24 de octubre de 2017
24.10.2017
Las cuentas de la vida

Focos de la verdad

Viajamos para descubrir diferencias sutiles, sobre todo porque sólo podemos compartir aquello que nos separa. Y sólo aquello que nos distingue también nos enriquece

24.10.2017 | 05:00

Me gusta viajar para descubrir matices: diferencias sutiles en el paisaje, en la arquitectura, en el comercio, en las gentes. Visitar los mercados y las tiendas, los cementerios y las iglesias nos permite pulsar el corazón de las sociedades. Recuerdo que, hace años –décadas más bien–, Jorge Oteiza, el escultor de Orio, solía repetir que «los siglos se abrevian con la educación» y esta es una realidad no muy difícil de constatar cuando viajas dispuesto a dejarte cuestionar por la superficie de las cosas. Una calle ordenada, limpia, pulcra de Alemania, frente a los contenedores desbordados de basura de nuestro país; los espléndidos jardines de la pequeña Inglaterra –una tonalidad deslucida del verde, como sus infraestructuras públicas gastadas y antiguas, pero adecentadas, cuidadas con mimo–, frente al abandono de los parques que languidecen en nuestras ciudades. Son matices que explican muchas cosas, es decir, que la calidad de vida se mide por lo pequeño y no por lo grande, por los gestos cotidianos y no por la épica falaz de las utopías, por la vida civilizada de los cafés –esas huellas de Europa que quedaron borradas de Oviedo durante la Revolución de 1934, según cuenta Josep Pla– y no por la exaltación masiva de las calles. Viajamos para descubrir diferencias sutiles, sobre todo porque sólo podemos compartir aquello que nos separa. Y sólo aquello que nos distingue también nos enriquece. El motivo es muy sencillo: descubrimos quiénes somos en relación con los demás. Nadie –insisto, nadie– es el foco de su propia verdad como pretenden los creyentes de cualquier ideología, sino que para comprender la condición humana –también a nosotros mismos– necesitamos estar abiertos a la luz y a la oscuridad de las personas que nos rodean y con las que compartimos la vida, a las lenguas que no conocemos y a las que nos son familiares, al dolor ajeno y también a su alegría. San Agustín afirmaba algo así como que somos en la medida en que nos situamos ante el ser humano –Agustín decía ante Dios, pero en formato laico su argumento sigue siendo válido–, precisamente porque nos dejamos sondear por la realidad de las vidas ajenas, aunque sean compartidas. Siglos más tarde, otro filósofo, el danés Soren Kierkegaard, desarrollará esta idea hablando del temor y el temblor existencial: nuestro verdadero rostro emerge cuando se nos pone a prueba y nos hallamos expuestos frente a nuestras propias contradicciones. Viajamos o leemos para ensanchar el ámbito de nuestra intimidad con los matices de las diferencias sutiles. Es lo contrario a la homogeneidad y la rigidez propias de quien busca sólo verse reflejado a sí mismo en lo que lee o en lo que contempla. Se trataría de un ejemplo claro de la presencia –o ausencia– de lo que se puede denominar la imaginación moral y que no consiste sino en la capacidad de ir ampliando de forma incluyente el espacio de la pluralidad y la convivencia. Si vivimos en el mejor de los mundos conocidos hasta ahora, es precisamente porque las sociedades han conseguido –a menudo con sangre, sudor y lágrimas– que las democracias sean más inclusivas, es decir, que toleren mejor las diferencias ideológicas, de credo, del color de la piel o de clase social: un mundo, diríamos, en el cual las fronteras y los pasaportes cuenten cada vez menos, como sucede en la Europa contemporánea. Las sociedades que aman los matices constituyen democracias mucho más responsables y sensatas, precisamente porque descansan sobre un fundamento mucho más real: la naturaleza contradictoria de la condición humana, que madura con dificultad en base a caídas y errores, y cuya identidad es plural y difusa. Por supuesto, en una sociedad inclusiva nadie debe ser urgido a declarar cuál es su fe, su credo o sus ideales –no hablo del espacio de la equidistancia, sino de la libertad individual y del respeto, que son los valores esenciales para preservar la verdad–. Y es gracias a esa libertad que nos pone en contacto con los demás y facilita una saludable pluralidad como logramos que aflore nuestra idiosincrasia. Nadie es el foco de su propia verdad; al contrario, todos alumbramos, de algún modo, la verdad presente en los demás.

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