22 de octubre de 2016
22.10.2016
Crónicas galantes

Frigoríficos que dan calor

22.10.2016 | 05:00

Años atrás supimos, consternados, que los tubos de escape de las vacas arrojan a la atmósfera bastantes más gases nocivos que los de los coches. Ahora se repite la paradoja con los frigoríficos y los acondicionadores de aire que, pese a su función de enfriamiento, no paran de calentar en realidad la atmósfera. Mandamases de cerca de doscientos países se reunieron este fin de semana en Kigali, allá por Ruanda, para despejar algunos de los misterios del cambio climático. Y el éxito ha sido extraordinario, por más que no haya tenido gran repercusión en los papeles ni en la pajarera de internet. Menos publicitada, pero más eficaz que la cumbre de París sobre el clima, la reunión de Kigali concluyó en un acuerdo para eliminar los hidrofluorocarburos (en corto: HFC) de las neveras y los aparatos de aire acondicionado. Calculan que la medida rebajará en medio grado el previsto crecimiento de la temperatura en el mundo, lo que no deja de ser un alivio tras los bochornos del último verano. Los hidrofluorocarburos fueron utilizados como sustitutivos de los gases de efecto invernadero, aunque el remedio no fue mucho mejor que la dolencia ecológica. Los HFC tienen un mucho mayor poder de calentamiento de la atmósfera que el mismísimo CO2, con lo que su aplicación no hizo sino ponerle un roto a un descosido. La idea de limpiar este componente de los frigoríficos y otros ingenios de enfriamiento resulta particularmente oportuna ahora que en China –y también en la populosa India– está creciendo el acceso de la población a tales artilugios domésticos. La mejora de las condiciones de vida, más notable aún en el caso de la República Popular, ha creado una incipiente clase media con dinero suficiente para dotar a sus casas de estos equipamientos. Y lo hacen masivamente, como corresponde al ciclópeo tamaño demográfico de ese país. Alguien sugirió que si los 1.300 millones de chinos se pusieran de acuerdo para dar simultáneamente una patada al suelo, el resultado más probable sería un temblor de tierra. Eso fue antes del súbito incremento del nivel de vida experimentado por China tras su conversión al capitalismo, naturalmente. Lo que ahora preocupa ya no es la improbable patada al suelo, sino los hidrofluorocarburos que emanan de los millones de frigoríficos chinos y del sinnúmero de aparatos de aire acondicionado con los que combaten el calor en la India. De ahí la importancia del acuerdo que han firmado la mayoría de los países del mundo en Kigali. El pacto había sido negociado hace ya tres años por Barack Obama y el chino Xi Jinping, que son los que cortan el bacalao. Será por eso que, a diferencia de la un tanto etérea cumbre de París, la de Ruanda incluye un calendario de ejecución, castigos a quienes incumplan lo acordado y ayudas a los países pobres para que puedan pagarse la sustitución de los HFC por productos menos contaminantes y, por tanto, más caros. Todo sea por acabar con la paradoja de que los frigoríficos estén calentando la atmósfera mucho más de lo que la Humanidad puede permitirse. Misterios del clima.

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