05 de junio de 2017
05.06.2017
Sol y sombra

Happy birthday, señor presidente

05.06.2017 | 05:00

John Fitzgerald Kennedy, trigésimo quinto presidente de Estados Unidos, habría cumplido el pasado 29 de mayo cien años si los impactos de bala de la calle Elm de Dallas no le hubieran hecho salir abruptamente de la leyenda para entrar de bruces en la historia con apenas un trienio de mandato en la Casa Blanca. Ese cumpleaños probablemente jamás se hubiera producido por lo limitada que es la existencia, pero tampoco hubo posibilidad de comprobarlo.

Había visto por vez primera la luz en 1917, en el hogar de sus padres en Brookline, Massachussetts, a las afueras de Boston. El primer cumpleaños fue allí y Kennedy no dejaría de celebrarlos de manera sonada, el más famoso de ellos en el Madison Square Garden, en 1962, cuando Marilyn Monroe, vestida de lentejuelas y con una voz entrecortada le ronroneó: Happy birthday, mister president.

O más tarde, en 1963, a bordo del Sequoia, en el río Potomac, de Washington, el día en que ebrio persiguió hasta el baño de mujeres a Tony Bradlee, la esposa de Ben Bradlee el periodista que más tarde dirigiría el Washington Post en su etapa periodística más brillante cuando destapó el caso Watergate y puso a Nixon contra las cuerdas. Aquel del Sequoia fue su último cumpleaños antes de que dejase de celebrarlos para siempre: el número 46 de su corta vida.

Los Kennedy y dos docenas de invitados abordaron el yate presidencial para un crucero, con cena y fiesta. Además de la familia, los amigos y un par de agentes del Servicio Secreto, la lista incluía, entre otros, a David Niven, Peter Lawford, Bradlee, su mujer Antoinette Tony Pinchon, Sargent Shriver y esposa. A la fiesta, organizada por la primera dama Jacqueline Kennedy, también acudió Mary Pinchot Meyer, la de hermana de Tony, que había mantenido una relación amorosa con el presidente. Bebieron cócteles y comieron canapés en la cubierta hasta que la lluvia los empujó adentro. De una revista heredada de entonces, creo que Life, conservé hasta no hace mucho unos recortes de la fiesta de cumpleaños donde las fotos muestran a los invitados, hombro con hombro sentados en la cabina de techo bajo, con músicos tocando el acordeón y la guitarra. El menú de la cena consistió en carne de cangrejo, pasta, espárragos con salsa holandesa y entrecote, todo ello regado con champaña Dom Pérignon.

En los días previos a su último cumpleaños, el presidente de Estados Unidos había estado practicando juegos malabares con el conflicto racial y la guerra. En una conferencia de prensa dijo que confiaba en que el nuevo gobernador de Alabama, George Wallace, cumpliese con las leyes en contra de la segregación para no tener que ordenar un despliegue de tropas federales. Respondiendo a otra de las preguntas de los periodistas, Kennedy declaró que no podía prometer la retirada de tropas en Vietnam porque tampoco era el momento indicado para dejar de combatir.

Había que relajarse de las tensiones. La fiesta, que empezó a las ocho de la tarde, se prolongó hasta pasada la una de la madrugada. El grado etílico era importante, según contó posteriormente en sus memorias presidenciales Ben Bradlee, quien explicó que todos más o menos a ciertas horas avanzadas se encontraban beodos. El más, Ted Kennedy, hermano menor del presidente, que según el legendario periodista del Post en algún momento de la noche perdió de modo misterioso una de las perneras de su pantalón.

Seis meses después las balas asesinas hicieron escapar al jovial presidente de los cumpleaños de las querellas de su tiempo. Además de la sospecha que rodeó su muerte, se llevó con él todas las cualidades de América.

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