05 de junio de 2017
05.06.2017
Tribuna

Patria

05.06.2017 | 05:00

Patria, la novela de Fernando Aramburu, es la novela del año. Patria, de Aramburu, es un raro hallazgo. Dado el aluvión de premios, parabienes y admiradores de toda laya que va congregando creo que estamos ante lo que se llama un Cisne Negro. La teoría del Cisne Negro la desarrolló Nassim Nicholas Taleb en el año 2007 para explicar sucesos imprevistos que alcanzan un gran impacto y que solo son explicados retrospectivamente. Cisnes negros serían Internet, el ordenador personal o los ataques del 11-S, por ejemplo. Lo que Taleb explica en su maravilloso libro es que nuestro mundo, incluso nuestra vida afectiva, avanza gracias a unos cuantos Cisnes Negros. Lo que autor quiere señalar, en último extremo, es la fragilidad de cualquier sistema de pensamiento.

A juzgar por la repercusión social de la novela, su enorme éxito en ventas y por la pléyade de colegas y políticos que se han vuelto fieles devotos de la obra (¡bendita metoclopramida!) podemos decir que a Fernando Aramburu le ha crecido un Cisne Negro. Mi más cordial enhorabuena a quien lleva años contando la misma historia sin que casi nadie se diese cuenta.

Para mi tristeza, con Patria o sin Patria, la realidad es que ETA ha entregado las armas pero que la trama social y mental que la sustentó durante 50 años sigue intacta. Y esto es lo que me interesa: los mecanismos psicológicos que aún mantienen a la gente atemorizada. A este respecto la filósofa Hanna Arendt ha pasado a la historia por una expresión tan confusa como afortunada: «la banalidad del mal». No hay ningún mal que sea banal pero sí es cierto que el ser humano corriente, el buen ciudadano, puede transformarse en un animal salvaje. Las ideas de Arendt se difundieron durante el juicio al jerarca nazi Eichmann en Jerusalén. Eichmann, que solo reconoció que acataba órdenes, fue condenado a muerte en 1961. Tres meses después, un avispado psicólogo llamado Stanley Milgram comenzó unos experimentos para intentar explicar el grado de culpabilidad de los ciudadanos alemanes en la masacre nazi. Las conclusiones de Milgram están en su libro Obediencia a la autoridad (1974) y nos muestran un perfil muy poco agraciado del ser humano. Escribe Milgram: «Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio».. O sea, que el confuso idealismo de Arendt se vio refutado por la experimentación científica que es la que, antes que la especulación, debe ordenar el mundo.

Hace unos días leí que cierto investigador del terrorismo etarra dividía a los ciudadanos vascos en cuatro grupos: los asesinos etarras, los que les apoyaban, los indiferentes y las víctimas. Esto, con matices, me parece acertado.

Lo que me parece más relevante de Patria es que saca a la luz, por primera vez en una obra literaria sobre el tema, a los indiferentes, a los que en la batalla nunca fueron noticia de portada. Casi todo el discurso sobre el terrorismo en Euskadi lo han escrito los asesinos, sus avalistas políticos o las víctimas y su entorno. Pero apenas nada se ha sabido de los indiferentes, de los silenciosos, de los que ni siquiera daban el pésame a los familiares de las víctimas, de los que volvían la cara cuando a Fernando Savater y a su gente de ¡Basta ya! les escupían por la calle o de los que bajaban la mirada cuando cualquier matón les interpelaba por sus relaciones con los enemigos de la patria vasca.

El experimento de Milgram explica fácilmente la conducta gregaria cuando una autoridad reconocida como temible ordena que se cumplan órdenes por brutales que sean. Pero ya han callado las armas. Ahora ya no hay lugar para la indiferencia, ésa a la que Aramburu interpela.

Entre los indiferentes hay al menos dos bandos: algunos buscan justificar su cobardía diciendo que gracias a su exquisita y dolorosa equidistancia se evitó una guerra civil abierta. Hemos oído ya a tantos cínicos que unos pocos más no importan. Pero hay una gran cantidad de indiferentes, de quietistas, de desapegados, de pasotas que sienten vergüenza y una intensa culpa ante lo que hicieron, que les repugna su actitud en el pasado, que ahora bajan la cabeza cuando les mira algún vecino de los amenazados o golpeado.

En la elaboración de la culpa por estos indiferentes que ahora se sienten afectados, en su resolución por no volver a repetir la historia, en su compromiso por desmontar el entramado del miedo y de la obediencia ciega y desalmada, es donde está la paz y el fin de ETA y su reinado. El día que más de medio millón de vascos se atrevan a hablar y a explicar uno a uno que pasó «aquellos-años-en-los-que-fui-un-cobarde» veremos de cerca el futuro «juntos los distintos». Fernando Aramburu les ha abierto la puerta. No pueden vivir como si nada hubiera sucedido. No necesitamos más entrevistas con asesinos arrepentidos ni siquiera con víctimas o sus deudos. Es necesario que hablen los que callaron, los que se refugiaron en la complicidad del silencio. Los que hicieron que el País Vasco fuera «un lugar donde miles de vascos van con escolta y más de dos millones no se enteran». Solo el día que estos indiferentes se atrevan a dar la cara la paz habrá ganado.

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