01 de septiembre de 2017
01.09.2017

No es plan

01.09.2017 | 00:18

El cambio climático ha llegado a nuestro dormitorio. No al mío y al de mi cónyuge, que también, sino al dormitorio de todos en general. Hasta ahora, se trataba de algo que ocurría ahí fuera. Salías de casa y lo notabas enseguida porque en el invierno ya no necesitabas abrigo y en verano, aunque te fueras al norte, podías prescindir prácticamente del paraguas. Pero un día te metiste en la cama y resulta que la temperatura o la humedad no se correspondían con la hora, ni con la época. ¿Qué ocurría? Que te habías acostado con el cambio climático. Significa que ya no era un concepto, sino un compañero de cama. Cuando las ideas abstractas se cuelan en el domicilio particular devienen en concreciones amargas. Así, el dicho según el cual toda familia guarda un cadáver en el armario tiene gracia mientras no pasa de refrán. Cuando da el salto de frase hecha a hecho consumado, mal asunto. Si llaman de madrugada a tu puerta, será la policía, no el lechero.

El cambio climático se puede seguir en directo. Te sientas a ver el telediario de la noche y ves cómo el granizo y la lluvia azotan el tejado de tu propia casa, incluso puedes verte a ti mismo achicando el agua de los bajos mientras dices a la cámara que esto no había pasado nunca. Cuando pasa lo que no había pasado nunca, te ves obligado a realizar unos ajustes mentales en los que la realidad suele ganar el pulso. El pensamiento de que a no mucho tardar media España será un desierto ha abandonado de súbito el mundo de las ideas para trasladarse al mundo de las cosas. La relación entre el mundo de las ideas y el de las cosas ha sido conflictiva desde Platón. No es lo mismo un temporal imaginado que un temporal sucedido. Hasta ahora vivíamos en el mundo de los imaginados, pero eso se acabó.

El primo meteorólogo de Rajoy debería tomar nota y asesorar bien al presidente del Gobierno. Nosotros no tenemos ni idea del asunto, somos de letras y siempre hemos mirado la sección de El Tiempo de los telediarios como una curiosidad repleta de isobaras y presiones atmosféricas. Nos gustaba la familiaridad adquirida con el anticiclón de las Azores. Pero es que el anticiclón se nos ha metido en la cocina. Y no es plan.

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