En un bar de Sevilla, en plena crisis económica, se leía en una pizarra: «Prohibido hablar de la cosa. Vayan al bar de al lado». El propietario lo explicaba así: «Es que uno se harta de que la gente se pase el día con eso de que si la cosa está muy mal, que si la cosa va a peor... Aquí se viene pa relajarse, no pa llorar». La «cosa» tediosa hoy es Cataluña. Luis, ingeniero, ha bloqueado a varios amigos en Facebook porque cuando se levanta ya tiene varios vídeos y carteles monotematicos sobre la «cosa». El compañero de celda de Jordi Sánchez, presidente de la ANC, pidió cambiarse porque no aguantaba la matraca independentista. Hay familias que se ven menos y temen la cena de Navidad porque están partidas por la mitad. Todo agotador.

La «cosa» sigue estando ahí, como demuestra la manifestación del sábado, pero va frenando su escalada, acaso por decepción: aseguraron que bancos y empresas no se irían y hay empleados de las entidades huidas que no duermen porque temen su traslado a otras ciudades; vendieron que Europa les estaba esperando para apoyar la independencia y solo se confirma que Rusia se volcó en ayudar a la secesión con un ejército de cibernautas y robots, a partir de webs venezolanas; exhibieron que Julián Assange trabajaba incansablemente para apoyar por Twitter la Republica y se ha localizado ya la factura por la que cobraba sus servicios de la Generalitat, vía agencia.

Entretanto, el ex presidente Mas sigue implorando que todos los que fueron a votar en su referéndum del 9-N aporten dos o tres euros para pagar los casi seis millones que se le exigen por malversación de caudales públicos. Y Puigdemont en Bélgica metiéndose hasta con la Unión Europea. Patético todo. E irritante que ahora el diputado Joan Tardà admita que «no había base social para proclamar la Republica», o que el creador del programa Polonia declare que «iban de farol». Por esa broma macabra se ha disparado en Cataluña, desde septiembre, el consumo de tranquilizantes y las consultas psicológicas; por esa gracia, Barcelona está a punto de perder la Agencia Europea del Medicamento que sale de Londres por el Brexit (mil empleos y cuarenta mil visitas anuales); sumen a eso la caída del comercio en un treinta por ciento más el crecimiento del paro en la hostelería por la disminución del turismo.

Para rematarlo, el miércoles se convocó huelga general. Huelga hubo poca pero atascos en carreteras y trenes, todo el día. Crispación ciudadana máxima. Intervención policial mínima. El jefe del sindicato convocante es Carles Sastre, condenado por participar en el asesinato del empresario Bultó, el ex alcalde de Barcelona Joaquin Viola y su esposa. Lo entrevistaron en su día en TV-3 con honores. El daño a la Marca Barcelona es máximo.

Pero el independentismo aún tiene esperanza: el nacionalismo español más rancio ayuda. Apunten autogoles: la intervención policial del 1 de Octubre o la rigidez de la jueza Carmen Lamela, contrastando con la habilidad del magistrado Pablo Lerena. Para que se abra espacio a la conciliación, deben cesar los brotes del autoritarismo mesetario que el independentismo ha hecho aflorar: columnistas tratando de ridiculizar a Carme Forcadell con titulares en portada sobre si «renegó del proceso»; periodistas de deportes que se olvidan del futbol y que en el telediario de una cadena nacional muestran a ultras quemando banderas del Barça; piquetes violentos de corte fascista que perturban manifestaciones de ciudadanos que exhiben banderas de España solo para dejar constancia de que no solo hay independentistas en Cataluña; declaraciones como las del Fiscal General del Estado que se ha aficionado a hablar por la radio con incomodidad del propio Gobierno; el expresidente andaluz Rodríguez de la Borbolla llamando «cerdos» a los independentistas... Hay una legión de torpes campando a sus anchas que son la última esperanza del independentismo para avivar la llama. Nada está resuelto pero algo se avanza. Cuidado: hay que ganar pero no humillar.