14 de junio de 2017
14.06.2017
En solo 725 palabras...

Llaves y cerraduras

14.06.2017 | 05:00

La cerradura es uno de los inventos que mejor explicita cómo el hombre no se fía del hombre. Alguno, ni de sí mismo se fía. ¿Tendrá Ignacio González cerraduras en sus hemisferios cerebrales y en sus fosas nasales y en sus oídos y en sus dídimos, que eviten que un par se inmiscuya en la vida y milagros del otro par? Durante un tiempo, España entera tuvo curiosidad por el cuaderno azul del presidente Aznar. ¿Tendría cerradura aquel cuaderno? ¿Y el baúl de los silencios del presidente Rajoy, tendrá cerradura? En realidad, da igual... El tiempo lo descerraja todo. Obsérvese, si no, la creciente incontinencia verbal del presidente González, o la del presidente Aznar, que además de creciente está crecidísima, o la del presidente Zapatero, que ya apunta maneras... La cerradura de los silencios del presidente Rajoy también cederá. Tiempo al tiempo, si no...

Las cerraduras modernas han perdido el encanto que les otorgaba su naturaleza de otrora, y han erradicado de su universo algunas pulsiones del homo sapiens. Las cerraduras ya no tienen ojos, ni grandes ni pequeños. Aquellos ojos de entonces, abiertos de par en par, ahora son ranuras ciegas y angostas, encintadas de rotores, levas, embragues, pitones y muelles, que ni ven ni dejan ver. Las llaves tampoco son lo que eran, ni evocan las mismas alegorías, ni las mismas parábolas. Entonces, las llaves y las cerraduras se unían en matrimonio y lo consumaban múltiples veces al día. La poligamia no existía en su mundo. La norma era: una cerradura, una llave. Ahora, sin embargo, las llaves y las cerraduras se alían, sin más misión que la de abrir y ser abiertas...

Aquel matrimonio de entonces era otra cosa... Más allá de su propia razón de ser, especialmente las cerraduras, poseían una magia que empujaba a la metáfora. Todas las cerraduras y sus llaves tanto eran la llave y la cerradura de la libido y de la lascivia, como la del instinto explorador de los espíritus inquietos. Tan emocionante era mirar a través del ojo de una cerradura cerrada a cal y canto durante lustros, para descubrir el misterio que guardaba aquella oscura habitación, como aspirar a que la suerte nos premiara permitiéndonos contemplar el contorno de los turgentes senos caídos hacia arriba de la hermana mayor de mi amiguito Antonio Jesús, que con su altivez desafiaban a don Isaac y a su ley de la gravitación universal.

Desde que el hombres es hombre y la cerradura, cerradura, las puertas cerradas han sido parte de la inspiración, de la motivación y de la aventura. Y hasta de la sanación de algunos trastornos, me atrevo a decir, porque no fueron pocos los homo que se volvieron erectus solo después del encuentro con una cerradura que les cambió la vida.

Después, con el tiempo, ya desojadas y ciegas, y preñadas de embragues y levas y pistones y muelles, las cerraduras se vieron afectadas de anafrodisia severa. Y las llaves, temerosas de ser presas del mismo mal, se mudaron del mundo mágico de las metáforas al mundo más prosaico de la fontanería, las artes marciales y la mecánica, que precisan de llaves para todo, menos para lo que las llaves de antaño servían. Una pena..., porque, hoy, las llaves, como metáforas, están tan manoseadas que han perdido la donosura que un día tuvieron.

En el sentido turístico, por ejemplo, desde la capital del reino, Turespaña tontea con un dónde está la llave, matarile, rile, rile... que abra la cerradura del turista cosmopolita, cosa que más parece entelequia que brillantez estratégica, si nos atenemos a la realidad estructural de determinados destinos. Y, desde Andalucía, la Empresa Pública para la Gestión del Turismo tontea con el mismo matarile, rile, rile..., pero en su caso buscando la llave de la cerradura que permita implementar un sistema unipersonal verticalizado que adapte la empresa a la persona, en lugar de lo contrario. O sea, rechinamiento y torpeza en estado puro, y mala simiente...

Tu puerta tiene una llave / que para todos rechina. / En la tarde hermosa y grave, / ni una sola golondrina. El verso lo escribió Miguel Hernández y hoy se me apetece compartirlo con cuantos no recordaran aquellas llaves y aquellas cerraduras que tanto nos descubrieron, y, también, con todos los poseedores de llaves rechinadoras que aún no conocieran el verso del maestro, porque los alude.

¡Va por ustedes...!

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