10 de junio de 2015
10.06.2015
40 Años
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En solo 725 palabras...

Avenidas y avenidos

En lo del avenimiento, nuestro turismo está tan bien avenido con el verano, como mal avenido con el invierno, y no por castigo divino, sino por una irresponsabilidad histórica que tiene mucho más que ver con la ceguera y mediocridad en la gestión que con «la culpa no es mía»

10.06.2015 | 00:08

Las avenidas son como torrentes de vida. Unas veces invasoras y atropellantes, como las de los ríos que arrastran y someten con la furia brava de sus crecidas. Otras serenas, como las de nuestros pueblos rubios de miel, que invitan a pasearlas bajo la sombra protectora de los árboles que flanquean sus costados quedos, sobre todo en tiempo de estío.

Las avenidas de la ciudad son otra cosa. Las hay alongadas, como gigantescos hangares sin techo, concebidas para servir de pista de aterrizaje en caso de conflicto. Y también las hay serenas y mecientes; tan primorosas que cuando las penetramos diríase que lo celebran con calmosas nanas blancas que visten de sosiego ingrávido nuestros pasos. Igual da pasear que hacer footing: las avenidas serenas y mecientes siempre nos trasfunden su magia y transforman nuestro universo interno mientras las paseamos. Lamentablemente de estas no sobran. La mayor parte de los espacios de las ciudades más que avenidas buenas son tribus zooracionales de buenos y malos avenimientos. En la tribu de los bien avenidos y las bien avenidas nos juntamos, nos unimos y hasta nos apareamos, con consecuencias dispares. En la de los mal avenidos y avenidas, igual, pero al contrario, o sea, joder al prójimo es la santa cruzada. La mudanza entre tribus empieza a ser el pan nuestro de cada día.

–¡Ahí voy, Juan, de vuelta, que esto no es lo que parecía...! –exactamente esto me dijo un conocido el domingo, mientras mudaba sus ideas de vuelta. Las mudó a otro partido hace poco más de un mes y ahora las traía de vuelta.

En estos tiempos de política convulsa es como si los observantes anduviéramos ya en la provincia de León, llegando a Babia. Los de arriba, los de abajo, los de la izquierda y los de la derecha se esfuerzan en demostrarnos que da igual el color y los ideales, si es que los hay, que no sé, no sé... Pareciere que lo único importante es hilvanar los adverbios hipnotizantes con los adjetivos idiotizantes, para que nosotros, los presuntos idiotas hipnotizados, nos convirtamos en socios activos de sus propósitos. Pero algunos lo hacen con tantísima torpeza que no es posible averiguar si las mieles de sus promesas lo son en función de pactar o de pastar, o de ambas cosas. La preclara inteligencia de muchos de nuestros aspirantes a próceres apuestan con ahínco por la vivacidad y la elegancia del verbo quevequiano, pero sus verbos no resisten la apuesta y sus discursos acaban siendo una fementida novena sin contenido con la que asustan al respetable. Resultado: nadie, ni oyentes ni escuchantes terminamos de tener claro si sus cuitas, las de ellos, lo que persiguen es el pacto, o el pasto, o el parto, o, lo que es peor, la sacrosanta pasta, que lo demás viene solo, diría alguien. Ay, las avenidas y los avenidos de la política...

Los territorios turísticos también tienen avenidas, de las transitables; algunas hasta bien avenidas con el entorno, aunque lo más común es que las avenidas turísticas más que bien avenidas con el entorno lo que estén es superpuestas sobre él, con la sabia intencionalidad científica del «aquí mismo está bien, donde caiga, qué más da, pero que la avenida sea grande y que quepa mucho de todo, sabe usted...». Así fuimos y así somos.

En lo del avenimiento, nuestro turismo está tan bien avenido con el verano, como mal avenido con el invierno, y no por castigo divino, sino por una irresponsabilidad histórica que tiene mucho más que ver con la ceguera y mediocridad en la gestión que con «la culpa no es mía». Y resulta que aun otra vez, hace unos días, nos hemos sentado a dilucidar lo etimológicamente imposible, la desestacionalización, además, esta vez bendecidos por la OMT. ¡Dios salve a la OMT! Y otra vez más me da que no hemos dado la talla. En las discusiones, salvo honrosísimas presencias, no estábamos todos los que somos, ni somos todos los que estábamos... Ni por aproximación tan siquiera. Craso error.

Me duele profundamente la ceguera, sobre todo la mía, pero mi dolor turístico más profundo no es mi ceguera, sino el vicio postural que nos mantiene con los ojos entornados mientras algunos formulan avenimientos funambulescos con lo imposible. Los turísticos estamos obligados a revisar nuestros avenimientos con la realidad que nos persigue. No hay otra...

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