05 de septiembre de 2017
05.09.2017
360 grados

El tecnoliberalismo integral de Emmanuel Macron

05.09.2017 | 05:00

Al menos hay que reconocer que, a diferencia de su predecesor socialista, François Hollande, el tecnoliberal Emmanuel Macron no ha engañado a quienes le votaron.

Dispuesto a cumplir su programa de ´reformas´ –¡menudo eufemismo!– y a fin de atraer inversiones y reducir un desempleo crónico, su Gobierno ha presentado un programa destinado a flexibilizar la contratación laboral y el despido.

Está haciendo lo que ya hicieron antes que él los jóvenes leones de la Tercera Vía y hoy millonarios asesores y consejeros de empresas Tony Blair y Gerhard Schroeder, y lo que aquí debemos al segundo Gobierno de Zapatero y a Mariano Rajoy.

Es el modelo que se sigue en Europa y que Macron justifica porque el viejo modelo «protege muy bien a los ´insiders´ (los que ya tienen trabajo y un contrato estable) a costa de excluir a los jóvenes y a los menos cualificados».

Como otros antes que él, Macron aspira a debilitar todavía más a los sindicatos, permitiendo entre otras cosas la negociación de salarios, horarios y condiciones laborales en el marco de las empresas en perjuicio de la negociación colectiva.

Macron ya anunció el pasado 15 de junio en el salón tecnológico VivaTech su proyecto tecno-liberal de convertir a Francia en lo que llamó una «nación start-up: una nación que trabaje con y para las start-ups y que piense y avance como una de ellas».

«Bajando el impuesto de sociedades –explicó entonces– reduciendo las cargas salariales y empresariales, simplificando los mecanismos de estímulo de la innovación (?), crearemos un contexto más atractivo que permitirá a los empresarios triunfar más rápido». Se trata de eliminar obstáculos y despejar el camino para el mundo de los negocios, ´reformar´ el código laboral, la seguridad social, los servicios públicos, las pensiones y reducir la carga fiscal que soportan las empresas a fin de estimular las inversiones.

Entusiasta de todo lo digital, quiere digitalizar al propio Estado porque, éste «no entenderá las apuestas de ese nuevo mundo que se abre más que si él mismo se convierte en un actor digital». Al adaptar lo digital, el Estado ganará, según él, en productividad y eficacia. Las consecuencias –despido de funcionarios, cierre de oficinas de la Administración y desamparo del sector más pobre de la población– parecen sólo minucias al lado del brillante porvenir que se anuncia.

Como comenta con claro sarcasmo uno de sus múltiples críticos franceses: «Empresarios, tenéis las manos libres. El país es vuestro. Aprovechaos bien de esta nueva nación start-up, esta Francia vendida a los robots».

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