadie se cree a los personajes y la trama aburre. Mezclen políticos que barajan su propio castigo, jueces sin medios, fiscalías piramidales, una ley obsoleta y estudios sociológicos. Que levante la mano quien no conozca el final.

A la Pantoja le han cortado las barbas (jurídicamente, claro) y no veo a la Infanta poniendo las suyas a remojar. Por cierto, según el CIS la primera inquietud de los españoles no es la corrupción, es el paro. Que levante la mano quien quiera un trabajo ahora que, por lo visto, nuestra preocupada opinión resulta vinculante y parece estar huérfana de actos ejemplares.