08 de febrero de 2015
08.02.2015
Tribuna

Baile de salón en La Habana

08.02.2015 | 01:13

Fidel Castro habló, con desgana, pero habló, y así avaló la intentona de su hermano en la camusiana (El mito de Sísifo) tarea de restablecer las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Al comandante en jefe le habían precedido —al frente de sus respectivas delegaciones— dos mujeres, paradójicamente una morena americana —Roberta Jacobson— y una rubia cubana —Josefina Vidal—, en el inicio de la negociación encaminada a romper el hielo.

La que se espera sea una larga porfía ha tenido como primer escenario el palacio de convenciones de La Habana, con los flamboyanes, los agüelles y las palmeras reales asomando por las ventanas que se abren sobre la Quinta Avenida, una de las arterias principales de la ciudad.

El mismo lugar que ya acogiera en 1979 —año en que se construyó para la ocasión— la cumbre de los países no alineados a la que asistió —como nación invitada— España y que algún dolor de cabeza le supuso a Adolfo Suárez, atacado por el fuego amigo de su propio partido, que ya empezaba a adjudicarle veleidades tercermundistas.

Al malestar americano, se unía el de su ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, partidario de no participar — «no se nos había perdido nada en La Habana. No éramos, ni queríamos ser, tercer mundo no alineado»— y el del ala más atlantista de UCD. Y es que el suplicio que abocaría a Suarez a su conocido final, habría tenido que ver con aquellas apuestas audaces, como el criticado viaje a Cuba y los abrazos con Arafat. Y esta presencia en la cumbre de los no alineados fue una de ellas.

Y allí, sentadas, frente a frente, en la larga mesa del palacio, platicaron las protagonistas, cuya elección no se había dejado al azar:

Roberta Jacobson (New Jersey 1962). Tras graduarse en Brown, terminó sus estudios de postgrado en Relaciones Internacionales en mi querida Fletcher School, donde fui Visiting Fellow en los ochenta. Después de veinticinco años trabajando como especialista en Latinoamérica —un «laboratorio de democracia»— en el Departamento de Estado, su español es fluido. En la actualidad es secretaria de Estado adjunta para asuntos del hemisferio occidental, con un ejército de 10.000 almas —en treinta países— a sus órdenes.

Madre de dos hijos, Roberta, cálida y con acreditado sentido del humor, se implicó activamente en el caso de Alan Gross, el estadounidense —preso durante cinco años en Cuba— liberado el mismo día en que Raúl Castro y Obama anunciaban el restablecimiento de las relaciones. A su regreso de La Habana, en el aeropuerto militar de Andrews, el contratista Gross, que sabía lo que había luchado Roberta por él, se fundió con ella en un abrazo interminable.

Y es que la traza de esta dama se vio, en el transcurso de la VI cumbre de las Américas —celebrada en 2012 en Cartagena de Indias— cuando, un sábado noche, festejó su cumpleaños en el Café Havana, un bar que solía frecuentar Gabriel García Márquez. Allí se presentó Hillary Clinton, su secretaria de Estado, y juntas bailaron salsa Se me perdió la cartera al ritmo de los once músicos de la African Charanga. Aquel jolgorio —entre rumbas, maracas y cerveza a morro— se prolongó hasta entrada la madrugada y no se sabe qué molestó más a algunos conservadores americanos —que las pusieron a caldo— si las reminiscencias cubanas del local o la desinhibición de las diplomáticas.

Porque ocurre que Mrs. Jacobson —que acaba de iniciar un brincoteo de salón en La Habana— siempre tuvo querencia por el baile, desde que era una adolescente en un suburbio de New Jersey y soñaba con convertirse en bayadera. Pero aunque entonces, realista, tuvo que asumir que no era «suficientemente buena para el baile», ahora tiene una nueva ocasión de demostrar que no le faltaban condiciones.

Josefina Vidal (La Habana, 1960). Políglota —inglés, francés y ruso— miembro del comité central del Partido Comunista, doctorada en el Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú y aguda observadora de la política americana, «una de las principales expertas en EEUU de Cuba», es una diplomática curtida —formada desde los servicios de inteligencia— que tuvo que salir por piernas de Washington, cuando en 2003 el gobierno Bush expulsó a catorce diplomáticos cubanos a los que declaró personae non gratae por presuntas «actividades hostiles a la seguridad nacional». Entre ellos, el entonces cónsul, José Anselmo López, su marido. Aunque ella no figuraba entre los proscritos, Josefina regresó a Cuba.

Directora general de EEUU en la cancillería cubana, está reconocida en la Gran Antilla como una mujer preparada, inteligente, certera en el uso de las palabras y gran amante de las perlas. Sin renunciar a su firme defensa del comunismo de la isla, se ha mostrado proclive a un acercamiento entre ambos países, apuntando críticamente las ocasiones que EEUU estaba desperdiciando: «Cuba ha cambiado más en dos, tres años que en los veinte años anteriores y EEUU parece ignorar estas transformaciones que están teniendo lugar en nuestro país».

En este tanteo inicial, en la agenda de prioridades de Josefina Vidal, destaca la apertura —sin demora— de embajadas en ambas capitales ya que la sección de Intereses de Cuba en Washington carece de un banco con el que realizar sus operaciones financieras.

A renglón seguido, sacar a Cuba de la injusta lista de países que patrocinan el terrorismo internacional y acabar con el principal estímulo a la emigración ilegal desde la isla: la política «pies secos, pies mojados» que se traduce en la acogida automática, en calidad de refugiado político, de cualquier cubano que pise suelo estadounidense. Y en el menudeo de los primeros compases, otras cuestiones de interés bilateral: inmigración ilegal, tráfico de drogas, vertidos de petróleo, accidentes aéreos y marítimos y seguimiento de movimientos sísmicos.

Por su parte, en el breviario de Roberta Jacobson, ni mención del levantamiento del bloqueo económico, financiero y comercial, ni palabra del peliagudo asunto de los derechos humanos. Y es que esta contención, por ambas partes, ha sido esencial para amarrar un buen clima inicial. El respeto recíproco, la no injerencia en asuntos internos, el tono considerado hacia el otro y el eclipse en el temario del «penal sin ley» —como los cubanos se refieren a Guantánamo—; todo ello ha contribuido a facilitar la vida a los respectivos estados mayores, hoy con presiones considerables a aquietar que, a no tardar, serán difíciles de gestionar.

Llegará el tiempo de poner plazos al levantamiento del bloqueo y a las compensaciones a Cuba por los «costos económicos y humanos del bloqueo», derivados de estos cincuenta y cuatro años. También de trazar hoja de ruta en materia de derechos humanos. De momento, baile de salón, sin prisas ni pisotones. Ya vendrá la turbonada y otros sones más cercanos a los de aquel sábado en el Café Havana. Porque queda mucho partido y ahora lo esencial es que se vayan dando pasos, sin que asomen muchas pistas sobre lo golosa que es la isla para los americanos.

Cuando al caer la tarde del jueves la delegación americana dejaba —camino del «Gran sofá»— el exclusivo barrio de Miramar, no lejos de donde rumia el envite el comandante en jefe, resonaban en Quinta Avenida los ecos de las Flores nocturnas de Silvio Rodríguez.

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