09 de septiembre de 2017
09.09.2017
Porque hoy es sábado

Históricos nacionalismos histéricos

09.09.2017 | 05:00
Imagen del pleno del Parlamento catalán del pasado jueves.

Hay odio. Resulta difícil sentirlo al mirar el muelle uno de Málaga, el puerto al fin incrustado en la ciudad, el mar abrazándola casi, desde la terraza del hotel Málaga Palacio, bajo la luna redonda y amarilla como una calabaza abierta -esa luna que, como la de fresa, ocurre cada varias décadas y ahí estaba anteanoche–. Pero ver a esa señora quitando banderas como si fueran trapos sucios tendidos en los escaños del Parlament de Cataluña lo evidencia y desasosiega bastante. Las banderas que son símbolos constitucionales en las democracias homologadas representan a la gente. Y, al margen de patriotismos irracionales que anteponen el trapo a las personas, merecen ser tratadas con educada inteligencia y un mínimo de respeto.

La niebla

Ya sé que las banderas las dejaron allí los parlamentarios del PP, senyeras catalanas (devenidas de la antigua corona de Aragón) y banderas españolas juntas en un gesto político. Pero esa diputada de Podem se cree investida de la autoridad moral que no tiene para ser más podemita que Podemos y tomarse la injusticia por su mano. No recordaré ni su nombre, aunque las redes sociales se encargan de que termine siendo conocido hasta más allá de la frontera de México (país tristemente golpeado por ese terremoto de más de ocho grados en la escala de Richter). Fue tan maleducada esa señora, y tan irresponsable, que la reprendió la propia presidenta del Parlament, Carme Forcadell (manifiestamente independentista, a quien incluso el letrado mayor y el secretario del Parlament advirtieron de la ilegalidad de lo que estaba ocurriendo en sede parlamentaria y le negaron su firma). Aunque es verdad que la reprendió sin demasiada determinación, con apenas un hilo de voz, entre agotada y alucinada. Parecía perdida en una niebla que encierra todos los males, como en aquel aterrador relato de Stephen King.

Nacionalismo de izquierda

Conviene recordar que los nacionalismos son movimientos burgueses que surgen en el siglo XIX y alimentaron las peores guerras. Contra ellos se posicionó siempre la izquierda, internacionalista por definición original. Por eso, para mí está por entender que, durante los años de plomo etarra, muerto ya Franco, la izquierda vasca de Herri Batasuna avalase la aspiración independentista de Euskal Herria, «comprendiendo» políticamente el terrorismo y alimentando a los golpistas de la extrema derecha, siempre tan dispuestos a «resolver» las cosas, contra la entonces aún incipiente democracia. Es más lógico el nacionalismo del PNV, más fácil comprender su historia novecentista, y más si se lee a su faro ideológico, Sabino Arana (poco amante de las gentes de este sur andaluz desde el que escribo, por cierto). Igualmente burgués es el nacionalismo catalán de Convergencia y Unió y sus herederas formaciones políticas. La diferencia en la práctica con el PNV es que la democracia catalana se entregó a Pujol, molt honorable, y a toda su familia, cuyas incautadas fortunas y su incansable turismo judicial son su revelador legado.

Iceberg catalán

Ya es tarde para culpar a Rajoy y su inacción ante el iceberg catalán. Y no sólo Rajoy no ha estado fino ante el suflé catalán, ni el suflé ha subido en los últimos años, sino que se fue cocinando mucho antes. Desde los 80 Felipe González y luego Aznar pactando en catalán (qué hermosa lengua, por cierto) en la intimidad, y después Zapatero con sus desatadas promesas, fueron entregando herramientas de estado y tajadas de IRPF que aprovechó para sí el insaciable nacionalismo catalán –todos los nacionalismos son insaciables por naturaleza–. Ibarretxe fue con personal nobleza al Congreso a que le tumbaran su plan. Puigdemont no. Ahora, juntas la izquierda y la derecha soberanistas, han asestado la puñalada al mismo estado español que fundamenta el autogobierno de Cataluña. La mala suerte está echada.

Verano 1993

Pero echar las culpas a quienes no han votado la resolución ilegal de desconexión de España ya no resuelve nada ni es justo. Hay ciudadanos en Cataluña que ya no reconocen como catalanes a quienes también se reconocen españoles. Y ciudadanos catalanes que ya no se reconocen también españoles por miedo, puro y duro, a que eso les estropee sus vidas. Nadie ha querido incidir, siendo políticamente correctos para no molestar a quienes lo iban promoviendo, en que hay desprecio en los ambientes más catalanistas, afectando en mayor o menor medida y según en qué mentes, incluso odio alimentando visceralidades políticas. Me lo dicen quienes allí llevan tiempo respirándolo. Y no son cuatro fachas que pretenden aprovechar la oportunidad del separatismo para legitimar su reduccionismo tribal. La película Verano 1993, que competirá representando a España para optar a la terna por el Oscar en habla no inglesa, obtuvo la Biznaga de Oro en el 20 Festival de Málaga. Una película española hablada en catalán, subtitulada en castellano. Véanla, es delicada y hermosa? Porque hoy es Sábado.

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