24 de mayo de 2017
24.05.2017
En solo 725 palabras...

El misterio de los atriles

24.05.2017 | 05:00

Últimamente veo más gente razonadora que razonable. Y más gárrulos y verbosos y palabreros que floretistas de las palabras. Aunque el asunto es generalizado, donde más visible se hace es en el escenario político. Nuestras tribus políticas, todas-toditas-todas, son más de ruido que de nueces. Caray, tan es así que, demasiadas veces, por más que busco y rebusco en el ruido, nada, no encuentro ni una mísera nuez... Ni una. Solo ruido y más ruido encuentro. En ocasiones, hasta los silencios que entrelazan sus frases son ensordecedores pespuntes que rechinan. Y cuando los susodichos se tropiezan con un atril mitinero, ni te cuento...

Qué apasionante es el misterio de los atriles... Ocurre más o menos así: él o ella, da igual, se aproxima al atril. Mide la distancia. Sin apoyarse en él, lo acaricia, amigablemente, para comprobar que no muerde, creo. Mientras acomoda el micrófono, inspira y espira profundamente. Después, vista al frente, con ambas manos se ase al atril y se funde con él. Y justo ahí la magia del atril comparece: y los tímidos se vuelven narcisos, y los disfémicos, lenguaraces, y los pusilánimes, fanfarrones, y los desmazalados, hiperactivos, y los afónicos, barítonos dignos de récord Guinness. ¡¿Qué tendrán los atriles, tú...?! ¿Magia...? ¿Ciencia infusa, acaso...?

Sobre este particular, el recentísimo proceso de primarias del PSOE –enhorabuena don Pedro– ha venido a enriquecernos la experiencia adquirida durante la yincana electoral perpetrada en los últimos tiempos. Su proceso ha sido un excelente proscenio para contemplar los atriles y sus misterios. Se daban todas las condiciones para ello. Solo tres actores, y entre ellos: agresividad ausente, compañerismo omnipresente, generosidad a mansalva, empatía deífica, respeto, lealtad a los códigos de honor, elegancia, señorío, cariño a raudales... O sea, la re-le-che. Como escribí hace poco, se trataba de demostrar la perfecta representación de un misterio de la Santísima Trinidad sui géneris, y lo demostraron: tres candidatos distintos y un solo PSOE verdadero.

-¡Que no, caray, que no, que no estoy siendo irónico...! ¡No, tampoco sarcástico...! ¡Que lo mío no es chanza...! ¡Ni mordacidad! ¡Qué no, en serio, que no lo digo con retintín, que no satirizo...!

Los atriles mitineros, obviamente, transformaron a los tres aspirantes, eso sí, a una más, a otro menos y a otro aún menos todavía. Don Pedro fue más tecnócrata en el lenguaje y más cool en las formas. Su tono fue contenido. Su mensaje, cacofónico, y a veces desmesurado y utópico. Y mitineó de humildad, pero no muy convencido. Al atril se le veía cómodo con don Pedro.

La flor de la mesura estuvo prendida del ojal de don Patxi y de su atril durante todo el proceso. Supongo que el quorum, que fue cortito, algo tuvo que ver. Don Patxi y su atril fueron más intimistas, menos trumpistas, más coloquiales, más cercanos, menos aulladores y, sobre todo, menos esclavos del tono pseudoautoritario de los otros dos aspirantes. Puede que don Patxi hubiera preferido otra cosa, pero no...

El contrapunto a la mesura lo puso doña Susana, summa cum laude en vehemencia trianera. Voz en grito allende las haya. Mujer hecha grito. Grito a galope tendido. Grito perseguidor de un tono felipista, al que no llega, y remedo de la armonía gonzaliana, que no alcanza. Aún le queda conservatorio por hacer... Y puede que hasta ni así, quién sabe. Sentimientos jóvenes y pensamientos viejos son un cóctel atrayente, pero si entre la juventud de los sentimientos y la vejez de los pensamientos la diferencia es excesiva, el proyecto enferma y muere, sin remedio. Demasiada antañada en el mensaje y demasiada antigualla en las formas de doña Susana, quizá. Demasiadas palabras amontonadas para tan corto mensaje, tal vez. Su atril se mostraba incómodo, y cuando los atriles se incomodan, mejor cuerpo a tierra. Nada impide tanto ser natural, como el deseo de serlo. Lo dijo François de la Rochefoucauld. Y puede ser que por ahí vayan los tiros...

Cuando los terrícolas vamos más de razonadores que de razonables, nunca debemos aproximarnos a los atriles, porque a estos adminículos los carga el diablo. Si no, rememoremos el momento en que doña Susana, hace unos días, refiriéndose expresamente a don Pedro, dijo aquello de ¡sí, todos quieren ganar, pero no todos ganamos...!, malogrando, así, la hermosa oportunidad de haber guardado silencio que le brindaba el destino. Cosa de los atriles y sus misterios, digo yo...

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