26 de mayo de 2017
26.05.2017
Las cuentas de la vida

Por el ojo de una aguja

26.05.2017 | 05:00

En su reciente Por el ojo de una aguja (editorial Acantilado), el historiador Peter Brown traza un fresco monumental sobre la caída del Imperio Romano y el papel del cristianismo emergente como elemento vertebrador de Occidente. Por sus páginas desfilan San Agustín y San Jerónimo, las herejías y los ascetas, las hordas bárbaras y la aristocracia romana, la opulencia y el hambre. Es fácil –y tentador– plantear similitudes con el mundo actual, sobre todo cuando observamos con detenimiento los miedos y anhelos de ambas épocas: la erosión de los valores tradicionales, las olas migratorias, el déficit crónico del Estado, las dificultades de las clases medias –que en aquel tiempo venían a ser la pequeña aristocracia de las provincias–, las visiones apocalípticas –o también utópicas– de un futuro que se percibe a veces amenazante, casi siempre ajeno. Si en nuestros días la debilidad de Europa nos empuja a un pesimismo no exento de temor, el estado de ánimo general en la sociedad romana del siglo V no era muy diferente. Hacia la década del 440, «por primera vez en la Galia meridional –leemos en el libro de Brown–, había personas serias que comenzaban a permitirse pensar lo impensable: ´¿Por qué la situación de los bárbaros es mucho mejor que la nuestra?». Influidos por el crecimiento espectacular de los países asiáticos, hoy nos planteamos si el siglo XXI pertenecerá efectivamente a China y sus satélites o si, a pesar de todo, la Pax Americana perdurará algunas décadas más. La respuesta más honesta es que nadie lo sabe. Por supuesto, la distancia entre mundo actual y lo que sucedió durante los siglos de decadencia del Imperio Romano es enorme: del peso de las instituciones a la importancia de la tecnología, de la riqueza presente en las distintas sociedades al peso acumulado de la experiencia. Vivimos –es indudable– la época de mayor prosperidad conocida, lo midamos en renta per cápita, en esperanza de vida, en tasas de alfabetización, en acceso al agua potable o a una vivienda digna, en el reconocimiento de libertades y derechos, en los niveles de protección social... Pero todo ello no excluye que el miedo a lo desconocido se agazape los estratos más íntimos de la conciencia humana. Y que los ciclos de auge y decadencia constituyan una constante a lo largo de la Historia, casi siempre –como argumentó exhaustivamente Paul Kennedy en un conocido ensayo– debido a cuestiones fiscales. La lectura que hacía un oscuro sacerdote galo, Salviano de Marsella, a mediados del siglo IV era prácticamente la misma. Las necesidades fiscales ante el colapso de los ingresos obligaban a las autoridades a subir los impuestos de forma continua, los cuales a su vez recaían sobre las clases más humildes que acababan en el cautiverio o la esclavitud. «¿Acaso hay algún lugar –se preguntaba Salviano– donde los concejales no devoren las tripas de las viudas y de los huérfanos, y hasta del clero?». El título de prefecto, insistía, «confiere una licencia para el pillaje [...]. Se destruye el mundo entero para que unos pocos sean ilustres». El aniquilamiento fiscal de Roma, unido a la metástasis de la corrupción, dio paso a una sociedad prefeudal donde la pequeña aristocracia y los campesinos con tierras se veían obligados a vender su patrimonio para pagar las deudas tributarias. La consecuencia final fue algo parecido a la esclavitud. La similitud con nuestro tiempo nos da algunas pistas interesantes: la importancia del equilibrio fiscal, por ejemplo, o la necesidad de moderar las cargas tributarias sobre las clases medias y trabajadoras. La venta de los bienes patrimoniales, que conducía finalmente al cautiverio, nos recuerda que el empobrecimiento de la sociedad constituye un proceso paulatino que durante un tiempo podemos enmascarar con un baile de disfraces –»Roma reía, mientras moría», escribió Salviano–, pero que no puede perdurar. Quizás el signo más inquietante para la Europa de hoy sea el aplastante peso de la deuda pública y privada, que destruye naciones, familias y empresas; que divide la sociedad entre acreedores y deudores, y que obliga a realizar ajustes continuos o a alimentar el fuego de la inflación. Y la frivolidad de tantos nos recuerda la risa espectral de Roma mientras se hundía.

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