27 de junio de 2017
27.06.2017
Columna abierta

¿Amnesia u omertá?

27.06.2017 | 00:14

La depuración judicial de responsabilidades en el superpoblado arcoiris de los corruptos tropieza con una desmemoria pandémica. Lo que tanto se criticó en las comparecencias de Cristina de Borbón ante el tribunal del caso Nóos se está generalizando como estrategia autodefensiva de los políticos, sean investigados o testigos. Nadie sabe nada, nadie recuerda lo que pasó ni cómo, a nadie le constan los hechos por los que son llamados a declarar. Hasta lógico parece que esto ocurra, teniendo a la vista la absolución de la infanta. La amnesia de quienes ocuparon la primera línea de gobierno, o sus familiares –caso Pujol– suele desaguar en cínicas quejas por la lentitud de la Justicia, que es real y perniciosa; pero a veces trae causa del silencio tenaz que en otras culturas llaman omertá. Y no hablemos de los delitos que prescriben por la misma lentitud, inmediatamente esgrimidos en su defensa por los encausados.

Sistémica, o no, la corrupción acosa tanto al PP como a sus justiciables. El «y tú más» contra el PSOE por los ´eres´ de Andalucía se desinfla con los errores o inconsistencias de la instrucción de la juez Alaya, que ya motivó algunas absoluciones. Los expresidentes Chaves y Griñán también pueden salir limpios, se comenta en medios jurídicos, o con penas simbólicas en el peor de los casos.

Frente a esto, la trama que rodeaba a Esperanza Aguirre como presidenta de la Comunidad de Madrid está entre rejas o en libertad vigilada mientras progresa la instrucción contra sus lugartenientes. Uno de ellos, que también fue presidente de Madrid, sigue en prisión. Y al de Murcia le han hecho dimitir. Las acusaciones de ida y vuelta son bumeranes capaces de abatir a quien los lanza. Motivos hay, pero lo importante es que todos, del color que sean, paguen sus culpas y devuelvan el corpus delicti, o sea lo que robaron.

Sin prejuzgar nada ni a nadie, los amnésicos deberían entender que su desmemoria no es creíble, y el solo hecho de invocarla mueve a pensar lo peor. Al fin, todas las fuerzas políticas del país se manifiestan contra la corrupción. No es lo mismo que perseguirla con los medios legales al alcance y los que haga falta legislar, pero debería de serlo para atajar la ignominia por muchos años. No «siempre», porque la condición humana es muy diversa y los cuadros políticos militan en el puritanismo calvinista. El que no haya una norma coercitiva para la devolución de los recursos que son de todos, y el que los morosos fiscales sigan tan campantes si pagan como si no, son estigmas generadores de la desconfianza social en las cúpulas políticas que, si están limpias, no deberían solaparse en milongas desmemoriadas. Los verdaderos corruptos acaban cayendo y es una pena que los honestos se dejen contaminar por la sospecha. Es muy deprimente conocer las mejoras sociales que podrían financiarse con lo robado y lo no tributado.

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