28 de junio de 2015
28.06.2015
40 Años
40 Años
Cuaderno de mano

La leña de la cultura

28.06.2015 | 05:00

La cultura es el árbol de mi vida. Sus raíces son el origen de mi curiosidad y la base sobre la que he levantado mi forma de ser en la realidad y en el mundo. Sus ramas significan las diferentes disciplinas que me permiten desarrollar mi trabajo y entrelazar sus posibilidades. Y su copa es la atalaya desde la que volar lejos y más alto, el nido al que regresar las heridas de las alas, y la necesidad de pensar al abrigo del viento frío. Mi cultura es el olivo mediterráneo con su antigua filosofía del viaje, de la resistencia y del ungüento de la vida. La fuerza vital y de carácter para afrontar las inclemencias las aprehendí del pino. Y del cerezo, la enseñanza de las flores del amor y sus frutos. El álamo, la haya, el roble, el fresno. Todos los árboles en pie son los ejes de mi mundo. El himno de la naturaleza humana en la que creo. Por eso no me gustan los leñadores. En mitad de los bosques, sus hachas son el presagio de una muerte por la espalda. El golpe seco para abatir la fuerza erguida y, en su derrota, acometer la hazaña de convertir su tala en un festín liberador al que muchos se unen.

Hacer leña del árbol caído. Que hipócrita creatividad la del hombre cuando se trata de convertir las mezquindades de sus comportamientos y las coartadas de sus supersticiones en refranes didácticos con los que disfrazar la culpa y la ignorancia. Un buen ejemplo es la sentencia que atañe a lo que sucede cuando alguien pierde su autoridad o queda sin protección y enseguida los demás aprovechan para atestar un afilado golpe más, esperando que la suma sea definitiva. Una de las cobardías habituales del ser humano al que le vale cualquier excusa para ajustar cuentas. Sucede todos los días. No hace falta que sean las idus de marzo para que cada jornada un César sea acuchillado por los que en vida ocultaron sus envidias, los chantajes sin beneficio, la falta de criterio que rige sus ambiciones, sus fobias y sus juicios.

La penúltima víctima, el último árbol de mi ciudad, ha sido un escritor. Durante once años, Alfredo Taján ha gestionado el Instituto Municipal del Libro. Presentaciones de libros, ciclos de poesía y literatura, exquisitas ediciones como El Violín de Ingres, coediciones con editoriales como Alianza, Páginas de Espuma, Fundación Lara, reivindicaciones de figuras con un pasado vinculado a Málaga como Hemingway, Cocteau, Bowles, y el fomento de la lectura en institutos de la ciudad. Autores como Vargas Llosa, Juan Goytisolo, Rafael Argullol, Jorge Herralde, Juan Manuel de Prada, Cristina Peri Rossi e Ignacio Vidal Folch entre otros, junto a emergentes como Sara Mesa o Remedios Zafra, habrán gustado más a unos y menos a otros, pero la calidad y actualidad de la mayoría es incuestionable. Todos ellos, además de los premios de novela y ensayo, han contribuido a posicionar Málaga en el panorama cultural nacional como capital del libro y de la palabra. Una labor realizada con un presupuesto ajustado y una demostrada pluralidad ideológica y de corrientes literarias poco habitual en la politización institucional.

A lo largo de estos años, PSOE e IU han reclamado en ocasiones la desaparición de este centro. La izquierda que abandera el valor de la cultura, aunque casi nunca ha asistido a sus eventos en torno a la literatura. Tampoco lo ha hecho Juan Cassá, el concejal de Ciudadanos que ha exigido la extinción del Instituto Municipal del Libro a cambio de favorecer la continuidad del gobierno del alcalde De La Torre. Su perfil profesional es casi una página en blanco en cuanto a la memoria política de Málaga, a la brillantez de su trayectoria en un sector laboral concreto, a su formación o conocimientos en política, y se desconoce si prefiere los best sellers, la narrativa de autor o que la literatura se oferte en un Outlet. Sólo se sabe que, con cuatro años de residencia en la ciudad, ha sido la llave maestra del gobierno municipal, y que prefiere la cultura de las peñas y del folclore. La demanda que, según su trabajo de campo o sus asesores, prefieren los turistas en lugar de la que brindan el Museo Picasso, el Pompidou o el Museo Ruso. Su jaque mate lo avalan algunos periodistas culturales, tampoco frecuentes entre el público habitual del IML, porque opinan que la gestión de Taján no ha trascendido lo residual en la vida cultural y consideran falta de imaginación sus actividades en torno a lo literario. Como si los escritores tuviésemos que hacer performances, propuestas pirotécnicas o contracultura del pasado disfrazada de modernidad en lugar de sentarnos a hablar, a debatir y a fabular con la palabra. No sería extraño que también se pidiese pronto la extinción de los anticuados escritores, cuya idoneidad de existir carece de sentido público e interés social. Es lamentable que siempre se pida la cabeza de la cultura para ahorrar en presupuesto, que se la decapite con tan frágil resistencia, y que se le dispare desde dentro para parecer más puristas o revolucionarios.

Hay que agradecer a Juan Cassá que su primer gesto haya sido el de la valentía de cargarse la palabra, ese espacio desde el que pensar el mundo y su lenguajes, en lugar de usar su hacha contra otros taifas y harenes muchos más gravosos a las arcas, y de los que se desconoce su contribución a la ciudad. Ya sabemos la cultura de Ciudadanos. Más de uno atribuirá mis argumentos a mi amistad con el director del IML, de lo cual no tengo por qué defenderme, mientras otros ocultan sus razones personales, económicas o de otra índole CO2 para celebrar su desaparición, subscribirla o dejar caer sus máscaras para unirse a la fiesta con sus hachas. Sin embargo, mi principal reivindicación es señalar el valor de la palabra que nos inmuniza contra la incultura y nos permite entender, dialogar, traspasar el tiempo, soñar futuros, extraer y aportar magia a la vida.

Talar la palabra significa desertizar el bosque de la cultura. Que poco me gustan los leñadores.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

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