01 de junio de 2015
01.06.2015
Al azar

Un desayuno con Manuela Carmena

01.06.2015 | 00:51

Cuando «comunista» no era un insulto, Manuel Vázquez Montalbán rentabilizaba literariamente incluso sus almuerzos. En cambio, mi periodismo gastronómico se limita a dos desayunos opíparos en calorías y calor humano. El primero transcurrió en un hotel de cinco estrellas, con Fabián Estapé al otro lado de una mesa desbordante, sin sitio para la libreta o la grabadora.

En aquel mostrador pantagruélico no faltaba ningún fruto de la tierra. No era un desayuno continental, sino incontinente. El orondo economista se calzaba la servilleta al cuello para improvisar una conferencia magistral. Ni una palabra superflua, ni un juicio sin ironía a primera hora de la mañana. Chris Anderson dio la bienvenida a los big data en Wired decretando que «La teoría ha muerto». Sería el epitafio ideal para Estapé. Tenía un discurso que te dejaba boquiabierto, te quitaba el hambre. A él no.

Mi segundo desayuno con gente importante tuvo lugar en un hotel de cuatro estrellas. Esta vez sin cita previa, hará media docena de años. Participaba en una de esas jornadas en las que juristas y periodistas se cercioran de que nunca llegarán a entenderse. Al fin y al cabo, el objetivo de ambos colectivos es burlar la ley, en un caso desde la ignorancia y en otro desde la sapiencia. Había dispuesto a mi alrededor enseres y manjares en una mesa solitaria, cuando a mi lado se sentó Manuela Carmena. Era una despistada consciente, no pidió la venia ni se presentó. No creo que le importara que yo supiera de su leyenda, aunque en mi archivo siempre la confundí con la alcaldesa socialista Manuela de Madre.

La previsible alcaldesa de Madrid también empezó a hablar con el ritmo desordenado que impone un desayuno. Sus quejas de la judicatura, sin rencor. Reflexiones íntimas, sin rubor. Te hacía presente sin importunarte, partícipe de una experiencia vital. Una recarga de las baterías existenciales, ni siquiera recuerdo si nos despedimos. Por entonces no había opción, pero la hubiera votado allí mismo para representar mis intereses. Al margen o en contra de su ideología.

Antes del lanzamiento de Carmena a la estratosfera, cuando la fama no nubla la opinión, un distinguido abogado madrileño suspiró con rabia no exenta de admiración:

–Nunca conseguimos que diera curso a un desahucio siendo jueza. Ni uno.

Antes de presentarse a Madrid, Carmena transformó la boda de un conocido en un mitin enardecedor. El político está obligado a decepcionar, y así ocurrirá reglamentariamente en este caso, pero hoy presumo de haberla tenido unos minutos en exclusiva. Un desayuno es la longitud máxima de la convivencia sin conflicto.

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