09 de diciembre de 2017
09.12.2017
Tierra de nadie

Dos señoras

09.12.2017 | 19:11
Dos señoras

Aunque de forma clandestina, voy comprando algunos décimos de la Lotería de Navidad aquí y allá. Digo de forma clandestina para ocultármelo a mí mismo, pues no me gusta depositar esta confianza en el azar. Tampoco que el Estado haga su agosto con nuestras fantasías, ya que las posibilidades de que le toque a uno el Gordo son infinitesimales. No hago cola frente a ningún establecimiento. Si la ventanilla está vacía, me acerco, pido un décimo, uno cualquiera, y abandono la administración con la cabeza agachada, como si saliera de un burdel, por miedo a ser sorprendido por algún familiar o amigo en plena realización de este acto impuro. El otro día estaba en Málaga, por un viaje de trabajo. Comí al aire libre, en la terraza de un restaurante. En la mesa de al lado una señora le dijo a otra:

–¿Reconocerías a Dios si apareciera ahora por aquí?
–No sé –respondió la interlocutora.

Llegó un músico que tras tocar la trompeta un par de minutos pasó la gorra.

–A ese no le des nada que no es Dios –dijo la señora que llevaba la voz cantante.

Pasaron luego tres o cuatro mendigos que, siempre según la autoridad competente, tampoco eran Dios. Ya en los postres, apareció un vendedor de lotería que con mucho desparpajo te colocaba encima de la mesa un décimo, para que vieras bien el número. Sobre la mía colocó dos al tiempo que decía con una seguridad sorprendente:

–Aquí hay 50 millones.

Estaba a punto de decirle que no, que muchas gracias, que no me interesaba, cuando escuché a las señoras ponerse de acuerdo en que aquel individuo, sin duda alguna, era Dios. No se le pueden rechazar a Dios dos décimos de lotería, pensé. De manera que saqué un billete de 50 euros y me los quedé.

Hubo gente, en las mesas más alejadas, que rechazaron la oferta porque ignoraban quién era el vendedor. Así como el resto de los décimos adquiridos de forma clandestina los voy dejando no sé dónde con la esperanza inconsciente de extraviarlos, estos dos los conservo como oro en paño. No creo en Dios, pero sí en las señoras que quedan para comer un miércoles cualquiera.

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