27 de diciembre de 2017
27.12.2017
En solo 725 palabras...

El último

27.12.2017 | 05:00

A veces, lo último, el último, lo definitivo, expresa lo más divino de la muerte. El último beso de Judas o la última relación tóxica, por ejemplo, cuando afirman ser las últimas, es como si alumbraran la oscuridad escribiendo emociones donde antes solo había palabrería de salón. Y si hablamos de nuestro último cólico nefrítico y seguimos vivos, ¿qué me dicen? ¡Gloria divina!

Otras veces, lo último es indiferente, o sea, fu para Fulano, fa para Mengano y ni fu ni fa para Zutano. Valga «la última broma» como ejemplo: unos descansarán, porque dejarán de ser objeto de ellas, otros se sentirán descansados por no tener que gastarlas y otros, lo dicho, ni fu ni fa.

Sin embargo, intelectualizar lo último, el último, como concepto universal, sin más aclaración, conlleva negatividad y ristra de ajos y crucifijo y puñal de plata y vade retro a tutiplén. Por defecto, nuestro subconsciente relaciona lo sin retorno con la pérdida, con el abandono, con el aislamiento, con la soledad... Pensar en el último, en lo último, es reconocernos desposeídos de algo. Tras el último y/o lo último, por lo general, sobreviene el duelo.

La última cita, el último beso, la última nómina, el último adiós..., son anuncios de duelo inminente. Por ejemplo, la última conversación, la última mirada, el último encuentro, el último abrazo, la última confidencia..., con una amiga del alma, compañera en mil batallas, que hoy hace una semana que justificó su vida muriendo, ahora, en el mano a mano que estoy manteniendo con el folio virtual en blanco, forman parte de mi inconmensurable pérdida y de mi duelo. El tiempo, pronto, vendrá en mi auxilio y me ayudará a desprenderme de lo inútil, para dejarle sitio a todo lo esencial que solo me pertenece a mí y que nada ni nadie podrá arrebatarme nunca: un inefable recuerdo imborrable, la incalculable riqueza de haber merecido su amistad y mi profundo agradecimiento eterno por haberme concedido el privilegio de dioses de acompañarla durante una parte de su camino. Ahora solo toca negociar su pérdida conmigo mismo, perpetuar mis infinitos sentimientos y perennizar mi agradecido recuerdo. Todo está de camino. Lo escucho llegar...

Lo último, cotidianamente, también viene a expresar el colmo de algo: «lo último que faltaba era que la ambulancia que me llevaba al hospital tras mi accidente cayera por un terraplén de ochenta metros. Y terminó ocurriendo» -mala pata la de este individuo, ¿verdad?-. Si lo último, como colmo, es jodido, ser el último en algún menester, es más jodido, especialmente en el mundo estúpidamente competitivo que hemos inventado para justificar nuestras carencias. Pero la palma, es decir, la evidencia de lo peor, se da cuando ser el último no tiene nada que ver con las virtudes y actitudes del actuante, sino que son las propias circunstancias del escenario existente las que lo ubican en un indeseable y desfavorecido último lugar.

Uno, que de esto último ha adquirido sobrado conocimiento empírico recientemente, da fe de que ese rol no es nada divertido. Si por un casual, estimado lector, en la marabunta de estas fiestas, en la que todo es posible, se encontrara con el listillo de turno ofreciéndole algo que lleve implícito el colmo de «lo último que me faltaba era ser el último...», no presuma de pícaro sabiondo y, por muy barato que fuere, no lo compre, ni para probarlo. Imagínese si el asunto de ser el último tiene bemoles que hasta las Altas Instancias, ya en la antigüedad, dejaron escrito un mensaje de refuerzo para los corazones más débiles: «los últimos serán los primeros y los primeros los últimos en entrar en el reino de los cielos». El que no se conforma es porque no quiere. ¡Anda que no!

Creo que otra vez me he vuelto a pasar... Terminarán echándome de este periódico, además, con razón. Con lo escrito pretendía hacer una simple introducción para escribir este artículo, «el último» artículo de este año, y acabo de constatar que ya solo dispongo de ciento tres palabras para terminar. Cada vez tengo más claro que el zangoloteo que últimamente percibo mientras escribo no es del teclado, sino de alguna bisagra floja en mi cerebro.

A usted que me lee, que bien merecería cobrar por ello, le deseo lo mejor para 2018. Yo prometo vigilar mi pinza, para que no se me vaya más...

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